Agentes federales detienen a un manifestante tras un tiroteo mortal en Minneapolis, Minnesota (EE. UU.), el 24 de enero de 2026. Foto: EFE/EPA/CRAIG LASSIG

Agentes federales detienen a un manifestante tras un tiroteo mortal en Minneapolis, Minnesota (EE. UU.), el 24 de enero de 2026. Foto: EFE/EPA/CRAIG LASSIG

Entreclásicos

'La jauría humana' y la América de Trump

La película de Arthur Penn es una distopía tan real como el ICE, una pesadilla que ya no es una simple fantasía, sino algo cotidiano y cada vez más brutal.

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La América de Donald Trump cada vez se parece más a La jauría humana, la aterradora película de Arthur Penn estrenada en 1966, cuando el mundo se encaminaba hacia cambios profundos y un sector de la sociedad se resistía a que las mujeres, los negros, los gais, los pobres y los excluidos adquirieran derechos, liberándose de las discriminaciones y agravios sufridos durante siglos.

Las elites y las clases medias que soñaban con ascender socialmente no aceptaron la posibilidad de un mundo distinto. Prefirieron reaccionar con violencia, alegando que se atentaba contra los valores tradicionales.

Sin embargo, lo que se hallaba en juego no eran los valores, sino los privilegios de ciertos sectores acostumbrados a disfrutar de una hegemonía que se consideraba un derecho natural y no el fruto de imposiciones legales, raciales, religiosas y económicas.

Con un guion de Lillian Hellman, que adaptó The chase (La persecución), la novela de Horton Foote, y dirigida por Arthur Penn, La jauría humana puede calificarse sin problemas como cine político, pues desde el primer minuto muestra las miserias de una época caracterizada por el racismo, el clasismo, el machismo y el anticomunismo.

De orígenes judíos y casada con Dashiell Hammett, Lillian jamás ocultó sus convicciones socialistas, lo cual provocó que el senador Joseph McCarthy ordenara en 1948 su inclusión en la lista negra de Hollywood.

Citada por el Comité de Actividades Antiamericanas, se negó a delatar a sus amigos y compañeros de trabajo. También rechazó responder a cualquier pregunta sobre sus creencias y actividades, pues consideró que el interrogatorio atentaba contra su dignidad y sus derechos civiles.

Con una aguda conciencia política desde joven, Hellman había hablado abiertamente del amor homosexual en la obra teatral The Children's Hour, donde dos profesoras se enamoran y sufren la hostilidad de sus vecinos, que sacan a sus hijos del pequeño colegio creado por la pareja.

Estrenada en 1934, William Wyler hizo una magnífica adaptación cinematográfica en 1961, con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine.

En España, se llamó La calumnia y no llegó a las pantallas hasta 1969, no sin sortear muchos con la censura. En 1939, Hellman continuó su labor de denuncia social, realizando un retrato despiadado de la ambición de las grandes familias del Sur en The Little Foxes.

En 1941, Wyler adaptó la obra al cine, con Bette Davis en el papel protagonista. En nuestro país, se tituló La loba. Lillian Hellman siempre actuó con mucha valentía.

Fotograma de 'La jauría humana'.

Fotograma de 'La jauría humana'.

En los años 30, la sociedad aún digería las críticas sociales y políticas, pero los prejuicios contra la homosexualidad constituían un tabú inviolable.

El senador Joseph McCarthy acabó con ese pequeño margen de libertad, pero su caída en 1954 gracias a la iniciativa del presidente republicano Dwight D. Eisenhower marcó el comienzo de una apertura política que posibilitó películas como La jauría humana.

Aunque la Guerra Fría mantenía muy viva la histeria anticomunista, la sociedad se había vuelto más permisiva. En el pueblo de Texas donde se desata una cacería humana contra un pequeño delincuente, Charlie “Bubber” Reeves, interpretado por un joven Robert Redford, la clase media blanca contempla con desprecio a los granjeros pobres y a los vecinos negros.

El señor Briggs (Henry Hull), un pequeño prestamista, ahoga a sus clientes con intereses abusivos y molesta a la familia de “Bubber” porque le produce una enorme frustración no haber podido engendrar hijos con su esposa.

Es un viejo amargado y avariento que disfruta con el dolor ajeno y que participará discretamente en la cacería de “Bubber”, huido de la cárcel cuando estaba a punto de cumplir su condena por un delito menor.

E.G. Marshall interpreta a Val Rogers, el cacique local. Propietario de pozos de petróleo, un banco y campos de cultivo, explota a los trabajadores mexicanos que acuden a recoger la cosecha cada temporada.

Alojados en infraviviendas, Jason “Jake” Rogers (James Fox), el hijo de Val, les reprocha que no agradezcan disponer de un pequeño televisor en sus cabañas, un gesto concebido para aplacar la frustración producida por los bajos salarios.

Marlon Brando como el sheriff Calder en 'La jauría humana'.

Marlon Brando como el sheriff Calder en 'La jauría humana'.


Val Rogers no es tan ignorante y zafio como Donald Trump, pero su mentalidad es muy similar. Ha forjado su fortuna explotando a los demás y piensa que su dinero le permite actuar con absoluta impunidad.

Sin embargo, el sheriff Calder, interpretado por un magistral Marlon Brando, no está dispuesto a secundar sus abusos. Casado con Ruby (Angie Dickinson), Calder sueña con comprar un rancho y poder dedicarse a la cría de caballos. De hecho, cada vez que se cruza con un caballo trotando por el campo, su cara se ilumina.

Aceptó el trabajo de sheriff por necesidad, pero no tiene alma de policía y, menos aún, de lacayo. Es la cara opuesta a Edwin Stewart (Robert Duvall), un empleado del banco de Val Rogers.

