Image: Tron: Legacy, un pastiche de clásicos de ciencia-ficción

Image: Tron: Legacy, un pastiche de clásicos de ciencia-ficción

Cine

Tron: Legacy, un pastiche de clásicos de ciencia-ficción

El esfuerzo técnico de esta película en la reconstrucción de rostros envejecidos plantea la posibilidad de recuperar a John Wayne para un western

15 diciembre, 2010 01:00

El rostro rejuvenecido de Jeff Bridges en Tron: Legacy

Frente a las pueriles y limpias imágenes de Tron: Legacy, el último fenómeno 3D, surge la insidiosa pregunta: ¿ha muerto la ciencia-ficción cinematográfica? Cuando gracias a las tecnologías digitales ya se ha conquistado el sueño del fotorrealismo del imaginario (todo lo imaginable es representable con absoluta verosimilitud), da la sensación de que el género no sólo se ha visto abocado a la manifiesta ausencia de creatividad, sino a las fauces del pastiche y la nostalgia. Eso es Tron: Legacy, la secuela largamente anunciada, un pastiche de muchos clásicos del género (Star Wars, Terminator, Star Trek, Blade Runner, Matrix, etc.) y un ejercicio de nostalgia por los años ochenta. El gran problema es que ese pastiche (a diferencia del Star Trek de J. J. Abrams, la última gran película de ciencia-ficción) no tiene orden ni concierto, es increíblemente caprichoso y carece de pulso reflexivo en torno a las evoluciones del género.

Realizada 28 años después, la original Tron, a pesar de su apariencia "viejuna" y su narrativa algo incomprensible y plúmbea, aún mantiene un cierto lugar en las afinidades afectivas de mucha gente, en parte debido a su nostalgia ciega por los años ochenta, y en parte a su status como el primer filme que empleó tecnología visual generada por ordenador, algo que era totalmente insólito en 1982. Y es precisamente en el apartado de efectos especiales donde Tron: Legacy adquiere cierto valor. Es muy destacable el modo en que gracias a las técnicas de maquillaje digital -en un gesto similar al de David Fincher en El curioso caso de Benjamín Button- se resucita para la pantalla la apariencia de Jeff Bridges hace treinta años. Y es que el actor norteamericano tiene dos "papeles" en esta secuela: Kevin Flynn y Clu. El primero, con la edad de ahora; el segundo, su avatar del reverso oscuro, que no ha envejecido un ápice respecto a 1982.

La perfección técnica con que se resuelve este aspecto del filme nos hace pensar en el enorme potencial de la tecnología, que en un momento dado hasta podría rescatar el rostro de actores desaparecidos o envejecidos para realizar películas anacrónicas o perdidas en el tiempo. Por ejemplo, podría realizarse un western con el rostro de John Wayne en los años cincuenta, o hacer otra saga del inspector Harry Callahan con el Clint Eastwood de los años setenta. Las posibilidades son infinitas. Esta característica, junto a la banda sonora de Daft Punk (que tiene una breve aparición en el filme), y el modo en el que las tres dimensiones se apropian de la puesta en escena del filme cuando el personaje principal (Sam Flynn / Garrett Hedlund) entra en la "red" (a la manera de El mago de Oz), son lo más rescatable de una propuesta ahogada en su ambición, en ocasiones visualmente deslumbrante pero por lo general roma y aburrida.