El devastador incendio forestal declarado en la madrugada de este viernes en Los Gallardos (Almería) se ha convertido ya en el más mortífero de la historia de Andalucía, y en uno de los peores de la historia reciente de España.

Las llamas han devorado unas 3.800 hectáreas en pocas horas, debido a una propagación explosiva motivada por la llamada "regla del 30-30-30": temperaturas superiores a los 30 grados, humedad inferior al 30% y vientos con rachas de más de 30 kilómetros por hora.

Según el primer balance provisional, el fuego ha dejado doce fallecidos y 23 desaparecidos.

Aunque la envergadura de este siniestro resulta ciertamente inusual, las condiciones atmosféricas indican que este tipo de fenómenos van a ser cada vez más habituales.

El cambio climático actúa como un multiplicador de riesgo indiscutible. La subida global de las temperaturas genera un déficit de presión de vapor que deshidrata la vegetación y la convierte en combustible sumamente inflamable.

Urge por tanto un cambio de mentalidad y una revisión profunda del modelo de protección civil para adaptarse a este nuevo escenario.

Es imperativo asumir que España ha entrado de lleno en la era de los megaincendios, ante la cual las estrategias tradicionales de extinción resultan insuficientes.

Solo unos días antes de la tragedia de Los Gallardos, la Real Academia de Ingeniería (RAI) publicó un informe premonitorio en el que alertaba de que la intensidad y la virulencia de los fuegos se han disparado en los últimos años en la Península Ibérica.

La institución señala que las administraciones, tanto a nivel local y autonómico como estatal, tienen todavía mucho por hacer en la gestión del territorio, la mejora del marco legal de protección de las zonas forestales y la dotación económica de los planes municipales de mantenimiento.

La Academia insta a sustituir el actual modelo basado casi exclusivamente en la extinción por uno centrado en la previsión. El enfoque debe virar hacia la ordenación del territorio para evitar la acumulación masiva de combustible forestal generada por el abandono del medio rural.

La investigación sobre el foco inicial en Almería refuerza este argumento.

Según ha revelado en exclusiva EL ESPAÑOL, el origen se situaría en la caída de un cable de un poste de madera privado que estaba podrido. Lo cual evidencia una deficiente revisión de las zonas de peligro y una flagrante falta de mantenimiento que la normativa técnica actual ya debería haber corregido.

Este periódico se suma a la petición de la Real Academia de Ingeniería para acordar un Pacto de Estado contra los incendios forestales.

Un pacto presupuestado con una financiación estable, que permita un control adecuado de la biomasa y un diseño de los paisajes capaz de frenar el avance del fuego, y que contribuya a dinamizar el entorno rural para fijar población.

Un gran acuerdo de estas características representa todo lo contrario de lo vivido este viernes.

La clase política no ha dado tregua a la pugna partidista ni en un día de luto. Y si Miguel Tellado aprovechaba la tragedia para reclamar un "Gobierno centrado en la gestión", Óscar Puente le respondía en sus redes sociales con su habitual estilo tabernario.

Pero España no sólo padece de sectarismo político, sino también de un exceso de propaganda.

Como informa hoy EL ESPAÑOL, Pedro Sánchez prometió pomposamente en mayo, durante una puesta en escena junto a brigadistas, "el mayor despliegue" de la historia contra el fuego para este verano.

Pero este mismo lunes, el Ministerio para la Transición Ecológica tuvo que pedir perdón por escrito a las comunidades autónomas tras reconocer que tres de los aviones anfibios de la flota estatal no están operativos debido a "accidentes sobrevenidos".

Esta parafernalia gubernamental demuestra un mayor interés por la búsqueda de la foto y el titular que por la gestión real. Porque lo cierto es que el Gobierno carece hoy de los medios materiales necesarios para cumplir con el gran despliegue anunciado.

El desafío de los megaincendios obliga a todos los actores políticos y a las administraciones a abandonar el tacticismo y a cooperar estrechamente. La evidencia científica de que los incendios se apagan realmente antes de que prendan exige una actualización de los mecanismos de previsión y una mejora en la gestión del territorio.