Pusilánime, adulador y cobarde, Edwin mira hacia otro lado cuando su mujer Emily (Janice Rule) flirtea con otro empleado, Damon (Richard Bradford) un donjuán violento, vanidoso y rastrero. El carácter sumiso de Edwin le impide rebelarse contra cualquier vejación.

Lillian Hellman realiza un relato meticuloso de la América profunda, donde el patriotismo de cartón piedra y el fanatismo religioso apenas logran ocultar el tedio, el vacío existencial y el resentimiento del hombre común, siempre dispuesto a volcar su ira sobre los más vulnerables.

Es la misma América que ha votado a Trump y que apoya la limpieza étnica que está llevando a cabo el ICE. La América que en junio de 1964 asesinó a tres activistas por los derechos civiles en el Condado de Neshoba (Misisipi) y que en 1965 mató a tiros a Viola Liuzzo en Selma, Alabama, una ama de casa blanca implicada en la lucha por el fin de las leyes segregacionistas.

En el asesinato de Viola intervino un agente del FBI, que colaboró con los pistoleros del Ku Klux Klan. J. Edgar Hoover encubrió el crimen e hizo correr el bulo de que Viola, madre de cinco hijos, pertenecía al Partido Comunista y mantenía relaciones sexuales con afroamericanos.

“Bubber” Reeves es el típico perdedor. Indisciplinado y revoltoso, fue acusado sin pruebas de un hurto e ingresó en un reformatorio cuando aún era menor de edad. Casado con Anna (Jane Fonda), ignora que su mujer es la amante de Jake, el hijo de Val Rogers. Se aman desde la adolescencia, pero las diferencias de clase han impedido que la relación prosperara.

El desenlace de la fuga de Reeves no es feliz. ¿Por qué hay tanto odio en ese pueblo de Texas? ¿Por qué los ciudadanos, incluidos niños y adolescentes, participan en la cacería? ¿Cómo es posible que una nación que se construyó con las ideas más avanzadas de la Ilustración europea pisotee sus valores fundacionales?

La jauría humana crea una atmósfera asfixiante. Salvo Calder, Ruby, Anna, Lester (Joel Fluellen), un afroamericano que trabaja en un cementerio de coches, “Bubber” y su silencioso padre (Malcolm Atterbury), no hay un solo personaje que no desprenda vileza moral.

Interpretada por Miriam Hopkins, la madre de Reeves no ha sido capaz de inmunizarse contra la podredumbre moral reinante. Siempre culpabilizó a su hijo y creyó todos los chismes que circulaban sobre él. De niño, le obligó a pedir perdón por un delito que no había cometido.

Agentes federales suben a un manifestante herido a una camioneta durante un enfrentamiento con la policía después de que agentes del ICE dispararan varias veces a un hombre mientras intentaban detenerlo en Minneapolis, Minnesota, EE. UU., el 24 de enero de 2026. Foto: EFE/EPA/CRAIG LASSIG

Agentes federales suben a un manifestante herido a una camioneta durante un enfrentamiento con la policía después de que agentes del ICE dispararan varias veces a un hombre mientras intentaban detenerlo en Minneapolis, Minnesota, EE. UU., el 24 de enero de 2026. Foto: EFE/EPA/CRAIG LASSIG


Hannah Arendt advirtió que los grandes crímenes del siglo XX habían sido perpetrados por hombres comunes, individuos grises como Eichmann. La mediocridad es la gran aliada del mal. Nunca cuestiona las ideas dominantes, se deja manipular sin ofrecer resistencia, suscribe las consignas más demagógicas.

En los Estados Unidos de los años 60, los negros y los comunistas eran el enemigo. Se consideraba comunista a cualquier partidario de la libertad, los derechos humanos y la redistribución de la riqueza. A los negros se les odiaba simplemente por ser diferentes. Los blancos pobres se sentían mejor al pensar que al menos estaban por encima de ellos.

En la América de Trump, los comunistas siguen representando al enemigo, pero se continúa aplicando este término para desprestigiar a cualquier ciudadano o activista con una sensibilidad genuinamente democrática.

Los negros ya no sufren segregación legal, pero sí económica y social, y siguen soportando el menosprecio de gran parte de la sociedad blanca. Algo que también padecen las feministas, los musulmanes y los gais. Sin embargo, el odio ahora se concentra en los inmigrantes.

Cuando escribo estas líneas, el ICE, la Gestapo de Trump, ha matado a otra persona en Minneapolis. Afortunadamente, miles de ciudadanos se están movilizando contra la limpieza étnica puesta en marcha por la Administración Trump.

Tres cardenales estadounidenses han protestado en el Vaticano, lo cual no ha impedido que el ICE detenga a cien miembros del clero por participar en las movilizaciones contra sus abusos.

Basada en Pentimento, la novela de Lillian Helman, Julia (Fred Zinnemann, 1977) narra la amistad de la escritora estadounidense con una europea implicada en la lucha contra el nazismo desde sus inicios. Julia tampoco tiene un final feliz.

¿Hemos vuelto a los años 30 del siglo anterior? La oleada reaccionaria que sufre el mundo ya está extendiendo sus redes por Europa mediante partidos con el mismo espíritu colaboracionista de la Francia de Vichy o la Noruega de Quisling.

La jauría humana es una distopía tan real como la América de Trump, una pesadilla que ya no es una simple fantasía, sino algo cotidiano y cada vez más brutal.

Lillian Hellman afirmó que “la libertad no es gratis. Requiere sacrificio y coraje”. El silencio es peligroso y el mejor cómplice de los tiranos. Hellman aclaró que para protestar no hace falta rugir. Solo es necesario dar un paso al frente y no perder la esperanza.