Sara Barquinero. Foto: Archivo del autor

Sara Barquinero. Foto: Archivo del autor

Letras Libro de la semana

Crítica de 'La chica más lista que conozco', el nuevo aguijonazo de Sara Barquinero

La autora de la celebrada 'Los escorpiones' regresa con una novela de campus que se revela como un auténtico estudio sobre el significado del amor.

Más información: Sara Barquinero: "La amistad femenina se imagina como un espacio puro, pero muchas veces es un nido de ratas"

Publicada
Actualizada

Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) protagonizó hace un par de años un verdadero fenómeno literario: la amazónica Los Escorpiones se jaleó como una novela originalísima, innovadora y poco menos que revolucionaria. Es un libro meritorio, sin duda, aunque desigual. Ahora, en La chica más lista que conozco, ha querido poner remedio a su punto más débil, la dispersión argumental y su carácter de muñeca rusa narrativa.

La chica más lista que conozco

Sara Barquinero

Lumen, 2026
442 páginas. 22,90 €

Ello no supone una ruptura con el espíritu del título anterior, con el que el nuevo guarda bastante relación. La chica más lista… es toda ella una novela de campus, al igual que "Tarde para nada", el mejor de los relatos de Los Escorpiones. Además, se utilizan en ambas obras ciertos recursos modernos: ilustraciones fotográficas o unas apostillas equivalentes a notas a pie de página.

La chica más lista... cuenta una historia unitaria. La joven "provinciana" Alicia se traslada a Madrid para estudiar Filosofía en la Complutense. La novela describe sus ocupaciones, semestre a semestre, durante un par de cursos, más las naturales pausas vacacionales. Alicia traba relación con unos pocos estudiantes de su especialidad, con quienes establece vínculos problemáticos.

La amalgama de estímulos privados y académicos saca a relucir amistades, rencores, reconciliaciones… También despliega una intensa actividad sentimental y erótica, en particular con un profesor carismático, Juan, un tipo atormentado de quien se convierte en amante.

Esta línea argumental remite a un doble modelo literario. Por una parte, la novela de aprendizaje en la estela reblandecida del Salinger de El guardián entre el centeno. En ella se incluyen la evolución de la chica y de sus compañeros, el acarreo de inéditas experiencias y el asentamiento de la identidad indecisa.

Por otra parte, tenemos un relato de indagación psicológica que hurga en las perplejidades y en la confusa realidad mental de Alicia y que explora los rasgos y tachas espirituales de sus condiscípulos. De tal modo, la historia alcanza una dimensión colectiva, si bien restringida a la juventud universitaria.

Pero no tenemos solo una estampa interior de un específico sector juvenil. La vertiente psicologista se amplía a otra comunidad específica, la de los profesores. Destaca el mencionado Juan por el detallismo con que se matiza una personalidad retorcida, pero a su lado aparecen las enfermedades del alma que aquejan a sus colegas y los retorcimientos mentales que guían sus conductas.

La dimensión de retrato psicológico se proyecta, por otro lado, hacia una indagación en la vida emocional que termina convirtiendo la obra en una exploración del amor en su doble dimensión espiritual y fisiológica. De hecho, Barquinero lleva a cabo un auténtico estudio sobre el significado del amor que plantea de forma dialéctica a partir de argumentaciones teóricas, entre otros, de Platón, Heidegger, Sartre o Barthes. Inseparable de este asunto, indaga en la amistad femenina, confrontada con las inercias del patriarcado y el machismo.

La convencional novela de maduración, no libre de llamativas ingenuidades descriptivas, cobra, así, una notable densidad y se convierte en un relato de ideas y reflexivo de corte fuertemente ensayístico. Aquí radica el rasgo más personal de la obra, en la confluencia de un realismo testimonial y de un empaque especulativo. La vertiente documental llega a extremos de puro costumbrismo. Se describe con fidelidad topográfica el recinto universitario y los paseos de los estudiantes por Moncloa se colman de datos minuciosísimos.

Hay que celebrar la determinación de Barquinero de arriesgarse a escribir fuera de los registros comerciales

Todo ello empalidece al lado de las abundantísimas noticias sobre la vida académica, auténtico hilo anecdótico. En ellas se anotan discordias entre áreas de conocimiento, las jerarquías de los profesores, los criterios de promoción, las confabulaciones electorales, las estrategias para conseguir becas y mil y una menudencias departamentales, todo basado en una información verídica y solvente. Incluso se recuerdan las denuncias archivadas por acoso contra el profesor y activista Juan Carlos Monedero y se menciona el caso aún en litigio que afecta a Íñigo Errejón.

La otra vertiente, la especulativa, atañe incluso a la forma. La estructura de la novela emula un tratado filosófico. La obra se distribuye en tres bloques rotulados Libro I, II y III. Cada uno de ellos plantea una sucinta "Hipótesis" que se desarrolla en la correspondiente "Demostración", a la cual se agregan "observaciones" adicionales. Cada Libro se divide en bloques numerados con el signo del parágrafo (§). Y se añade una copiosa bibliografía final con un centenar de referencias literarias y filosóficas.

Esta dimensión ensayística de la novela la sitúa de lleno en el ámbito del relato intelectual y de pensamiento. En él se abordan las cuestiones señaladas y se hace en términos especulativos. Por eso no resulta extraño que la narración se vea sorprendida por afirmaciones e interrogantes tan poco narrativos como este, por poner una sola muestra: "¿Cómo saber si no es acaso el miedo o el deseo quien guía nuestras intuiciones, y no la razón? Kant contra Kierkegaard".

De este modo, Barquinero construye una curiosa novela de ideas en la que el debate y la reflexión acerca de motivos intelectuales sustituyen al puro relato. La consabida novela de aprendizaje emprende, pues, vuelo hacia las altas cumbres del pensamiento teorético.

No resulta fácil arriesgar un balance global de la novela. En el lado negativo pesan algunas razones. No pone coto la autora a la grafomanía, lo cual le induce a detenerse en detalles irrelevantes y a la reiteración. Sobran intríngulis académicos y también se marea mucho la perdiz de los amores juveniles. Y no deja de haber pedanterías innecesarias. En el lado positivo, hay que celebrar la determinación de Barquinero de hacer una obra personal y de arriesgarse a escribir fuera de los registros literarios y comerciales corrientes.