Adolph Ochs, histórico propietario del periódico (arriba a la izda.), Gay Talese y el corresponsal de 'The New York Times' Herbert Matthews con Ernest Hemingway en la guerra civil española (abajo, a la izda.).

Adolph Ochs, histórico propietario del periódico (arriba a la izda.), Gay Talese y el corresponsal de 'The New York Times' Herbert Matthews con Ernest Hemingway en la guerra civil española (abajo, a la izda.). Diseño: Rubén Vique

Historia

'El reino y el poder': la fascinante historia de 'The New York Times' contada por Gay Talese, maestro de reporterismo literario

Alfaguara recupera la magistral radiografía del periódico que el padre del Nuevo Periodismo publicó en 1969.

600 páginas que reconstruyen la andadura del diario más influyente del mundo.

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Publicada

El artífice de The New York Times, descendiente de judíos alemanes que recalaron en Estados Unidos a finales del siglo XVII, empezó en el negocio de los periódicos como un simple repartidor del Knoxville Chronicle en el Estado de Tennessee.

Adolph Ochs tenía entonces solo 11 años. Luego dejó este oficio para ganar más dinero como acomodador de teatro, aprendiz en una droguería y dependiente en una tienda de uno de sus tíos.

Pero el contacto con la tinta de aquellos papeles repletos de noticias le había envenenado. Y decidió volver al Chronicle, tres años después, huyendo del aburrimiento. Las tareas que se le encomendaron a la vuelta fueron hacer recados y barrer las oficinas.

Cubierta de 'El reino y el poder'.

Cubierta de 'El reino y el poder'. Alfaguara

El reino y el poder

Gay Talese

Traducción de Ismael Belda Sanchís, Enrique de Obregón y Óscar Luis Molina Sierralta

Alfaguara, 2026. 632 páginas. 23,90 €

Un humilde comienzo, clásico del sueño americano. Porque aquel muchacho tenía madera para asumir responsabilidades más elevadas. “El carácter de Ochs, que combinaba el idealismo de su padre con el descaro de su madre, parecía perfecto para dirigir un periódico”.

Así lo sintetiza Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) en El reino y el poder, su magistral (por minucioso, por exhaustivo, por riguroso, por su nervio narrativo…) reportaje de más de 600 páginas sobre The New York Times, que ahora –felizmente– recupera Alfaguara. Un regalo para degustar como un buen whisky servido en el Sardi’s, uno de los locales predilectos de los reporteros neoyorquinos para rebajar la tensión informativa.

Ochs, con 38 años, compró un Times en horas bajas en 1896. Por 75.000 dólares. Antes de pedir el préstamo, recorría la ciudad en una bicicleta alquilada para testar la viabilidad de su inversión.

Debía competir con el New York World de Pulitzer y el New York Journal de Hearst. “Estos dos periódicos ofrecían el periodismo vivaz, amarillista y sensiblero que Ochs detestaba”, apunta Talese.

Talese ofrece una sucesión 'ad infinitum' de perfiles de los reporteros del 'Times' y rememora alguna de sus grandes gestas

A partir de una sucesión de aciertos, y la dosis de suerte necesaria para cualquier triunfo en la vida, armó un imperio mediático imbatible (sus dos rivales caerían por el camino).

La exigencia fue siempre su divisa. Talese recuerda una reunión de periodistas del Times en la que estos se estaban felicitando mutuamente por haber cubierto “muy bien un acontecimiento de importancia”. Ochs, sin embargo, había leído en la competencia un detalle que no habían recogido bajo las letras góticas de su cabecera. Uno de los plumillas le quitó hierro aduciendo que no era relevante. La respuesta de Ochs fue furibunda: “Yo quiero todos los hechos”.

Teclear el asesinato de Kennedy

Quedó clarito. Todos se lo metieron en la cabeza. Por eso, cuando le levantaron la tapa de los sesos a Kennedy en Dallas en 1963, el hombre del Times que iba en la comitiva del presidente, Tom Wicker, escribía su apresurada crónica con ese objetivo. Y con la misma voluntad repasaban los correctores el texto dictado desde un teléfono milagrosamente libre en la Estación Terminal de Dallas. Si estaba bien escrito o no, era secundario.

Los más de 100 párrafos que mandó son un hito del diario neoyorquino y la base que aupó a Wicker un año después a la dirección de su delegación en Washington. “Supo hacer todo cuanto debe hacerse en situaciones semejantes si se ejerce esta extraña profesión que es el periodismo”, concluye Talese.

