Image: El parlamento de la Humanidad. La historia de las Naciones Unidas

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Letras

El parlamento de la Humanidad. La historia de las Naciones Unidas

Paul Kennedy

13 diciembre, 2007 01:00

Traducción de Ricardo García. Debate, 2007. 441 pp., 24’90 e.

Todo comenzó en los dramáticos momentos finales de la II guerra mundial, cuando muchos hombres y mujeres quisieron sentar las bases de un sistema que evitara una repetición de los horrores desencadenados por la agresión de las potencias del Eje. Uno de ellos era el presidente de los Estados Unidos Harry Truman, quien por entonces solía llevar en su cartera un poema en el que un siglo antes Tennyson había previsto con espíritu profético tanto la atrocidad de los bombardeos aéreos como la creación de un Parlamento de la Humanidad, bajo cuya protección callarían los tambores de la guerra y se establecería una ley universal.

Los tambores de la guerra siguen sonando seis décadas después de que la conferencia de San Francisco firmara una Carta en nombre de un sujeto histórico hasta entonces desconocido: "Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas". Y seis décadas después de que la Asamblea General de la ONU aprobara la Declaración Universal de los Derechos Humanos, éstos siguen violándose en muchos países. De ahí que a menudo se infravalore la labor de la ONU. Unos piensan que se trata simplemente de un cínico acuerdo entre las grandes potencias vencedoras de la guerra mundial para perpetuar su predominio a través del Consejo de Seguridad. Otros, que representa un modo de fingir que los gobiernos se preocupan por los males de la humanidad, sin verse obligados a tomar medidas efectivas. Ambas tesis dejan de lado lo esencial: la existencia de un complejo sistema destinado a favorecer la cooperación internacional, a una escala que sólo visionarios como Tennyson habían llegado a soñar en el pasado.

éste es el enfoque adoptado por Paul Kennedy (Wallsend, Gran Bretaña, 1945), un historiador que hace unos años alcanzó un extraordinario éxito mundial con su libro Auge y caída de las grandes potencias. Su nueva obra quizá no tenga la originalidad de aquélla, pero tiene el enorme mérito de abordar un tema tan importante como complejo, en el que el profano tiende a perderse entre la proliferación de siglas y lo intrincado de las negociaciones internacionales. El Parlamento de la Humanidad no ofrece una explicación de todo el prolijo organigrama de la ONU y de las organizaciones internacionales ligadas a ella, sino que se plantea preguntas básicas: ¿Cómo funciona? ¿Cuál es hasta ahora el balance de sus realizaciones? ¿Qué podemos esperar de ella en el fututo?

Tras un análisis del fracaso de su predecesora, la Sociedad de Naciones, Kennedy realiza un análisis de la Carta de las Naciones Unidas, reproducida en un apéndice, que resultará muy útil para comprender su lógica subyacente, que se tradujo en una estructura muy ingeniosa. Lo esencial, por supuesto, era evitar una nueva gran guerra. Para ello era conveniente que todos los países se comprometieran a resolver pacíficamente sus conflictos y a estos efectos resultaba útil un organismo en que todos estuvieran representados, como es el caso de la Asamblea General. Pero no cabía esperar que ante una crisis grave una asamblea semejante pudiera resultar operativa. Así es que el órgano esencial es el Consejo de Seguridad, en el que las cinco grandes potencias vencedoras se aseguraron un puesto permanente y el derecho a veto. Y para evitar que ninguna potencia pudiera sentir que se menoscababa su "derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva", éste se proclamó de manera explícita en el artículo 51. Tras la experiencia de los años 30, había quedado también claro que la paz estaría en peligro si no se aseguraba el progreso económico y se evitaban las crisis internacionales. Tareas que, antes de la fundación de la propia ONU, la conferencia de Breton Woods había encomendado al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, dos instituciones en las que el voto resulta ponderado por las aportaciones económicas de cada miembro. Las dos primeras "patas" del sistema respondían pues a criterios muy realistas: en las cuestiones de seguridad el papel fundamental debían desempeñarlo los más poderosos y en las cuestiones económicas los más ricos. Para lo primero había que contar con la URSS, pero para lo segundo no era necesario. En cuanto a la tercera pata que daría estabilidad al sistema, relativa a las cuestiones sociales y culturales, era la que más directamente respondía al impulso idealista, sin el que no se comprende el nacimiento de la propia ONU, y quedó encomendada a instituciones que dependen de la Asamblea General.

Al muy claro capítulo de introducción le siguen otros seis que analizan a través de una perspectiva histórica seis grandes cuestiones: el fun-
cionamiento del Consejo de Seguridad, las misiones de pacificación, los programas económicos, los cometidos sociales y culturales, la promoción de los derechos humanos, y la emergencia de una sociedad civil internacional, promovida no sólo por las instituciones ligadas a la ONU, sino por todo un multiforme conjunto de fundaciones privadas, organizaciones no gubernamentales, instituciones religiosas y medios de comunicación de alcance mundial. ¿De todo ello qué cabe concluir y qué cabe esperar? La opinión de Kennedy recuerda un boletín escolar: hemos progresado pero tenemos que mejorar. Sesenta años después nos enfrentamos además a desafíos no previstos en 1945. En primer lugar, el cambio en la balanza de poder económico en el mundo, que se manifiesta sobre todo por el ascenso de China e India. En segundo lugar, la aparición de problemas que sólo pueden ser abordados eficazmente a través de la cooperación planetaria, como es el caso del auge del terrorismo internacional y el del calentamiento global. En tercer lugar, el problema de los estados fallidos, que ya no son los estados agresores que preocupaban antaño, pero que atañen a la comunidad internacional, como se ha visto en Bosnia, Somalia o Afganistán.

Ante estos nuevos retos algunos opinan que el Consejo de Seguridad debería ser reformado para que reflejara el actual balance de poder, con la incorporación de nuevos miembros permanentes, pero ante ello Kennedy se muestra escéptico: no sería fácil llegar a un consenso sobre la lista y no parece recomendable ampliar el número de los que pudieran ejercer el derecho al veto. En cuanto a las misiones de pacificación, Kennedy considera que la ONU debiera dotarse de un órgano capaz de analizar la información sobre la posible aparición de nueva crisis, e incluso de unas fuerzas dispuestas a intervenir apenas lo ordenara el Consejo de Seguridad, medida que por el momento sólo ha adoptado Canadá. Y respecto a los problemas económicos, Kennedy observa que muchos países han logrado entrar en la senda del desarrollo sin gran ayuda de las instituciones internacionales, pero que no ocurre lo mismo con los sesenta países más pobres del mundo, en su mayoría africanos, que requieren de una ayuda internacional a gran escala, por ejemplo para combatir la pavorosa incidencia del SIDA. Mucho nos queda pues por hacer, pero sin la ONU nos sería más difícil.