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Alan Turing y Lewis Carroll

Alan Turing y Lewis Carroll

A la intemperie

Escribir bien: lo que se sabe es lo que se sabe decir

Ya no hay casi ilustrados y los eruditos campan como zombis envueltos en la niebla de su propia soledad.

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Ya se sabe desde hace tiempo: lo que se sabe es lo que se sabe decir. Escribir bien significa saber la palabra exacta y su lugar en lo que se quiera escribir. A la gente, en general, le gusta saber que sabe, pero lo que más le gusta es que, aunque no se sepa, se crea que sabe. La sociedad española cada vez sabe menos, porque cada vez habla peor. No ha estudiado su propia lengua y le sobra hablar con apenas quinientas palabras de su inmenso idioma para pensar que sabe hablar perfectamente en su propia lengua, pero no sabe.

Tiempos hubo en el mundo, y en España, en el que un erudito o un ilustrado eran gentes admirables que la gente corriente, a pesar de su ignorancia, admiraba y aplaudía. Pero las cosas han cambiado para mal: ya no hay casi ilustrados y los eruditos campan como zombis envueltos en la niebla de su propia soledad.

Hablar bien es considerado de pretencioso; escribir bien ya no es escribir con referencias y una abierta visión del universo, y un conocimiento profundo de las cosas de este y de los otros mundos, incluidos el de las matemáticas, la geometría, la física, la química, la gramática y todas sus partes, la historia, la literatura, la filosofía y todas las cosas que hoy resultan, según parece, inútiles para la vida rencorosa y llena de ascos que nos acucia.

Lewis Carroll escribió una obra maestra, Alicia en el país de las maravillas, que era una profecía matemática. Disfrazó su visión del pasmoso futuro como si fuera un libro para niños, porque si hubiera hablado del terror que le provocaban sus descubrimientos sobre el tiempo venidero en aquella época victoriana lo habrían llevado con toda rapidez al cadalso.

A pagar por matemático y erudito; a pagar por escribir bien; a pagar por hacer auspicios sacrílegos; en fin, a pagar con la vida por escandalizar a una población dormida. Recuérdese que Alicia en el país de las maravillas es el libro predilecto leído por los dementes diagnosticados como locos, niños al fin y al cabo, adolescentes a los que se le perdió la piedra de la locura en el cerebro hasta envenenarlo por completo.

Alan Turing fue un profeta que encontró en su tiempo soluciones matemáticas a una matemática desconocida, solo descubierta por él, en sus enunciados, recorridos y soluciones. Es el padre de lo que hoy llamamos corrientemente ordenador, un bicho que comenzó a tener razones de existencia durante la II Guerra Mundial y que, según dicen "los expertos", sirvió para que los aliados ganaran la guerra.

Turing triunfó en sus ideas, era un sabio que sabía muchas más cosas que los demás, pero los demás no le creyeron hasta que la evidencia positiva les cayó encima como un jarro de agua eterna. Turing no era un ser normal: era un genio. 

Acabó suicidándose, mártir por robar una vez más el fuego a los dioses y entregárselo a los ser humanos, los mismos que desprecian cuanto ignoran, los mismos que confunden valor con precio, los mismos que ahora no pueden prescindir del llamado ordenador, el mismo artefacto que ahora pone en nuestras manos y en nuestras cabezas un animal maligno al que llamamos Inteligencia Artificial, IA para entendernos con el mínimo esfuerzo, el mismo bicho que puede convertirse en un arma de destrucción masiva de nuestra civilización, así llamada impropiamente ya, en mi criterio.

Se trata de eso: del mínimo esfuerzo para el pueblo en general; que trabajen las máquinas, que piensen ellas por nosotros, que sepan ellas lo que hay que saber mientras nosotros sabemos cada vez menos hasta la derrota final.

¿Es una visión catastrofista este comentario pesimista? Si miramos hacia el inmediato pasado, ¿era peor el concepto de resistencia, de heterodoxia, era peor la osadía de vivir el regreso, nos entendíamos mejor o peor? Saquen conclusiones. Lewis Carroll y Alan Turing fueron genios que la especie humana creó de forma natural.

De vez en cuando ocurren los milagros, pero nuestra inconsistencia mental es cada vez mayor, nuestra incertidumbre cada vez se pregunta menos por sus propias dudas y, como dice el pueblo, el más tonto hace ahora relojes suizos de una perfección absoluta. Gran paradoja.

O "parajoda", como inventara un genio de nuestra lengua española más amplia, con sones cubanos, jazz, humo, nostalgia y cine, el escritor Cabrera Infante, que terminó escribiendo un ensayo, Holy Smoke, en un inglés tan particular que los traductores no pudieron traducirlo, hasta que fue él mismo, en un juego "parajódico", quien tuvo que hacerlo inventando un nuevo libro en su lengua madre, una lengua como él mestiza y también cubana, que ya no se habla y ni siquiera existe.