Image: Un hombre sin patria

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Letras

Un hombre sin patria

por Kurt Vonnegut

28 septiembre, 2006 02:00

Kurt Vonnegut

Ediciones del Bronce

Editado por Planeta en castellano y por Columna en catalán, Un hombre sin patria es la culminación de la obra de Kurt Vonnegut (Indianapolis, 1922), considerado por muchos el mejor escritor norteamericano vivo. En unos textos breves, brillantes y llenos de humor negro, critica todos los aspectos de nuestra sociedad que le desagradan, desde Bush hasta el modo en que estamos destruyendo el planeta.

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Cuando era niño, yo era el más pequeño de mi familia, y el más pequeño de la familia siempre anda contando chistes porque es el único medio que tiene de participar en una conversación adulta. Mi hermana tenía cinco años más que yo, mi hermano nueve, y mis padres eran bastante habladores. Por eso, cuando era muy pequeño, mientras estábamos cenando, yo era un tostón para toda esa gente. Ellos no querían saber nada de las chiquilladas que pudiera contarles sobre mi vida, querían hablar de todas esas cosas realmente importantes que les habían ocurrido en el instituto, en la facultad o en el trabajo. Así pues, la única forma de entrar en una conversación era decir algo gracioso. Supongo que la primera vez me salió de forma accidental, accidentalmente solté una ocurrencia que interrumpió la conversación, o algo por el estilo. Así fue como descubrí que un chiste te permitía colarte en una conversación de adultos.

Yo crecí en una época en que la comedia estadounidense era fabulosa: estábamos en la Gran Depresión. En la radio había cantidades ingentes de cómicos extraordinarios y, sin proponérmelo, los analizaba a fondo. Pasé toda mi juventud escuchando comedias una hora cada noche por lo menos. Así fue como acabé desarrollando un gran interés por los chistes y su mecanismo.

Siempre que digo algo chistoso intento no ofender. De todas las cosas que he hecho, no habrá muchas que puedan considerarse realmente de mal gusto. No creo haber molestado ni incomodado a mucha gente. Lo único chocante que hago es usar de vez en cuando alguna palabra obscena. Hay cosas que no tienen gracia. No concibo un libro de humor ni un número satírico sobre Auschwitz, por ejemplo. Y no me veo capaz de hacer un chiste sobre la muerte de John F. Kennedy o de Martin Luther King. Aparte de eso, no se me ocurre ningún tema que prefiera evitar o al que no pueda sacarle punta. Las grandes catástrofes son desternillantes, como bien demostró Voltaire. Ya saben, el terremoto de Lisboa también tenía su parte graciosa.

Yo vi la destrucción de Dresde. Vi la ciudad antes y la vi después de salir de un refugio antiaéreo y, desde luego, la risa era una forma de reaccionar. Dios sabe que el alma necesita desahogarse.
Todo sujeto está sujeto a la risa, y supongo que las víctimas de Auschwitz utilizaban algún tipo de risa de lo más espantosa.
El humor es una reacción casi fisiológica al miedo. Según Freud, el humor es una respuesta a la frustración (una de muchas). Decía que cuando un perro no pueda salir por una puerta, se pondrá a rascar y a escarbar y a hacer gestos absurdos, como gruñir, por ejemplo, para afrontar la frustración o la sorpresa o el miedo.

Y, de hecho, es el miedo lo que muchas veces provoca la risa. Hace años estuve trabajando en una serie de humor para la televisión. Nos propusimos hacer un programa en el que, como norma, se mencionara la muerte en cada episodio, de forma que este ingrediente intensificara las risas sin que el público se diera cuenta de cómo provocábamos sus carcajadas.
También existe un tipo de risa superficial. Bob Hope, por ejemplo, no era un humorista propiamente dicho, era un cómico que manejaba material con muy poca sustancia, sin mencionar nunca nada que fuera inquietante. Yo me tronchaba con Laurel y Hardy. De alguna manera, hay en ellos una terrible tragedia. Esos dos tipos son demasiado dulces para sobrevivir en un mundo como éste y siempre están en constante peligro. Podrían ser asesinados muy fácilmente.

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Hasta los chistes más tontos se basan en minúsculos ataques de miedo, como la pregunta: "¿Qué es esa cosilla blanca de la caca de pájaro?" El oyente, como si le estuvieran preguntando delante de toda la clase, por un momento tiene miedo de decir una burrada. Cuando finalmente oye la respuesta, que es: "también es caca de pájaro", él o ella disipa su miedo de forma automática mediante la risa. él o ella, después de todo, no se ha visto obligado a responder.
"¿Por qué los bomberos llevan tirantes rojos?" Y "¿por qué enterraron a George Washington en una loma?". Etcétera, etcétera.
También es verdad que hay chistes sin risa, lo que Freud llamaba "humor de la horca".* En la vida hay situaciones tan desesperadas que no tienen alivio imaginable.

Mientras estábamos siendo bombardeados en Dresde, sentados en un sótano con los brazos sobre la cabeza por si se nos caía el techo encima, un soldado dijo, como si fuera una duquesa en su mansión durante una noche fría y lluviosa: "Me pregunto qué estarán haciendo esta noche los pobres." Nadie se rió, pero con todo nos alegramos de que hubiera dicho aquello. ¡Al menos, todavía estábamos vivos! él nos lo había demostrado.

* En su estudio sobre el humor, Freud cita el chiste de un condenado que, al ser conducido a la horca un lunes, comenta: "¡Qué forma de empezar la semana!" (N. del t.)