Image: Troyes o las ambigüedades

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Arquitectura

Troyes o las ambigüedades

30 octubre, 2015 01:00
Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

Las oficinas para el Consejo del Departamento de Aube, en Troyes (Francia). Foto: Nicolas Waltefaugle

El nuevo espacio de congresos y oficinas para el Consejo del Departamento de Aube, en Troyes (Francia), es un complejo ejercicio de integración entre materia, memoria y una afinada inteligencia administrativa.

Un buen principio no garantiza nada, pero resulta tan infrecuente que, cuando acontece, es obligado reseñarlo. En 2007, el equipo formado por José Ignacio Linazasoro (San Sebastián, 1947) y la oficina gala Thienot-Ballan-Zulaica Architectes afrontó el concurso para la realización de un nuevo espacio de congresos y oficinas para el Consejo del Departamento de Aube en Troyes (Francia). El panorama era inusual: no se pedía un objeto aterrizado en las afueras, sino un trozo de trama. El emplazamiento, junto al casco histórico, implicaba un diálogo con las preexistencias. Pero, aunque la fragmentación de usos (auditorio, estancia polivalente, oficinas y sala de plenos del Consejo Departamental) o el programa sin aparcamiento (se aprovecha el de la inmediata Place de la Libèration) facilitasen los trabajos, la arquitectura es siempre algo más que la suma de unas certezas previas, que si bien en Troyes quedan refrendadas por una perceptible linealidad entre idea y resultado, se enriquecen de los ambiguos matices de la memoria y la materia.

La recién inaugurada obra de los autores hispano-franceses (a los que se sumó Ricardo Sánchez, socio de Linazasoro, durante el desarrollo del auditorio) se amolda a su contexto mediante una panoplia de escalas y formas enlazadas en base a rotundas decisiones tectónicas. El Consejo parece interpretar el modelo autóctono de viviendas medievales con entramado de madera y su dibujo de gruesas líneas en fachada. Sin embargo, mientras que en las casas vecinas la plementería de obra colmata el armazón resistente, aquí la relación se invierte, y las tablas rellenan un esqueleto de hormigón. No es un capricho lingüístico, sino un esfuerzo por leer la construcción como tiempo. El edificio atisba, incluso, que los dos materiales están destinados a ser uno: el hormigón conserva la huella fosilizada de su encofrado y la madera de mélèze (alerce) se irá agrisando hasta confluir, con los años, en el tono de la piedra artificial.

Como la construcción, las genealogías emplazan al edificio en su período cultural, aunque quizá la enumeración de referencias no sea tan relevante como la coherencia de este proyecto con el propio pasado de Linazasoro. El arquitecto habla consigo mismo y, a la vez, con sus maestros: las vigas de canto de la sala polivalente (el volumen enfrentado a la Place de la Libèration) rememoran tanto el pabellón de los países nórdicos de Sverre Fehn en Venecia como la iglesia del donostiarra en Valdemaqueda (Madrid), y las kahnianas cajas de madera en fachada remiten asus Escuelas Pías en Lavapiés. Troyes invoca, así, a la memoria de la ciudad, pero también a la de los autores.

Hace mucho tiempo en un país muy, muy lejano (España, circa 2006) cualquier arquitecto con aspiraciones podía ornar su currículum con recintos feriales, museos, centros de interpretación o, el premio gordo, palacios de congresos. La legítima ambición de dotar a los equipamientos del valor añadido de la arquitectura condujo a resultados apreciables, aunque también a edificios prescindibles que hoy yacen candados a las afueras de nuestras ciudades. La arquitectura de Troyes puede entenderse de muchas formas -rotunda o fragmentada, lineal o coherente-, pero nunca hubiera sido posible sin el impulso de una inteligencia administrativa que no es aquí, por una vez, oxímoron.