El director italiano Riccardo Muti. Foto: Silvia Lelli. Cortesía de www.riccardomutimusic.com

El director italiano Riccardo Muti. Foto: Silvia Lelli. Cortesía de www.riccardomutimusic.com

Música

Riccardo Muti: "La muerte quiero encontrarla con alegría, como San Francisco"

La comparecencia del maestro italiano en la Alhambra puede calificarse como el 'concierto del verano' en España (apartado: música clásica). Antes de su visita, charla con El Cultural de su ética musical, de su pasión por España...

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Riccardo Muti (Nápoles, 1941) es una leyenda. Con todas las letras. Por sí mismo: durante más de cinco décadas ha encadenado la condición de director del Maggio Musicale de Florencia, la Philharmonia de Londres, la Orquesta de Filadelfia, la Scala de Milán y la Orquesta de Chicago, amén de haber sido siete veces el maestro de ceremonias en el Concierto de Año de Nuevo de Viena.

También lo es por el legado que encarna y reivindica: a través de su maestro Antonino Votto entronca directamente con los valores musicales (y morales) de Giuseppe Verdi, Arturo Toscanini mediante. Severidad, rigor, austeridad gestual y un compromiso insobornable hacia la literalidad de las partituras. Esas son las causas que se siente obligado a defender hasta que no le queden fuerzas para subirse al podio.

Su cruzada, sobre todo, pretende preservar el repertorio lírico italiano, a su juicio mucho más manoseado que el germano. "Este es cultura y aquel ha devenido entretenimiento", explica al otro lado de la pantalla, desde Rávena, donde tiene su campamento base ("A cincuenta metros de aquí está la tumba de Dante"). La deriva trivializadora le duele en el alma a un italiano vero como él. En el Festival de Granada, el domingo 28, volverá a empuñar la batuta para dejar una cosa clara: con Verdi no se juega. Aunque en su esperada comparecencia también homenajeará oportunamente a Falla (Suite nº 2 de El sombrero de tres picos) en el 150 aniversario de su nacimiento.

Pregunta. Es su primera vez en el Festival de Granada. ¿Qué significa debutar en un lugar tan especial como el Palacio de Carlos V en la Alhambra?

Respuesta. He dirigido en todas las partes del mundo, en sitios de gran hondura histórica, pero ir a Granada, a la Alhambra, será una experiencia muy, muy emocionante. Lo sería para cualquiera, pero especialmente para un italiano, y sobre todo para un italiano del sur, un napolitano como yo, criado musicalmente en el Teatro San Carlo, impulsado por los españoles. Granada y la Alhambra son para nosotros nombres de fábula, de ensueño, de encuentro de varias religiones.

P. La danza es el hilo conductor del programa que ha preparado para este concierto. ¿Cuál era su intención al concebirlo?

R. Yo nunca hago programas con un objetivo prefijado por un motivo concreto, pero la segunda parte es obviamente un homenaje a España, con Falla en el año de su aniversario y el Bolero de Ravel, que es una de las almas de la cultura y la danza española. La primera parte se abre con Nabucco [Sinfonía], obra amada por todos los melómanos del mundo. Y también haremos el ballet Las cuatro estaciones de la ópera I vespri siciliani de Verdi, que habitualmente se elimina cuando se representa en el teatro. Los directores de escena siempre piden a los de orquesta quitarlo porque dura casi media hora. Es un error. Yo, cada vez que he dirigido I vespri, he hecho el ballet porque es una grand opéra y en la grand opéra francesa el baile es obligatorio.

P. ¿Qué valor le da dentro de la vasta obra de Verdi?

R. Más allá de las oberturas, preludios o intermedios, Las cuatro estaciones es la obra sinfónica más importante de Verdi, como música pura. Demuestra su gran sutileza como instrumentista para la orquesta. Es una pieza muy exigente que involucra mucho a la flauta, al oboe, al clarinete, al fagot, a los violonchelos y a los violines.

Riccardo Muti durante un concierto. Foto: © Zani Casadio. Cortesía de www.riccardomutimusic.com

Riccardo Muti durante un concierto. Foto: © Zani Casadio. Cortesía de www.riccardomutimusic.com

P. ¿Dirigir a Falla en la Alhambra supone para usted una responsabilidad extra?

R. Para mí, dirigir en un pequeño pueblo de provincias al sur de Italia o dirigir en el Musikverein de Viena o en la Filarmónica de Berlín supone la misma responsabilidad. El compromiso es siempre igual porque es un compromiso artístico y, sobre todo, ético: frente al compositor, la música y el público. Está claro que el Musikverein, la Scala o el Carnegie Hall tienen una historia particular, pero la música no depende del lugar, depende de ese compromiso. Aunque sí, por supuesto, este concierto es especial, porque en Nápoles todavía decimos Vía Toledo en lugar de Vía Roma y muchos términos napolitanos son españoles. No soy de Estocolmo, así que venir a España es como venir, por su atmósfera, a una segunda casa.

