Vargas Llosa en 2019.

Vargas Llosa en 2019. Silvia P. Cabeza

A la intemperie

Faverón y su 'Madame Vargas Llosa'

Hay que ser un escritor de raza y con un gran sentido del humor como él para escribir una novela paródica sobre una gran figura y no fracasar en el intento. 

Más información: Dieciséis libros para comprender el universo Vargas Llosa: la novela mayor y el ensayo incisivo

Publicada

La literatura paródica no corre con buenos tiempos en el mundo de hoy. No sólo se necesita ser un escritor de raza y con un gran sentido del humor para meterse en esos jardines peligrosos que, más que se bifurcan, parecen lanzarse todo el tiempo a la sonrisa y a la risa. Se necesita también mucha cultura literaria, para no pasarse ni para quedarse corto. Y eso es muy difícil en nuestras lides.

Cuando, además, la prosa paródica va dirigida y titulada sobre un tótem intelectual de nuestro tiempo —Vargas Llosa, en este caso, o su nombre y su sombra— la cosa se pone mucho más seria y el riesgo de caer en una telenovela al utilizar procedimientos de la telenovela clásica es mucho mayor. Ya lo escribió Sun Tzu en su ensayo El arte de la guerra, que no trata exclusivamente sobre la guerra sino sobre la vida y la filosofía: es peligroso usar las mismas armas del enemigo para poder vencerlo, pero hay que hacerlo si no hay más remedio.

Gustavo Faverón ha escrito dos monumentales novelas en los últimos diez años: Vivir abajo y Minimosca. Sus universos literarios son tan inmensos en esas novelas como el vocabulario utilizado en ellas: los mecanismos de la narración que Faverón hilvana son distintos a los de los demás escritores y novelistas de nuestra lengua; sus mundos son desmesurados, contradictorios, distópicos, pavorosos y sorprendentes. Y por eso mismo ya no tienen que demostrarle nada ni a sus lectores, ni a los académicos, ni a los críticos ni a nadie. Ahora salta a bailar con esta paródica novela titulada Madame Vargas Llosa, donde cuatro voces que podían serlo de telenovela latinoamericana (¡y qué más da si lo fueran!) escriben la vida de esta novela llena de sátiras, escondidas o no, y de descubrimientos singulares.

Esas cuatro voces son las de María Trindade, Ruy Guerra, el gran Fittipaldi y Rita Fonseca (en el epílogo). Esas cuatro voces componen un libro de aventuras de niños malos que corren en el tiempo por encía de la tierra y que toman el camino de la fama y de todas sus intrincaderas con un tótem —y su nombre y su sombra intelectual— en el centro de todo: Vargas Llosa.

Los tiempos y los espacios nos son reconocibles a muchos de los lectores de Vargas Llosa, pero en la novela de Faverón hay, en casi todos los episodios, un teatro kafkiano que nos resulta muy difícil de sostener por parte del novelista, pero que sin embargo consigue salir airoso de la batalla, con arte, disciplina y talento.

La lectura de Madame Vargas Llosa arrastra al lector por las pequeñas miserias de la fama y las ideologías, por los chismes de telenovela, por la broma constante que resulta la vida en las cosas más dramáticas y duras. Y, siempre, en cada episodio, en cada voz literaria aparece un guiño kafkiano, una metamorfosis constante que exige del lector avisado (el lector asiduo de Faverón) un esfuerzo de comprensión en el juego de espejos que se expone de lado a lado de cada escenario.

¿Está cerca Madame Vargas Llosa de lo que entendemos que es una gran novela?

Hay quienes dicen que sin humor no hay amor y sin amor no hay novela. Pero ya lo he dicho antes, no se sabe qué es peor, si pasarse o quedarse corto en estos casos donde el delirio de los protagonistas no tiene ningún fin definido. De modo que el humor es difícil de dibujar en una novela de humor, en una sátira que llega en muchas páginas al sarcasmo más cruel y al desnudo más crudo. Pero Faverón sabe hacerlo.

Ese personaje llamado Fittipaldi corre por las páginas de Madame Vargas Llosa a mayor velocidad si cabe que la que en realidad llevaba en vida y accidentes el heroico y famoso corredor de coches de quien toma su nombre. Pero es verdad que Fittipaldi, creador de grandes telenovelas de mucho éxito, tiene un cierto parecido con aquel escribidor llamado Pedro Camacho, responsable fundamental de la novela La tía Julia y el escribidor.

¿Y María Trindade? Faverón rompe las fronteras geográficas de la novela y si la sitúa en Brasil es porque ese es el territorio que corresponde a personajes y episodios, a Ruy Guerra y al Vargas Llosa de La guerra del fin del mundo.

No diría yo que es una gran novela, pero sí me atrevo a afirmar que es una buena novela, con el aliciente de la broma, de la parodia, la sátira y el sarcasmo. Faverón maneja como un maestro titiritero a los títeres que parecen ser los actores del relato, pero en realidad todo es una broma, articulada, eso sí, desde el talento y la dificultad de hacer gran literatura con el humor en cada un a de las páginas.

Éntrenle a Madame Vargas Llosa, lectores, y estudien la posibilidad de convertir ese texto literario en una telenovela de gran envergadura popular. Es difícil, pero posible…