Sandra Petrignari con sus perros. Foto: Pasquale Comegna.

Sandra Petrignari con sus perros. Foto: Pasquale Comegna.

Letras

'Autobiografía de mis perros', de Sandra Petrignani: ladridos para contar una vida

La autora, heredera de la gran generación de escritoras italianas de la segunda mitad del siglo XX, relata a través de sus mascotas las diferentes etapas de su errante vida.

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Estamos en una época de plena hegemonía para los animales domésticos, propulsados al estrellato absoluto entre su omnipresencia en las redes sociales y su predominio en la calle, donde en muchos centros urbanos son más numerosos que la suma de adolescentes y recién nacidos.

Autobiografía de mis perros

Sandra Petrignani

Traducción de Andrés Catalán. Nórdica, 2026. 219 páginas. 19,90 €

Los perros han sido una constante en la literatura universal, de Homero a Harry Potter. Sin embargo, más allá de su celebérrima condición de mejores amigos del hombre, su aparición en el universo de las letras permite darles formas inesperadas de protagonismo que, en realidad, son excusas para jugar con los géneros y las formas textuales.

Es el caso de Autobiografía de mis perros, de Sandra Petrignani (Piacenza, 1952), a quien podemos considerar como una de las herederas de la gran generación de escritoras italianas de la segunda mitad del siglo XX, de Elsa Morante a Natalia Ginzburg, siéndolo por haber recogido toda su sabiduría y jamás olvidar que para construir presente debe conocerse el pasado.

Esto siempre ha conducido su prosa a unos parámetros que oscilan entre la brillantez como narradora y una extraordinaria habilidad a la hora de contar vidas ajenas. Ambos talentos se funden en su último libro, que como punto de partida tiene una conversación en un legendario café de Roma con un escritor fallecido.

El recuerdo del mismo, con toda probabilidad Daniele Del Giudice, es el leitmotiv que abre las puertas de este híbrido que, a simple vista, debería recordar al gran clásico que es Mi perra Tulip, del británico J.R. Ackerley. Las afinidades se limitan al protagonismo de los canes, distinguiéndose tanto por estilo como por intenciones.

El primero es fresco, veloz e impresionista en Petrignani, quien en realidad no pretende elaborar una autobiografía de sus mascotas, sino usarlas para trazar la suya con mayor precisión; cada una de ellas ayuda a entender las etapas de una vida errante condicionada por los espacios. Sin ir más lejos, el último se halla en el centro de la urbe, en el barrio de Monti, donde la intelectual se ha trasladado para estar más cerca de su hijo, lo que le permite haberse convertido en una agradable anciana de aspecto joven que pasea a un póker de dogos por esas calles algo laberínticas aún medio libres de turistas.

La prosa de Petrignani oscila entre la brillantez como narradora y su habilidad para contar vidas ajenas

Este presente es un cuadro distante de los orígenes. Los de la primera infancia nos sitúan en un país todavía puro con perros con los que era posible familiarizarse desde la casualidad, algo más difícil, aunque desde luego no inviable, una vez la familia se instaló en una villa en Monte Mario, en las privilegiadas alturas de la Ciudad Eterna para mayor gloria de una niña encantada de ese aislamiento junto a las otras pequeñas del vecindario.

Una de ellas, Wendy, puede ejemplificar el juego de esta autobiografía no tan perruna. La autora le pierde la pista tras los fastos infantiles, para luego reencontrarla en la superficie y el recuerdo. Lo mismo ocurre con alguna mascota, como Guapa, desaparecida y luego resucitada durante un suspiro en una playa. Cuando era suya encarnaba la juventud, difuminada en su reaparición, agónica bajo el sol antes de irse para siempre.

Estos cambios de los demás son los de la narradora, que, por mor de las convenciones, no escribe nunca su verdadero nombre, bautizándose como Electra, sin complejos en el horizonte y el desparpajo de advertirnos sobre cómo las fronteras entre lo verdadero y lo falso son imprescindibles para su cometido. Una fiesta donde los elementos se tejen con un hilo impostor, consciente y sin velos, magnífico para el disfrute de cómo se cuenta sin importar mucho el qué, sea este humano o animal.