Kaho Yanagisawa (Julieta) y Julien Keulen (Romeo), del Real Ballet de Suecia, en 'Julieta y Romeo'. Foto. Javier del Real

Kaho Yanagisawa (Julieta) y Julien Keulen (Romeo), del Real Ballet de Suecia, en 'Julieta y Romeo'. Foto. Javier del Real

Danza

'Julieta y Romeo' en el Teatro Real: Mats Ek convierte a Shakespeare en pura verdad escénica

El espectáculo del coreógrafo sueco, interpretado por el Real Ballet de Suecia, pertenece ya a la historia de la danza. Imperdonable perdérselo.

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No es Romeo y Julieta. Es Julieta y Romeo. Parece un cambio menor, casi una inversión caprichosa del título para una versión de este ballet. Pero no lo es.

Siempre he pensado que Julieta sostuvo más peso emocional en esta tragedia y el coreógrafo sueco Mats Ek lo entiende desde el comienzo.

Ella ocupa el centro gravitatorio de la historia. Ella marca el pulso y, en definitiva, arrastra el destino.

Mas vayamos por partes.

Sabíamos que Ek era un genio. Lo sabíamos desde hace décadas. Pero con Julieta y Romeo borda con hilos dorados su lugar en el firmamento de la coreografía contemporánea.

Lo hace sin grandilocuencia y sin necesidad de demostrar nada. Simplemente crea. Y cuando crea, el escenario deviene una experiencia.

La primera sorpresa llega con la música. Para esta versión, Ek prescinde de Prokófiev. Confieso que, al saberlo, pensé que era un error. ¿Cómo separar esta historia de esa partitura que parece escrita con sangre?

Pero entonces comienza Chaikovski y todo encaja. La elección abre otra respiración, una textura emocional diferente. La tragedia deja de sonar inevitable y empieza a sentirse humana. Vulnerable. Cercana.

La acción se sitúa en una ciudad caótica –quizás una Venecia deteriorada y febril—. Hay una familia autoritaria, una pandilla de jóvenes desbordados por la violencia y dos cuerpos adolescentes que se encuentran cuando todo alrededor ha sido diseñado para impedirlo.

Kaho Yanagisawa (Julieta) y Julien Keulen (Romeo). Foto: Javier del Real

Kaho Yanagisawa (Julieta) y Julien Keulen (Romeo). Foto: Javier del Real

El universo de Ek elimina ornamentos y conserva lo esencial. No está el balcón. Tampoco las espadas ni el frasco de veneno –la tragedia final viene de otra mano—. No hace falta. Están Julieta y Romeo. Y eso basta.

En la noche del estreno, Kaho Yanagisawa (Julieta) y Julien Keulen (Romeo) alcanzaron algo difícil de explicar con precisión. La palabra “química” se queda corta. Lo que ocurre entre ambos sobrepasa los estándares habituales de la danza escénica.

Sus cuerpos no ejecutan pasos: se buscan, se contradicen, se protegen, se precipitan. El amor aparece como una fuerza física, casi animal, que los arrastra incluso cuando intentan resistirse.

Yanagisawa construye una Julieta luminosa y feroz al mismo tiempo. Hay inteligencia en cada gesto. Hay deseo y miedo. Y hay una forma de mirar a Romeo que convierte la escena en un territorio íntimo, aunque el teatro entero contenga la respiración.

Keulen, por su parte, dota a Romeo de una fragilidad que lo aleja del héroe romántico tradicional. Su danza transmite impulso y desorientación, como si el personaje descubriera demasiado tarde que amar significa caer.

También brillaron Daniel Norgren-Jensen como Mercutio y Hiroaki Ishida como Benvolio. He de decir que Mercutio aparece aquí menos caricaturesco y más vulnerable. En cambio, Benvolio alimenta la acción desde una presencia contenida que da equilibrio al conjunto.

Gunilla Hammar (Nodriza, sostenida por Daniel Norgren-Jensen, Mercutio, y Joakim Adeberg, Peter) y, en el suelo, Hiroaki Ishida (Benvolio). Foto: Javier del Real

Gunilla Hammar (Nodriza, sostenida por Daniel Norgren-Jensen, Mercutio, y Joakim Adeberg, Peter) y, en el suelo, Hiroaki Ishida (Benvolio). Foto: Javier del Real

Ambos aportan energía y profundidad a una obra donde incluso los personajes secundarios tienen espesor humano.

Estamos acostumbrados a recordar que bailar una coreografía de Mats Ek implica mucho más que danzar. En Julieta y Romeo esa idea alcanza otra dimensión. Los intérpretes del Real Ballet de Suecia son actores con el don de unos pies ligeros.

El despliegue físico del elenco impresiona. La coreografía exige sincronía extrema, cambios de dinámica constantes y movimientos de enorme complejidad.

Hay secuencias donde los cuerpos parecen desafiar la lógica articular. Y encima de todo eso, los intérpretes deben actuar, transmitir, sostener el drama. Lo hacen sin perder claridad ni intensidad.

El Real Ballet de Suecia en 'Julieta y Romeo'. Foto: Javier del Real

El Real Ballet de Suecia en 'Julieta y Romeo'. Foto: Javier del Real

Cada movimiento contiene intención dramática. Cada desplazamiento cuenta algo. Los personajes no ilustran emociones: las viven. Y el público las cree.

La escritura coreográfica de Ek mantiene todos los elementos reconocibles de su lenguaje. Los cuerpos se doblan, se quiebran, se lanzan al suelo, dialogan desde lugares poco convencionales.

El gesto cotidiano entra en la danza y la danza invade lo cotidiano. Hay momentos donde una simple inclinación del torso revela más que una gran variación clásica. Otros donde una carrera breve por el escenario contiene la angustia de una vida entera.

En todo momento la escena exhala verdad. Los bailarines gritan sus penas y sus alegrías con el cuerpo entero. Y eso exige un nivel interpretativo inmenso.

Daria Ivanova (Madre) y Dawid Kupinski (Padre). Foto: Javier del Real

Daria Ivanova (Madre) y Dawid Kupinski (Padre). Foto: Javier del Real

La escenografía parece sencilla. Apenas unos paneles. Pero esa sencillez es engañosa.

Con elementos mínimos se construyen palacios, calles, habitaciones y refugios. Los paneles se desplazan, se abren, se cierran y modifican la percepción del espacio con una eficacia admirable. La funcionalidad se convierte en poesía escénica.

Y luego está la música en directo con una enorme Orquesta Titular del Teatro Real.

La sincronía entre el foso y el escenario alcanzó instantes de precisión extraordinaria. La sensación era la de un único organismo inhalando al mismo tiempo. Cada instrumento parecía escuchar a cada bailarín. Cada bailarín parecía responder a cada nota.

Mats Ek vuelve a demostrar que la danza contemporánea puede dialogar con los grandes relatos sin quedar atrapada en ellos. No moderniza a Shakespeare para parecer actual. Lo franquea. Lo despoja de símbolos gastados y encuentra en el cuerpo un lugar nuevo para la tragedia.

Al terminar la función, queda una sensación extraña. Como si el amor hubiera pasado por el escenario dejando una marca física. Como si Julieta y Romeo siguieran allí, en algún lugar detrás de los paneles… o quizá enterrados para siempre.

Hay espectáculos importantes. Hay espectáculos memorables. Y luego están esos pocos que justifican por sí solos una temporada entera.

Julieta y Romeo pertenece a esa categoría. Sólo puedo decir una cosa: es imperdonable perdérselo.