El traqueteo de las máquinas de escribir resuena en la cabeza del lector en esta experiencia inmersiva

Él, uno de los acuñadores del Nuevo Periodismo (reportajismo con ambición literaria) junto a Tom Wolfe, trabajó en el Times entre 1956 y 1965, tras un breve paso como chico de la fotocopiadora en el influyente periódico en 1953. Estuvo enrolado en la sección de deportes y luego le mandaron a manufacturar obituarios.

Esto último era un castigo, pero para Talese fue un entrenamiento idóneo para soltar la mano de cara a su futuro como escritor de obras como Los hijos (monumento de la cultura italoamericana), Honrarás a tu padre (inmersión en la mafia) y esta radiografía de The New York Times que publicó originalmente en 1969.

En el epílogo, Talese confiesa que la idea de escribir El reino y el poder partió de un encargo de la revista Esquire: un artículo sobre Clifton Daniel, director del diario. Lo terminó en el verano del 66. “Solo después –dice– empecé a ver el periódico en términos históricos”. Y se lanzó a entrevistar decenas de sus hacedores y también a sus propietarios, descendientes todos de Ochs, que le facilitaron documentos y fotografías sin pedir una revisión previa a su publicación.

Ese trabajo de campo le permite brindar al lector una experiencia inmersiva fascinante. Talese reconstruye infinitas escenas acaecidas entre las bambalinas del rotativo, ofrece una sucesión ad infinitum de perfiles de sus trabajadores (de cada personaje que aparece repasa sus ancestros, cómo llegó al Times, su trayectoria en él, su carácter, su manera de vestir…) y rememora algunas de las grandes gestas informativas.

Amén de la habilidad de Wicker en el magnicidio de Kennedy, ahí está la portada del hundimiento del Titanic en 1912, primicia mundial gracias al director de entonces, Carr Van Anda, un físico capaz de corregir a Einstein que nunca se creyó eso de que era insumergible. De modo que, cuando la radio del barco calló, mandó redactar la noticia del naufragio.

O las crónicas de la Guerra Civil Española de Herbert Matthews, siempre en la picota de los píos estadounidenses que lo veían demasiado escorado a la República (el Times desplegó dos reporteros, uno en cada zona controlada por los bandos enfrentados en España). Matthews también consiguió entrevistar a Castro en Sierra Maestra.

Y no hay que olvidar la incursión del tenaz Harrison Salisbury como único reportero en Vietnam del Norte durante aquella guerra que alborotó a la juventud americana (estallido contracultural).

O el desenmascaramiento de Daniel Burros, dirigente del Partido Nazi de Estados Unidos y del Ku Klux Klan que en realidad era judío. Qué tensión en el momento que el reportero McCandlish Phillips le revela que sabe quién es y Burros le dice que, como lo publique, lo mata.

La historia de The New York Times es la historia de un éxito empresarial. Era una máquina de hacer dinero. En 1966 una página de publicidad costaba 5.000 dólares entre diario y 7.000 el fin de semana (al cambio actual, 44.000 y 61.000 euros). Y también un triunfo en términos de influencia social y política: leyes promulgadas en el Congreso traían causa de la presión ejercida desde sus editoriales y noticias. Y los políticos hojeaban cada mañana el periódico. Se sabían vigilados por él.

Hasta Nixon, a pesar de la caña que le dan desde sus páginas, se persona –para sorpresa de la mayoría de los presentes– en el funeral de Arthur Hays Sulzberger (yerno y sucesor de Adolph Ochs) para dar el pésame a la familia. Esa cercanía forzada pero inevitable entre la Casa Blanca y el Times es uno de los aspectos más jugosos del libro, porque Talese da cuenta de sus claroscuros: del control sobre la acción de gobierno al cabildeo entre periodistas y representantes públicos.

Dos logros, el empresarial y el social, sustentados en, aparte de la adaptación a las coyunturas sociológicas y técnicas de cada momento, no rebajar las exigencias en los patrones marcados por Ochs, invirtiendo siempre en periodistas para tener “todas las noticias que merecen ser impresas” (lema acuñado por Ochs).

Al hablar de este libro, es inevitable acordarse del trabajo de Javier Cercas sobre El País, publicado hace poco: una síntesis amenísima y esclarecedora. Pero El reino y el poder son palabras mayores porque Talese, formado en la escudería Ochs, se empeñó al radiografiar el Times en que no le faltara ni un solo dato.