Derek Walcott en Santa Lucía. Foto: Bruce Paddington

Derek Walcott en Santa Lucía. Foto: Bruce Paddington

A la intemperie

Derek Walcott: amar un horizonte

El Premio Nobel de Santa Lucía hizo lo que debería hacer todo poeta: abandonar su zona de confort para cruzar el mar, aprender del mundo y escribir una obra maestra

18 enero, 2023 02:08

Hace ya unas décadas fui a Harvard a visitar a Vargas Llosa, que daba un curso sobre Tirant lo Blanc en la universidad. Yo estaba en Nueva York, tomé un avión y antes de una hora estaba en Boston.

Al llegar a la universidad, lo primero que hice fue ir a la librería universitaria. No tenía intención de comprar ningún ejemplar. Fui a ver la librería y a ver libros, pero me encontré de repente con el Omeros de Derek Walcott (Santa Lucía, 1930-2017) en una estantería y no pude sustraerme a la tentación. Ahora está en mi biblioteca.

Omeros es una obra poética impresionante. La épica de la esclavitud y la resistencia, el recuerdo de las religiones africanas, la adaptación de aquellas tribus africanas al clima y la vida entre cadenas del Caribe, la descripción de lugares, la lírica de la memoria.

La edición española de Omeros la publicaría Anagrama unos años más tarde y ahí leí al gran poeta con toda la soltura del mundo. Me volvió a parecer una obra mayor, así como comprendí mucho mejor la aventura del propio poeta: abandonar la isla en la que nació, Santa Lucía, para aprender del mundo y convertirse en uno de los grandes poetas en inglés del siglo XX.

Había leído hasta entonces de Walcott una antología titulada Islas y unos ensayos interesantísimos que clamaban a la reflexión más profunda sobre las cosas del mundo y sus historias para un lector avisado y con ganas de seguir aprendiendo.

Años más tarde, por una de esas oportunidades que la vida y la literatura nos regala, visité durante 24 horas la isla de Santa Lucía en un crucero por el Caribe que resultó muy divertido y lleno de sincronicidades literarias. Para la gente del crucero, la isla de Santa Lucía era una isla más de las visitadas durante el viaje, pero para mí había sin duda un añadido intelectual y literario: era la isla donde había nacido uno de mis poetas favoritos y donde eligió morir cuando empezó a sentirse viejo y enfermo.

Viví aquella jornada con una emoción muy distinta al resto de la gente. Buscar algunos lugares donde estaba firme el rastro de Walcott fue fácil: estaba por todos lados, dando su nombre y apellido a plazas y calles de la capital, a tiendas y a bares donde el turismo se solazaba sin saber que detrás de toda esa isla estaba el nombre de un hombre que, junto a otros, se había atrevido a cruzar el mar para aprender del mundo y escribir una obra maestra titulada Omeros, que sería traducida a más de 40 lenguas cultas y que le supondría, entre otras publicaciones, el Premio Nobel de Literatura.

"Siempre aconsejo a los jóvenes que quieren llegar a las estrellas con la literatura que tienen que coger la maleta y caminar por el mundo para aprenderlo. Lo que hizo Walcott"

Algunos años más tarde, recibí una invitación de una amiga para cenar en su casa de Puerta de Hierro junto a otros escritores. La cena era en honor del poeta Walcott y el dramaturgo Arthur Miller. Esa noche descubrí que Miller tenía unas manos muy grandes que movía mucho al hablar, siempre en inglés y con una media sonrisa en su rostro.

Crucé con Walcott una conversación no muy agradable, porque el poeta había sido invitado a mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, a un congreso de poesía y se le había firmado un contrato económico que luego no se cumplió por parte de los organizadores. “Jamás volveré a esa tierra”, me dijo desde el fondo de aquellos ojos suyos, profundos y claros que a veces eran verdes y otras azules. Yo le dije que eso a mí no me importaba y que seguiría leyendo de vez en cuando Omeros. Para acabar le recordé uno de sus versos más amados, que significan toda la aventura de su vida: “Amar un horizonte es insularidad”.

En los festivales literarios donde se me permite hablar, siempre aconsejo desde el escenario a los jóvenes que quieren llegar a las estrellas con la literatura que lo primero que tienen que hacer es coger la maleta y marcharse de la zona de confort que siempre representan la casa y la ciudad nativas. Coger la maleta y caminar por el mundo para aprenderlo. Lo que hizo Walcott y lo que hicieron tantas gentes de los grandes que nacieron en lugares pequeños donde la literatura ni siquiera viajaba en el furgón de cola.

Viajar, enfrentarse con el mundo, aprender de los demás, discutir con tus propias reflexiones lejos de la cueva materna, sentirse extranjero a la vez que libre de las convenciones y comodidades de la tierra propia. No digo que para siempre, claro, digo que una larga temporada, de aprendizaje, de enfrentamiento con la sombra propia y las de los demás, de reconocimiento de la identidad y de sus diferencias.

No importa regresar sin lo que el protagonista entiende como triunfo; no importa regresar, que en el fondo es morir un poco, a la cueva de la madre y a la tierra en la que cualquiera se siente propio. Lo que importa es haber corrido el riesgo de Walcott, la quijotada de creer en la poesía como vía del conocimiento y de la vida, hacerse poeta, sentirse poeta, llegar a serlo lejos de la comodidad y de la indiferencia de la tierra natal: cumplir, en fin, con la aventura de la vida y la poesía.

Y poder recordar, en medio de la vida, como una marino incansable que no dejar de otear y examinar el mundo con la ansiedad del aventurero incansable, el verso de Walcott: amar un horizonte es insularidad.

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