“Muchos jóvenes directores gesticulan en el podio como Don Quijote luchando contra los molinos”

P. Usted ya grabó las suites de El sombrero de tres picos de Falla en 1980 con la Orquesta de Filadelfia. ¿Cuándo y cómo descubrió la música de este compositor?

R. La primera vez fue varios años antes, cuando era director de la Philharmonia de Londres. Tenía que dirigir un concierto en el Festival de Edimburgo y el entonces director del festival me sugirió hacer las dos suites de El sombrero de tres picos. Desde entonces las he dirigido diversas veces porque siento esta música como algo propio.

P. Poner el Bolero de Ravel, inspirado también en el folclore dancístico español, después de la suite de Falla es sugerente. ¿Qué afinidades ve usted entre estas dos obras?

R. Son dos mundos completamente distintos. Lo de Ravel es un ejercicio, un juego: tomar un tema y repetirlo cada vez en una situación instrumental diferente. El resultado es una obra maestra. La dificultad del Bolero es conseguir mantener un ritmo que sea siempre muy intenso y enérgico, desde el pianissimo inicial hasta el fortissimo final. Hay que llevar casi a la desesperación a quien escucha.

P. Viene acompañado de la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, fundada por usted en 2004. ¿Qué balance hace de esta iniciativa tras más de veinte años?

R. Es lo más importante que he hecho en mi vida: dedicarme a los jóvenes. Estos chicos tocan en muchas orquestas italianas y extranjeras, y llevan consigo el respeto hacia la música y hacia su profesión. Ser músico de orquesta durante 30 o 40 años no es fácil, si se quiere hacer bien, evitando tocar rutinariamente. Yo enseño lo que he aprendido, como dice Basilio en Las bodas de Fígaro: “Lo que compro lo vendo”.

P. En 2015 fundó también la Riccardo Muti Italian Opera Academy. ¿Cuáles son los consejos que repite con más insistencia a los jóvenes directores?

R. Me centro en la ópera italiana, que es la que conozco mejor. He tenido como maestro a Antonino Votto, que fue asistente de Toscanini en los años 20 en la Scala. La dirección de orquesta no se enseña. Como decía Toscanini, "cualquier asno puede llevar el compás". Pero hacer música solo con eso es el problema complicado. La dirección se ha convertido en un cómodo destino para quien no sabe tocar, quien no sabe cantar o quien ya no tiene voz. Toscanini también decía que los brazos son la extensión de la mente. Mi pensamiento pasa por el brazo, pero el brazo no es un espectáculo. Hoy muchos jóvenes directores en el podio parecen Don Quijote luchando contra los molinos. Yo les enseño cómo estar ante una orquesta. La dirección no se estudia en los libros como se hace en América, porque los grandes como Furtwängler o Karajan no estudiaron en ellos cómo mover el brazo, estudiaron la música.

"Una pintura puede tener un mensaje, pero la música es pura. No es de izquierdas ni de derechas"

P. ¿Qué impacto negativo tienen esos directores aspaventeros sobre esta?

R. Mi querido amigo Carlos Kleiber decía que lo bonito es "dirigir sin dirigir". Hoy, en cambio, dirigir se ha convertido en un espectáculo, y eso es un problema para las orquestas porque los directores que enseñan el fraseo son cada vez más raros. Yo enseño el respeto a la ópera italiana, que muchas veces se le niega y se convierte solo en una oportunidad para que ciertos cantantes hagan su espectáculo personal con agudos interminables y gritos, lo cual embrutece al público. Trato de aplicar el mismo respeto que se tiene por Mozart o Wagner. La ópera germana se ve como un hecho cultural, mientras que la italiana a veces ha devenido mero entretenimiento. Eso es lo que combato.

P. ¿Cómo sería exactamente "dirigir sin dirigir"?

R. Lo más importante es la concertación en los ensayos. Hay que explicar a la orquesta qué quieres y por qué lo quieres así. Una vez que la orquesta ha asimilado el concepto interpretativo, hay que dejar que se exprese naturalmente. Si el director reduce los movimientos, lleva la música directamente al espectador, no se convierte en una distracción. Debe ser el puente entre la orquesta y el público.

