Castillo de Olmillos de Sasamón. Foto: Wikimedia Commons

Castillo de Olmillos de Sasamón. Foto: Wikimedia Commons

A la intemperie

Un fin de semana excepcional en un castillo del siglo XV

Crónica de unos días en el castillo de Olmillos de Sasamón, con motivo de mi entrada en la Academia de Estudios Masónicos y la Orden de Caballeros del Castillo de la Flor de Lis.

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Nunca había dormido un fin de semana entero en un castillo del siglo XV. Ocurrió hace unos días en el Castillo de Olmillos de Sasamón, en Burgos, con motivo de mi entrada en la Academia de Estudios Masónicos y en la Orden de Caballeros del Castillo de la Flor de Lis. Fueron jornadas muy emotivas y rigurosas en los rituales, y serán inolvidables para mí en los que me queda de vida. Por eso escribo hoy sobre esos días felices de la semana pasada.

¡Qué decir del castillo de los Cartagena! Una maravilla rehabilitada y transformada en el Hotel Señorío de Olmillos, con un tratamiento y una atención del primer nivel que te hace sentirte como en casa. ¡Qué decir de las cenas preparadas por el cocinero Cayetano Gómez, venido de Cartagena ex profeso! ¡Qué añadir de los rituales masónicos y filomasónicos de la Academia y de la Orden!

Una hermandad extraordinaria flotó en el ambiente durante esos días únicos y yo me acordé, entre otras cosas importantes, del poema If de Rudyard Kipling, masón de la India e inglés, aunque parezca mentira que se puedan ser las dos cosas a la vez.

Las conversaciones entre la gente durante esos días de suprema exquisitez humana giraron siempre sobre asuntos de gran trascendencia y resultó un intercambio de criterios sobre los problemas que destrozan el mundo de esta época tan oscura. Los masones buscamos la luz del debate y el entendimiento frente al dogmatismo frenético y la salvaje intransigencia que hoy nos acucian en tantos bandos.

Mi discurso de entrega en la Academia de Estudios Masónicos versó sobre Miranda y se tituló “Memoria y leyenda de Francisco de Miranda”, el precursor de la independencia de la América hispana.

Miranda fue un personaje más que extraordinario. Un visionario rebelde que vislumbró el futuro de América del Sur como un proyecto de un único país confederado, con dos capitales: Colón, en el Atlántico panameño y Lima, en el antiguo virreinato del Perú.

Nada salió bien. Todo se rompió en bochinches enormes de los criollos independentistas para fabricar pequeñas repúblicas que se pelean entre ellas hoy mismo. Al final, Bolívar, que había traicionado a Miranda en la noche del 31 de julio de 1812 y lo había entregado al capitán español Monteverde a cambio de su vida y la de los suyos, reconoció a las puertas de la muerte en Santa Marta, Colombia: “Hacer la revolución en América es arar en el mar”.

Fue su última frase testamentaria y agria, a lo que se ha visto en la historia de América desde entonces. Con razón vino a decir el poeta Melgar, muchos años después, que “América sería libre cuando se librara de los Libertadores”.

Uno de esos días en el Castillo de los Cartagena, en Olmillos, reflexioné sobre aquel cuento que escribió García Márquez, de cuyo título no me acuerdo, cuando el escritor venezolano Miguel Otero Silva lo invitó a pasar un par de noches en su palacio centenario de la ciudad de Florencia.

García Márquez, en homenaje a su amigo y a la epifanía que sufrió y gozó en el palacio de Otero Silva, le regaló el relato al que me refiero. En él, el escritor cuenta que una noche se acostó en su habitación de gran lujo y antes de dormir se quedó mirando y reflexionando sobre el cuadro de época que tenía sobre la cabecera de la cama.

Al día siguiente, al despertarse se acordó de que lo último que había hecho la noche anterior fue mirar y examinar el cuadro hasta imaginar la historia que, en silencio, narraba el óleo. Pero, para su gran sorpresa, el cuadro de la noche anterior ya no estaba sobre la cama del dormitorio ni en ninguna otra pared.

En su lugar había un nuevo óleo que no se parecía ni recordaba al despertarse la noche anterior. Sobrecogido, García Márquez reflexionó y guardó silencio, no se lo dijo a nadie, porque nadie le creería aquel milagro.

Una noche en el Castillo de Olmillos examiné el cuadro que estaba sobre la pared de la cabecera de mi cama y vi un óleo bellísimo, lleno de efectos y símbolos masónicos. Dormí en paz esa noche. A la mañana siguiente me desperté, miré el cuadro, recordé el cuento de García Márquez, pero vi que era el mismo de la noche anterior.

Es igual, me dije, el milagro de dormir plácidamente en un castillo del siglo XV y en el silencio del tiempo histórico de Castilla y sus leyendas fue suficiente epifanía para convertirse en recuerdo imborrable. Por eso me he permitido escribir hoy esta pequeña crónica sin contar otros misterios de ese fin de semana único en mi vida, en mi memoria y en mi hipotética leyenda.