Image: Por la risa de Amadeus

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Cine

Por la risa de Amadeus

por Jorge Berlanga

24 abril, 2002 02:00

Tom Hulce en una escena de Amadeus

Vuelve, en montaje del director, Amadeus, la obra con la que el checo Milos Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Hair) arrancó a la Academia de Hollywood en 1985 nada menos que ocho Oscar. Tom Hulce, en el papel de Mozart, y F. Abraham Murray, como el frustrado Salieri, tocaron con este filme la cima de sus carreras. Ahora llega ampliado y remasterizado. Un lujo primaveral.

El año que Amadeus arrasó en el universo de la taquilla y de los premios, Mozart volvió a deslumbrar como cuando era el niño prodigio que asombraba a reyes y plebeyos con su genio iluminado. Su conexión inmediata con la modernidad consistía en la vigencia de su naturaleza rebelde y algo delirante. Un clásico arrollador e impredecible que conectaba con el espíritu más punkie de la época, incluso en la forma de desmelenarse. Milos Forman, un viejo zorro experto en convertir en material de oro hipercomercial a personajes extraños e irracionales, volando sobre el nido del cuco, encontró en Mozart el perfecto ejemplo de artista adolescente tocado con el mal de los elegidos, ardiente como la vela que se enciende por ambos lados, que se consume rápido, pero que ofrece un doble resplandor. Era la figura perfecta en la que hasta el chaval más díscolo, con el pelo teñido y la guitarra eléctrica bajo el brazo, deseaba reflejarse, envidiando incluso su muerte juvenil y desesperada en plena miseria.

Aunque para algunos, el verdadero protagonista de la película fuera Salieri, ese buen músico apagado por el fulgor del magistral niñato, corroído por la envidia y la admiración. La escena en la que transcribe los acordes de La flauta mágica, que un febril Amadeus le va dictando desde su lecho en gozosa agonía, convirtió a F. Murray Abraham en un actor de categoría soberbia, por su capacidad para mostrar con inigualable sutileza la amargura y fascinación que podía sentir un hombre con dotes arrastrado por el destino a ser sombra de un superdotado. Lamentablemente, el pajaruelo de Tom Hulce se excedió tanto en su interpretación, creyéndose él mismo un genio desmadrado, que desde entonces no ha conseguido levantar cabeza, y ya sólo lo vemos envejecer sin crecer, paseando su sonrisa en algunos festejos, tal vez pensando que todavía es capaz de escribir sinfonías arrebatadoras. Puede que a pesar del éxito no acabase de dar la talla para convertirse en mito o al menos actor de culto, a lo James Dean en Rebelde sin causa. Porque si bien Amadeus fue una película sin lugar a dudas triunfal, su fuerte química careció de la suficiente magia para convertirse en símbolo y referencia para una generación, la de los ochenta, tan dada al eclecticismo como para no saber escoger referencias cinematográficas. Lo que nos deja a Travolta como último icono de un final de siglo que detiene su mitología en los setenta con Fiebre del sábado noche.

En todo caso, Amadeus es una obra singular, tan llena de excesos como de medida inteligencia, que plantea un conflicto de actualidad eterna, la del artista extraordinario que ofrece una convulsión a la sociedad ordinaria, la que lo celebra al mismo tiempo que acaba fagocitándolo. La Mozartmanía, ya ven, también fue tan fugaz como el champagne que se saborea hasta que se pierden en el aire sus burbujas. Ahora nos tenemos que conformar con imaginarnos lo que podría hacer el loco y mocos Amadeus en Operación triunfo, en Lluvia de estrellas o en cualquiera de esos programas televisivos cazatalentos. Aunque lo más probable es que los expertos dijeran que desentonaba y que mejor que se fuera a su casa. Porque me temo que si antaño hubieran tenido tantos expertos en comunicación como hoy en día, a estas alturas nos habríamos quedado sin la mitad de los grandes músicos de la Historia.