P. Usted también es un puente que conecta el presente con Verdi.

R. Sí, porque provengo de una línea muy clara: yo aprendí de mi maestro Votto, mi maestro aprendió de Toscanini y Toscanini conoció a Verdi personalmente. La línea es directa: Verdi-Toscanini, Toscanini-Votto, Votto-Muti. Es un camino de rectitud.

P. ¿Y quién continuará ese legado tras usted?

R. No lo sé, hoy todo va demasiado rápido. Yo esperé cincuenta años para dirigir la Missa Solemnis de Beethoven, en Salzburgo, y no tuve el valor de dirigir su Novena hasta pasados los 40 años. Hay que saber esperar y entender que para llegar a esas alturas se necesita estudio, sacrificio y madurez. Hoy hay chicos de 25 años que ya dirigen las Pasiones de Bach o la Novena, y eso no está bien; se necesita tiempo.

P. ¿Qué recuerdos conserva con mayor afecto de su maestro Antonino Votto?

R. Votto traía consigo la severidad de Toscanini ante la música, insistía en que el intérprete y el director están al servicio del compositor. Deben servirle, no servirse de él. Toscanini no concebía un director que no fuera un buen pianista. Todos creen que era violonchelista, pero el violonchelo era solo uno de los instrumentos que tocaba. Sus lecciones se resumían en una frase: "Hay que ser leal con la música".

P. Toscanini fue un ejemplo no solo en lo musical, sino también en lo cívico, con su resistencia a los dictados de Mussolini. ¿Qué relevancia tiene ese ejemplo hoy en día?

R. El arte es una expresión de libertad absoluta y la música pura no tiene mensajes políticos. Una pintura puede tener un mensaje, pero la música es pura; no es de derechas ni de izquierdas. Yo no acepto al artista que hace política sobre el escenario. Como ciudadanos privados, cada uno tiene sus ideas políticas, pero, cuando diriges una sinfonía de Beethoven o Brahms, solo importa si eres un buen o mal intérprete. Nunca debe usarse como propaganda, como hicieron los nazis inflando a Beethoven o Bruckner para que parecieran una amenaza de guerra.

"Creo mucho en este Papa, León XIV, porque es un hombre de paz y amplias miras. Y ama la música"

P. Lamenta que vivimos en una época donde los valores que han sostenido a la humanidad se están hundiendo.

R. Sí, es difícil encontrar grandes líderes que busquen la paz. Creo mucho en este Papa, León XIV, porque es un hombre de paz y de miras muy amplias; además, al ser agustino, ama la música. También es importante el mensaje de San Francisco. Este, el día antes de morir, pidió música a un fraile para aliviar su sufrimiento.

P. ¿La música nos acerca a Dios?

R. Absolutamente sí. Como dice Dante Alighieri —cuya tumba está a cincuenta metros de donde estoy sentado ahora— en el Canto XIV del Paraíso de la Divina comedia, la música es éxtasis, no comprensión. Uno puede comprender la arquitectura de una sinfonía, pero lo que hay detrás de las notas es el infinito. Por eso la música no debe tener mensajes políticos, porque es un rapto del alma.

P. ¿Verdi es como un Dios para usted?

R. No, un genio, y una figura moral muy importante para Italia por su contribución a la unificación del país, con obras como Nabucco, Ernani, I Lombardi alla prima crociata… Fue un ejemplo de rectitud moral inalcanzable, alguien que incluso creó una casa de reposo para músicos pobres.

P. Dirigida ya la Missa Solemnis de Beethoven. ¿qué desafíos musicales le quedan por afrontar?

R. Cada vez que dirijo, aunque sea música que he hecho cien veces, vuelvo a empezar de cero porque siempre hay mucho que aprender y verdades que nunca encontraremos del todo. El Va pensiero puede parecer fácil, pero si quieres encontrar la verdad que hay tras él… A la música hay que interrogarla una y otra vez, y no hallarás nunca una respuesta definitiva.

P. ¿Y en la vida?

R. Pues el que tenemos que afrontar todos: encontrarme con la muerte. Ese será el verdadero momento de la verdad. Y, siguiendo a San Francisco, que llamaba a la muerte ‘hermana’, quiero hacerlo con hilaritas, es decir, con una alegría profunda.