Daniela Marín Navarro y Reinaldo Amien Gutiérrez en 'Tengo sueños eléctricos'

Daniela Marín Navarro y Reinaldo Amien Gutiérrez en 'Tengo sueños eléctricos'

Cine

'Tengo sueños eléctricos': una revolucionaria película sobre la adolescencia y el despertar sexual

Con una puesta en escena física y sudorosa, la costarricense Valentina Maurel estrena el crudo 'coming of age' con el que triunfó en San Sebastián

3 febrero, 2023 02:04

La costarricense Valentina Maurel (San José, 1988) se convirtió en la gran sensación del último festival de Locarno al conquistar el galardón a la mejor dirección con su ópera prima Tengo sueños eléctricos. El jurado, además, otorgó a los protagonistas, los debutantes Daniela Marín Navarro y Reinaldo Amien, los premios a mejor actriz y actor, respectivamente.

La película, más tarde, salió triunfadora en la sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián, consolidando definitivamente su estatus como uno de los filmes latinoamericanos más destacados de la temporada pasada. Pero, ¿qué hay detrás de este éxito?

Tengo sueños eléctricos es aparentemente un coming of age veraniego, uno más de los tropecientos que se estrenan al año, solo que aquí la directora renueva la experiencia al eludir el factor romántico, las enseñanzas morales y las efervescencias festivas propias del género. El punto de partida de Maurel es mucho más crudo, con una puesta en escena física y sudorosa y una ambigua mirada al despertar sexual y a las relaciones entre los protagonistas.

Eva (Marín Navarro) es una hosca y melancólica chica que a sus 16 años, obligada a lidiar con la separación de sus progenitores, que se debate entre la seguridad que le ofrece su estirada y responsable madre y la aparente libertad que representa su convulso padre, Martín (Amien), el enigma del relato.

Se trata de un hombre extremadamente complejo: atractivo, mujeriego y juerguista, pero a la vez soñador inseguro, hipersensible e hipocondríaco. Incapaz de gestionar la frustración (y, a pesar de ello, pretende iniciar una carrera en la poesía), a menudo explota en episodios violentos que puede dirigir contra las personas más cercanas o contra sí mismo.

Eva, que parece tener claro que el ambiente de clase media hipster de San José en el que se mueve su padre le interesa, intenta que este abandone la casa de un amigo en la que malvive y que se mude a un piso con una habitación para ella. Y aunque ambos se pasan el día visitando apartamentos por toda la ciudad, Martín se resiste a decidirse (más bien, parece incapaz de afrontar el gasto necesario). Esto nos permite deambular por varias localizaciones la ciudad, filmada con una preciosista luz.

Incidiendo en esta relación padre-hija en el que los roles no están lo suficientemente claros, Maurel construye un filme complejo y de grandes ambiciones estéticas, en el que cada plano parece cuidado al milímetro y en que todo fluye con certeras elipsis.

Tras la soberbia interpretación de los actores, una Marín Navarro que sabe esconder la fragilidad de Eva en su duro semblante y un Amien que encarna con solvencia la fiereza de un hombre que se mueve entre el patetismo y la pura seducción, encontramos el relato de una ciudad en el que la violencia late en segundo plano.

Así, la escena más reveladora es aquella en la que Martín le pide a los músicos callejeros que sigan tocando mientras en la calle se produce una batalla campal entre pandilleros.