Zverev, durante el partido ante Mensik en Roland Garros.

Zverev, durante el partido ante Mensik en Roland Garros. Reuters

Tenis

Tres finales perdidas, una obsesión intacta y una oportunidad irrepetible: Zverev, a saldar su deuda con la historia

El alemán, número tres del mundo, está a las puertas de ganar su primer Grand Slam ante Flavio Cobolli en Roland Garros.

Más información: Zverev tira de veteranía frente a Mensik y no desaprovecha la oportunidad de disputar su segunda final de Roland Garros

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Hay días que definen una carrera, que trascienden un torneo, una temporada o incluso una generación. Después de años llamando a la puerta de la gloria, de convivir con la etiqueta de aspirante perpetuo y de cargar con la presión de quien parece destinado a algo grande sin haber terminado de alcanzarlo, Zverev se encuentra frente a una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse en condiciones tan favorables.

La presión le acompaña desde hace tiempo. La conoce, la sufre. También sabe que cada paso suyo es examinado con lupa. Por un lado, están quienes llevan años esperando que el talento cristalice definitivamente en un gran título. Por otro, quienes observan cada revés con una mezcla de escepticismo y morbo, convencidos de que volverá a quedarse a las puertas.

En esta edición de Roland Garros no tiene refugio posible. La ausencia de Carlos Alcaraz, la caída de Jannik Sinner y la eliminación de Djokovic han despejado un camino que, sobre el papel, le sitúa en una posición privilegiada.

No hay excusas ni cortinas de humo. Sascha es el principal favorito y ha asumido el papel sin rodeos.

Lejos de esconderse, ha afrontado el desafío con determinación. Una actitud que encaja con aquella célebre reflexión de Billie Jean King: "La presión es un privilegio".

Porque solo soportan esa carga quienes se encuentran en disposición de ganar. Y Zverev lleva años instalado en ese territorio ambiguo entre la excelencia y la frustración.

Pocas dudas existen sobre su calidad. A sus 29 años y como número tres del mundo, posee un bagaje superior al de cualquiera de los jugadores que le han acompañado en la recta final del torneo.

Su tenis hace tiempo que alcanzó la madurez competitiva. También su experiencia en las grandes citas. Sin embargo, el tenis de élite es un deporte implacable: la historia suele recordar a los campeones mucho más que a los aspirantes.

Por eso esta final tiene un significado especial. Será la cuarta ocasión en la que dispute el partido decisivo de un Grand Slam. En el US Open de 2020 estuvo a un paso de levantar el trofeo antes de caer ante Dominic Thiem.

Un Grand Slam, la asignatura pendiente

En Roland Garros 2024 rozó nuevamente la gloria, pero terminó cediendo frente a Carlos Alcaraz. Tampoco pudo conquistar el Open de Australia de 2025, donde Jannik Sinner frustró sus aspiraciones.

Tres finales, tres derrotas. Tres cicatrices que explican buena parte de la narrativa que acompaña al alemán.

Sin embargo, lejos de resignarse, Zverev ha persistido. Las once semifinales alcanzadas en torneos del Grand Slam hablan de una regularidad reservada para muy pocos.

Zverev celebra con rabia durante el partido ante Mensik.

Zverev celebra con rabia durante el partido ante Mensik. Reuters

La cuestión ya no es si pertenece a la élite, sino si será capaz de transformar esa condición en una conquista que valide definitivamente su trayectoria.

Enfrente tendrá a Flavio Cobolli, un italiano que afrontará la primera gran final de su carrera tras acceder al encuentro decisivo por la baja de última hora de Matteo Arnaldi, afectado por un virus estomacal.

Sobre el papel, la diferencia de experiencia resulta evidente. Mientras Cobolli se adentra en territorio desconocido, Zverev comparece con el conocimiento acumulado de años peleando en las rondas decisivas de los grandes torneos.

Una cita con la historia

La dimensión histórica del desafío añade todavía más relevancia a la cita. El alemán disputará la 42ª final profesional de su carrera.

Su palmarés ya incluye 24 títulos, además de un oro olímpico y dos ATP Finals, logros que confirman una trayectoria sobresaliente. Sin embargo, el Grand Slam continúa siendo la gran asignatura pendiente.

También está en juego una página importante para el tenis alemán. Ningún jugador alemán ha conquistado Roland Garros desde antes de la Segunda Guerra Mundial.

Las victorias de Gottfried von Cramm, en 1934 y 1936, y de Henner Henkel, en 1937, pertenecen prácticamente a otra era del deporte. En cuanto a los Grand Slam masculinos, la última referencia alemana se remonta a 1991, cuando Michael Stich triunfó en Wimbledon, el mismo año en que Boris Becker levantó en Australia el cuarto y último grande de su carrera.

Todo ello convierte la final en mucho más que un partido por un trofeo. Es una prueba de carácter, una batalla contra los fantasmas del pasado y una ocasión para modificar el relato de una carrera extraordinaria que aún busca su capítulo definitivo.

A veces, la historia concede segundas oportunidades. O incluso terceras. En el caso de Alexander Zverev, este domingo puede ser la última gran ocasión para cerrar una deuda que lleva demasiado tiempo pendiente.