Ballester Moreno en su exposición del CA2M. Foto: Sue Ponce

Ballester Moreno en su exposición del CA2M. Foto: Sue Ponce

Arte

Ballester Moreno, un sol deslumbrante en el CA2M: "Yo dejo de ser yo y soy todo esto"

En su último proyecto, el artista reinterpreta las colecciones de la Comunidad de Madrid y de la Fundación ARCO, que se custodian en el museo de Móstoles.

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“Me gustaría empezar aquí, por el texto de pared”. Nos encontramos con Antonio Ballester Moreno (Madrid, 1977) un lunes, con el museo cerrado, para que nos acompañe en un paseo por su último proyecto, una mirada sobre las colecciones de la Comunidad de Madrid y de la Fundación ARCO, las que cuida el CA2M.

Antonio Ballester Moreno. El cielo y la tierra

Museo CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 27 de septiembre

Moreno tiene experiencia en hacer brillar piezas de otros, sabe hacerlo con originalidad y respeto, como ya hizo en la Bienal de São Paulo, donde le pidieron que fuera artista y comisario e incluso llevó obras de su abuelo, que era escultor amateur.

También en Patio Herreriano, donde trabajó con el archivo pedagógico de Ángel Ferrant; en Artium, junto al comisario Ángel Calvo Ulloa, con obras de artistas y arquitectos; y en la Fundación Cerezales, con un proyecto sobre paisaje y pedagogía que atravesaba la figura de Giner de los Ríos, aportando, en todos esos casos, un nuevo marco de lectura e interpretación.

“El texto introductorio lo dice todo. De lo que se trata es de desafiar las convenciones museográficas”, afirma mientras suelta una carcajada, consciente del juego expositivo y de la imposibilidad de romper ciertos límites. Ballester Moreno se lleva el encargo de la institución a su terreno y gana la partida, cuestionando la autoría y la figura del artista como genio.

Mientras caminamos, descubrimos que ha estudiado con el artista gran etnólogo conceptual Lothar Baumgarten en Berlín, donde compartía claustro con Rebecca Horn, Baselitz o Tony Cragg, y que esa experiencia fue tan determinante que decidió su vocación, a pesar de que su mentor tenía un modo peculiar de educar: “Nos tenía firmes, era muy exigente. El arte, para él, no era una tontería. Era algo muy serio”.

Vista del inicio de la exposición, con el texto de sala manuscrito en cartón. Foto: Sue Ponce

Vista del inicio de la exposición, con el texto de sala manuscrito en cartón. Foto: Sue Ponce

Respecto a El cielo y la tierra, nos comenta que es una exposición suya en la que él no está. “La he diseñado, promovido y producido sin poner mis manos. He tratado de situar al mismo nivel las obras de la colección con una producción hecha por cerca de 70 personas. Hemos trabajado entre un colegio de aquí, de Móstoles, y el propio museo, con talleres familiares”.

Detrás de este proyecto comunal hay una filosofía: “Es una manera de entender el arte y la vida desde la unión y la comunión. El cielo y la tierra son los elementos básicos de un paisaje, también son una explicación sobre el más allá”.

“Ballester Moreno es Godofredo Ortega Muñoz, es Isabel Villar, es Patricia Esquivias… Yo dejo de ser yo y soy todo esto”

Ballester Moreno, como buen discípulo de Baumgarten, también se toma muy en serio este paisaje, del que deduce una filosofía y un pensamiento sistémico, incluso holístico. “Todo y todos estamos unidos –nos dice–, y todos somos creativos. Vernos unidos es enriquecedor y satisfactorio. Nos hace, en definitiva, más felices”.

Volvemos por un momento al tema de la museología fallida, la que abunda actualmente en los museos, esa en la que todo está perfectamente controlado. “Con su iluminación perfecta, y su espacio equilibrado, no es lo que yo quiero. Para estar unidos necesitamos que el sol nos deslumbre. Necesitamos encontrar la belleza en las sombras y en la oscuridad”, declara sonriente.

Vista de la exposición. Foto: Sue Ponce

Vista de la exposición. Foto: Sue Ponce

Contrasta la formalización infantil, de formas suaves y esenciales, y textos escritos a mano enormes, con el profundo discurso que late detrás. Esta dualidad permea la propia dinámica de producción, donde se pone al mismo nivel el trabajo de profesionales del arte con el de amateurs.

“Creo que ahí está la potencia de la exposición, en las sombras y los focos que te deslumbran, como el mismo sol. Me interesaba mucho esa comunión”. El proyecto es un espejo donde reflejar y contextualizar su propia práctica.

Antonio Ballester Moreno es Godofredo Ortega Muñoz, es Isabel Villar, es Patricia Esquivias… Todo este paisaje confluye en una metáfora sobre la autoría. Yo dejo de ser yo y soy todo esto. Hay una generosidad y una inocencia que me interesan especialmente en la simplicidad de un paisaje, donde solo nos cabe la opción de mirarlo, y no se mira igual un paisaje que un cuadro. Todo aquí es intencional. Poner un sol delante de una obra no es una torpeza”.

Destaca la escala del paisaje que nos trae Moreno, casi humana, a la que nos enfrenta cuerpo a cuerpo, así como unas cartelas enormes, manuscritas sobre cartón, como si las hubiera hecho un niño, aunque con la inteligente decisión de un adulto.

Las piezas que ha seleccionado tienen algo en común, un aire de familia: “todo lo he elegido con las tripas”, afirma. La tierra, el juego, la relación con la infancia y con la inocencia, son ideas que aglutinan a artistas como June Crespo, Ana Mendieta, Itziar Okariz, Mari Puri Herrero y Antonio de la Rosa, entre otros.

Ballester Moreno ensaya en su juego formas de estar juntos, y lo consigue. El cielo y la tierra no propone solo una simple lectura de las colecciones, sino una ética de la mirada. Quizá ahí resida su extraña radicalidad: en recordar que mirar también puede ser una forma de vivir.