Un momento de la versión de 'El caballero de Olmedo' de Laila Ri`poll.
'El caballero de Olmedo', los monstruos que rompen España son la envidia y los celos
Laila Ripoll abre el Festival de Almagro con una versión gótica y goyesca de la emblemática obra de Lope de Vega.
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Buena elección la de arrancar con El caballero de Olmedo el Festival de Almagro. Un incontestable título de nuestro repertorio áureo servido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. En concreto, por su titular actual, Laila Ripoll. Muy curtida en estos dominios, ha optado por la emblemática obra lopesca para firmar su primer montaje en la condición de directora de la formación encargada de difundir el Siglo de Oro.
Tirar de Lope resulta más coherente que acudir a Shakespeare para el pistoletazo de salida de la cita manchega (a este respecto, por cierto, hay que añadir que es muy estimable también la profusión de espectáculos basados en Cervantes propuestos por Irene Pardo, máxima responsable artística del festival, para las próximas cuatro semanas).
La última vez que vimos El caballero de Olmedo en manos de la CNTC fue en 2018. Eduardo Vasco hacía entonces una analogía interesante: advertía que esta historia de amor entre Alonso e Inés recuerda mucho a la de España: una bella ilusión truncada por fuerzas oscuras como la envidia, el desprecio y el odio.
También por la desconfianza hacia al que viene de fuera. En este caso, la de los caballeros de Medina enrocados frente a una presencia noble y gallarda de Olmedo. El apuesto Alonso no acaba en el pilón por arrebatarles una de sus mujeres y sacarles los colores en la ‘competición’ taurina. La venganza va más allá: lo que ocurre nos remite a aquella guerra del 36 (90 años ha), tan innecesaria como cruenta.
De hecho, la escena en la que Alonso topa con su destino trágico se repitió miles de veces por todo el país durante los tres años siguientes: un hombre indefenso en un paraje en el que no puede pedir ayuda. Pólvora y acero alzados por un grupo envalentonado ante la debilidad de un rival inerme (inerte, en breve).
Elisabet Altube (izq.) y Clara Cabrera., en 'El caballero de Olmedo'.
Aunque Ripoll sitúa la trama un siglo antes, en el XIX. Eso le permite un juego interesante: conectar -llevando al extremo la asociación muerte/amor- al Lope barroco con los desgarros emocionales del Romanticismo. Cabe atisbar, por momentos, en los grandes paneles verticales sobre los que se estampan las proyecciones, la profundidad de campo de una naturaleza indómita como esa a la que se asoma el caminante de Caspar David Friedrich.
Aunque el pintor en que todos pensamos al ver los cuadros sobre la escena compuestos por Ripoll es Goya.. La traslación decimonónica y goyesca, lícita en el fondo, se concreta en forma con un vestuario precioso de Almudena R. Huertas, con sus majas y manolos incluidos. Original decisión a la que directora saca el máximo partido en los momentos musicales y en el aludido duelo de rejones (pasatiempo favorito en Medina durante los días de feria)..
Ripoll, con tijeretazos puntuales, ha dejado la obra en una hora y 45 minutos. Lluís Pasqual, con la Joven de la CNTC, la jibarizó todavía más: una hora y 20. La versión de Pasqual, una performance flamenca con hechuras de ensayo (actores sentados alrededor de la acción en sillas de enea), iba como un tiro. La de la primera no tiene un ritmo tan eléctrico y vivaz, pero avanza con dinamismo, amén de alguna transición que se alarga un punto más de lo deseado.
En el plantel actoral, se sale David Lorente como Tello, sufriente servidor de Alonso, al albur siempre de los desvelos amorosos de este por Inés. Gracejo popular (como el de Arantxa Aranguren en la piel de la alcahueta Fabia) en su punto de sal para esos pasajes humorísticos que poco a poco se van apagando, cuando los funestos presagios (ay, ese pajarito augur) se van apoderando de la conciencia de su señor. Cuando, de modo extraño, la comedia típica de enredos sentimentales se torna tragedia.
Elisabet Altube recorre con nota el trayecto entre ambos registros. Muy creíble cuando se rompe al conocer el asesinato de su amado, que encarna Víctor Sainz, un pelín rígido, aunque bien en la proyección de la nobleza transparente que caracteriza a Alonso. En los paneles se plasma también la deriva tenebrosa: afloran raíces, espectros, negruras varias...
La función adquiere así el cromatismo de la novela gótica, que es otra de las referencias culturales sobre las que ha edificado Ripoll su lectura de El caballero de Olmedo. Los monstruos aquí son la envidia y los celos ante cualquier manifestación de nobleza y valentía. Porque los mediocres nunca perdonan.