Image: El vergonzoso en palacio

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Letras

El vergonzoso en palacio

Tirso de Molina

Juan Gil
Publicada
Actualizada

Blanca Oteiza y Tirso de Molina

Edición y notas de Blanca Oteiza. Real Academia Española, 2012. 376 páginas, 23'65 euros


Si la lectura de Tirso es siempre placentera, la de El vergonzoso en palacio constituye un verdadero deleite. La escena trascurre en Portugal: un halago a los cortesanos lusos que asistían en la corte de Felipe III. Los personajes pertenecen a la más alta aristocracia del siglo XV: los duques de Coimbra y de Aveiro, los condes de Estremoz y de Penela. La trama semihistórica, construida sobre una buscada simetría de parejas antitéticas, abunda en lances inverosímiles, falsas identidades, amores a primera vista, mujeres disfrazadas de hombres, suplantaciones de personalidad, reconocimientos pasmosos: el protagonista pasa, de pastor, a ser miembro de la familia real. Pero en estas peripecias, muy habilidosamente hilvanadas, los hombres, grandes figurones, son simples marionetas en manos de las mujeres. Todas ellas, nobles y villanas, imponen su ley. Las aristócratas, imperiosas, incluso atropellan su estado y su honra con tal de casarse con quien ellas quieren. Y, a la postre, el triunfo es suyo, pues, siguiendo la norma de aquellos tiempos, un final feliz corona los antojos de unas hembras tan ardientes como decididas.

Reina así en toda la obra una vital alegría, que se corresponde quizá con el optimismo general tras la paz con Inglaterra (1604) y las treguas con Holanda (1609). El amor vence con el mayor descaro, contraviniendo las reglas de la moralidad oficial. Corolario: palacio y vergüenza son términos que se repugnan el uno al otro, de modo que, para medrar en la corte y en el amor, nada mejor que desvergonzarse.

Esta deliciosa comedia, escrita entre 1605 y 1611, tiene una historia peculiar dentro de la producción dramática de Tirso. En efecto, el fraile la publicó inserta en una novela hoy caída en general olvido, Los cigarrales de Toledo (Madrid, 1624). El ensamblaje malogrado de dos géneros muy diversos tuvo su parte buena, y es que gracias a ese zurcido se conserva hoy el texto preparado por el propio Tirso para la lectura, un texto diferente, en ocasiones, del que fue representado, que se conserva en dos manuscritos de la Biblioteca Nacional. El muy cuidado aparato crítico de esta edición nos permite apreciar las variantes de una y otra versión: por ejemplo, en el impreso se omiten indicaciones escénicas, se suprimen o añaden algunos versos y se pule el vocabulario: falso es sustituido por aleve (v. 98), prensas cintas por baratijas (v. 224), se suele quemar por se pega huego (v. 232), etc.

El principal deber de un editor es presentar un texto lo más depurado posible, una tarea que muy pocas veces se lleva a cabo por lo trabajoso de la misma. La edición de Américo Castro supuso en este punto un avance de capital importancia. Y aquí es donde brilla también el talento crítico de Oteiza, quien, antes de tomar una decisión, sopesa y discute minuciosa, amorosamente el valor de cada lección: desde detalles prosódicos como si se debe acentuar en v. 170 doma o domá (el voseo se dirige a un inferior) hasta cuestiones de mayor calado: atribución de versos a personajes, admisión de conjeturas, etc.

Mas no basta con fijar el texto; preciso es también explicarlo. La editora no rehúye los verdaderos problemas ni se pierde en observaciones banales. El extenso pero preciso comentario va directamente al grano, aportando todos los elementos que necesita el lector para la comprensión de la comedia. El estilo de Tirso suele ser claro. De todas maneras, quedan todavía algunos pasajes confusos, como se reconoce honradamente en las correspondientes notas. Así ocurre en los vv. 1251-1255, donde la solución propuesta, a decir verdad, no me convence. Rara vez se echa en falta una anotación. Por ejemplo, no se señala que el verso 1760 "ser tus celosías podrán" es hipérmetro (¿se debe suprimir "tus"?). Por último, una discrepancia: "Mujer y mudanza tienen / un principio mesmo", confiesa Serafina en vv. 2067-2068. "Por su inconstancia afectiva", comenta Oteiza. No. Tirso hace un banal juego etimológico sobre la viejísima idea proverbial: las dos palabras empiezan por mu- (otro chiste entre la mujer mudable y las mudas o afeites de la cara se hace en vv. 210-12). Mas no este el lugar apropiado para explayarse en cominerías filológicas. Lo que importa es que nos encontramos, sin duda, ante la mejor edición de El vergonzoso en palacio. Con diferencia.