'Infierno, 1510-1520'.

'Infierno, 1510-1520'. Maestro portugués desconocido.

Historia

Guía básica para ir al infierno: el fascinante viaje de Georges Minois por la historia del miedo humano

Siruela recupera el libro 'Historia del infierno' del historiador francés.

Un recorrido cultural por un concepto formulado, entendido y representado de muy diversas maneras.

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¿Les han mandado alguna vez al infierno, con o sin motivo? ¿Saben por dónde se va y qué pueden encontrarse allí? ¿Conocen la evolución del infierno en la tradición cristiana y los infiernos creados por otras culturas y religiones? Todas las respuestas a estas pertinentes cuestiones están en la sucinta y suculenta Historia del infierno de Georges Minois (1946), un vibrante y acalorado recorrido (entre el pensamiento y la doctrina, la política y la teología, la poesía y la mitología) en el que encontramos a Dante y El Bosco, Homero y Milton, san Agustín y santa Teresa, los filósofos ilustrados y diversos papas con enfoques de variado pelaje sobre los complejos, terribles y fascinantes dominios de Satán.

Portada de 'Historia del infierno'.

Portada de 'Historia del infierno'. Siruela

Historia del infierno

Georges Minois

Traducción de Susana Prieto. Siruela, 2026. 165 páginas. 18,95 €

Dice Minois que “el infierno cristiano es el sistema totalitario de suplicio más completo que haya imaginado la mente humana” (eso sí, está de capa caída desde hace un buen rato). Pero conviene saber que la idea de infierno, multiforme y adaptativa, reveladora de las ambigüedades de nuestra condición, es “un rasgo permanente de todas las civilizaciones” y comparece en los más antiguos textos conocidos, vinculada a las primeras concepciones religiosas.

Es imposible precisar cuándo nació el infierno. El estudio de Minois arranca con los infiernos de las civilizaciones orales, el de los sereres en Senegal y el de los kisses de Guinea, los chamánicos, los de la América precolombina y los germánicos y escandinavos. Importa saber que son las

grandes civilizaciones orientales antiguas, con códigos de conducta moral desarrollados e individualizados, las que generan la noción de infierno como lugar de sufrimientos punitivos: Mesopotamia, Egipto, los infiernos hinduistas y los mazdeístas.

Del encuentro entre los infiernos de Oriente Medio y los grecorromanos (paganos clásicos) nace el infierno cristiano (durante muchos siglos temible y necesario, hoy desprestigiado). La noción de infierno es rechazada mayoritariamente por los intelectuales griegos y romanos, que consideran que el mundo divino es ajeno al humano y que, si hay un infierno, lo construimos las personas.

Es interesante el concepto de infierno existencial de Lucrecio (De rerum natura). También están el infierno filosófico de Platón y el popular de Virgilio (la Eneida es “la primera gran guía turística del infierno”), a quien Dante acudirá memorablemente. En cuanto al mundo hebraico, tarda mucho en admitirlo: está ausente en el Antiguo Testamento hasta el siglo III a. C., una época tardía en la que “todas las demás religiones ya tienen una tradición infernal sólidamente establecida”. La literatura apócrifa del judaísmo es la primera que extiende este tema.

Las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre el infierno son vagas y ambiguas. Pero, con estas bases tan precarias, la tradición cristiana, entre lo popular y lo teológico, construye el enorme edificio infernal, con propósito moral, pastoral y dogmático.

De los apocalipsis y los escritos apócrifos proceden las primeras y coloristas visiones del averno. La reflexión aparece a posteriori con los Padres de la Iglesia. En la Alta Edad Media, las visiones monásticas, proclives a la superstición, impregnan el infierno con sus concepciones rigoristas, y del siglo XI al XIII los teólogos escolásticos harán un esfuerzo por racionalizar (Tomás de Aquino) y resolver contradicciones.

Del encuentro entre los infiernos de Oriente Medio y los grecorromanos nace el infierno cristiano

Pero el proceso de construcción infernal es imparable: Inocencio III, concilios de Letrán, Lyon y, ya en el siglo XV, Florencia... El infierno cristiano oficial (que será cuestionado desde dentro por los movimientos heréticos) se pone en marcha y empieza a suscitar imitaciones y polémicas.

Minois dedica una sección a los “derivados” del infierno cristiano, entre ellos el musulmán, y habla en este punto sobre el nacimiento del purgatorio (estudiado por Jacques Le Goff) para aliviar la brutal dicotomía infierno-paraíso. Esta instancia de purificación, que no tarda en convertirse “en un circuito comercial lucrativo para el clero”, refuerza “el poder de la Iglesia en su posición de intermediaria entre Dios y el ser humano, mediante el sistema de las indulgencias”. Y esto nos lleva a Lutero, la Reforma, la Contrarreforma.

Constata el historiador que el infierno se presta mucho más que el paraíso a ser explotado por la imaginación humana. El infierno de los artistas: Autun, Reims, Bourges, las miniaturas de los manuscritos tardomedievales, los pintores flamencos y renacentistas italianos.

Las escenas infernales desaparecen de la escena artística a partir del siglo XVII, cuando la Iglesia de la Reforma católica emprende la tarea “de poner orden en ese desenfreno de visiones”. El infierno literario: Dante, Rabelais, Erasmo y, más tarde, Baudelaire, Rimbaud y Lautréamont. El infierno al servicio de la pastoral del miedo. Y el de los místicos, entre ellos Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y la “ultrasensible” Teresa de Ávila, “la última gran visionaria del infierno”.

Los filósofos del XVIII (Voltaire, Montesquieu…) y los cristianos liberales del XIX (con una Iglesia en actitud defensiva y represora) muestran “la incompatibilidad del amor de Dios con los suplicios infinitos”. Para entender los nuevos infiernos del XIX hay que leer a Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard y Dostoievski. El miedo va disminuyendo en la mente de los fieles y el infierno del más allá “se convierte en una creencia fósil” que en el siglo XX cede su sitio a un infierno terrenal y humano. Sartre proclama: “El infierno son los otros”.

Marzo de 2018, noticia de alcance desde el Vaticano: “El infierno no existe, lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras”. Lo dice el papa Francisco... Pues, después de todo lo expuesto, si no existe… ¡habrá que inventarlo!