Para catar un vino no se necesita tener una destreza especial. Tampoco hace falta ser un erudito en la materia. Sólo hay que confiar en nuestras propias percepciones, familiarizarse con los aromas, texturas y sensaciones y, poco a poco, aprender a ponerle nombre a cada uno de los matices.

Existen trucos para convertirse en el catador perfecto, pero sobre todo se trata de práctica. Cuantos más vinos pruebes dedicando unos minutos a escuchar lo que quieren contarte, mejor se te darán los siguientes y más disfrutarás de la experiencia.

Catar un vino es algo sensorial. Emocional, si se quiere. Pero sobre todo personal. El componente subjetivo es muy grande. No necesitas saberte un glosario de palabrejas del vino, ni tampoco tienes que mantener la boca cerrada por miedo a meter la pata. En la cata, toda apreciación es correcta. Nadie debe decirte que estás equivocado, ni siquiera el sumiller. Así que no renuncies a ningún sentido y concibe la cata como un lance global.

La cata de vino es una experiencia personal y sensorial.

La cata tiene tres momentos. Con la copa en la mano, dedica unos instantes a observar el color, la densidad del líquido, sus matices. Esta es la fase visual. Después, aspira los aromas del vino intensamente (mete bien la nariz en la copa, sin pudor) e intenta analizarlos y definirlos. Esta es la fase olfativa, y no pasa nada si no sabes ponerle nombre a lo que hueles. Finalmente, en la boca, esfuérzate un poquito más en percibir las sensaciones gustativas, incluso táctiles, que te ofrece el vino.

Todos, completamente todos, podemos catar un vino con mayor o menor sensibilidad, y decidir si nos gusta o no, si nos emociona o nos deja indiferentes. Tan sólo necesitamos ojos, nariz y boca. Saber comunicarlo es otro menester, pero antes de ponerte manos a la obra, primero debes eliminar de tu manual algunas falsedades de la cata.

1. El color nos dice la calidad del vino. FALSO

No. El color es algo muy variable en los vinos y, sobre todo, indica la edad de los mismos. En los blancos, los tonos amarillos pajizos son sinónimo de juventud y los dorados, de evolución. En los tintos, los ribetes que viran hacia la gama de los violetas denotan viveza, y si lo hacen hacia el naranja teja o marrón, significa que son vinos con cierta edad.

El color del vino indica su edad.

¿Sabías que con el paso de los años (de muchos años), un vino blanco y un vino tinto pueden llegar a tener el mismo color? La oxidación hace que ambos evolucionen hacia la paleta de ocres.

2. Si la lágrima es densa, mejor es el vino. FALSO

Llamamos lágrima a la gota que regresa al vino por el interior de la copa después de moverla. Esta nos pueden orientar sobre el grado alcohólico, pero no sobre la calidad del vino. Así bien, en líneas generales, cuando la lágrima cae rápidamente por la pared de la copa tras agitarla, significa que tiene poco alcohol. Cuanto más densa es, más lento cae, lo que expresa un grado de alcohol y glicerina más alto. Y, por lo tanto, también de azúcar.

3. Un vino es mejor cuanto mayor sea su puntuación. FALSO

Veamos. Las guías de vino las elaboran personas, ¿no es cierto? Por lo tanto, no dejan de ser opiniones individuales sobre los vinos, con las que no siempre tenemos que estar de acuerdo. Como sucede con los Óscar, vaya. Una guía de vino nos puede servir como orientación, pero nunca como biblia.

Las guías de vino sólo son orientativas.

4. Los vinos blancos afrutados y los tintos jóvenes se beben en el año. FALSO

Es falso, pero algo de verdad hay en esta afirmación. La mayoría de los vinos blancos aromáticos y afrutados se elaboran con la idea de consumirlos en el año para disfrutar de esa explosión de juventud. Sin embargo, pueden tener capacidad de envejecimiento si se guardan en buenas condiciones.

Por su parte, los tintos jóvenes o con algo de madera, aunque sea poca, siempre tendrán estructura suficiente para sobrevivir al paso del tiempo. No tanto los de maceración carbónica, que no fermentan en barrica y beberlos en su año es la mejor opción para disfrutar de toda su frescura y esplendor aromático.

5. El champán es mejor que el cava. FALSO

Mejor no, diferente. El champán es una cosa, el cava otra. Y como tal hay que degustarlos. Les unen las burbujas, pues ambos son vinos espumosos. Pero todo lo demás es distinto: la zona (champán = Francia; cava = España), y por lo tanto el suelo y el clima, las variedades de uva y también algunos aspectos técnicos. Aunque la gran distinción entre ambos es que el champán lleva un porcentaje mínimo de azúcar añadido (la mayoría es brut), mientras que el cava no (es brut nature).

Champán y cava son dos cosas distintas.

6. El corcho es mejor que la rosca. FALSO

El tema del corcho da para escribir otro artículo (y lo haremos). Que las botellas necesitan tapones es algo obvio. Y si bien durante siglos los cilindros de corcho parecían ser la solución perfecta (son neutros, duraderos e impiden que entre el aire), a finales del siglo pasado los fabricantes se volvieron descuidados, la calidad bajó y aumentaron los casos de contaminación por TCA (que aporta al vino olores a moho), así que hubo que empezar a valorar otras opciones.

Los primeros en usar corcho sintético y rosca fueron Australia y Nueva Zelanda. Este tipo de cierres puede diseñarse con diferente porosidad y, aunque todavía es pronto para saber cómo envejecerá el vino durante siglos con estas soluciones, eso no quita que sean igual de válidas.

Decir que un vino es mejor que otro por llevar un tapón de corcho es, a día de hoy, otra gran falacia. El uso del corcho natural sigue vigente, en gran medida, por tradición (es lo que el consumidor espera). Y tiene sentido si se trata de un vino con pensamiento de guarda. Pero para un vino joven, lo mismo da que se tape con corcho, plástico, rosca o chapa, pues la función del tapón es únicamente la de cerrar la botella.

El tipo de tapón no afecta a la calidad del vino.

En cualquier caso, el sistema de cierre no influye en la calidad del vino. De hecho, en países como Alemania es de lo más normal encontrar todo tipo de vinos cerrados con rosca o silicona.

7. Los vinos blancos dan dolor de cabeza. FALSO

Va a ser que no. Que lo que te sube a la cabeza es haber bebido demasiado rápido. No obstante, podría ser por el azufre. A los vinos blancos sin madera se les puede añadir un compuesto de azufre para estabilizar su evolución (protección natural que los taninos de la uva y la barrica aportan a los vinos tintos) y que puede afectar a las personas más sensibles.

Si crees que es tu caso, busca la etiqueta de “sin sulfitos” en blancos ecológicos, naturales o biodinámicos. Y aún así, bebe con más calma por muy rico y fresquito que esté. Recuerda que el vino deshidrata, sea del color que sea. Pon en práctica esta proporción mágica si no quieres tener resaca: un vaso de agua por cada copa de vino.