Para saber de vinos hay que probar muchos vinos. El aprendizaje es algo realmente placentero en este ámbito, y aunque hay una teoría básica que conviene conocer para disfrutar al máximo de la experiencia, para acertar en la tienda o en el restaurante basta con haber desarrollado nuestra propia memoria olfativa y gustativa.

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Estos días en casa pueden ser realmente provechosos para educar tu paladar, aprender a diferenciar conceptos, reconocer matices y, en definitiva, saber por qué te gusta un vino u otro.

Para acertar con el vino primero hemos de saber qué nos gusta.

Joven o añejo

Depende del momento, pero también del bolsillo. Normalmente los vinos envejecidos son más caros y objetivamente “mejores” debido a la complejidad que les aporta el paso del tiempo, pero no por eso tienen que gustarte más. Para saber cuál comprar, piensa si te atraen los colores vivos, el olor de las flores, el sabor de las manzanas crujientes, si te gusta pasear por el huerto en verano y salir al campo a recoger fresas, moras u otros frutos del bosque. Si la respuesta a todo lo anterior es afirmativa, lo tuyo son los vinos jóvenes que desprenden frescura y frutosidad.

Si por el contrario te encanta el otoño con sus bosques rojizos, los sillones de cuero frente a la chimenea, los platos de cuchara, la caza, las nueces y las trufas, sin duda tu paladar reclamará vinos añejos y joyas de guarda que quizás no le hagan la misma gracia a tu cuenta bancaria.

¿Con o sin madera? Todo depende.

Depósito o barrica

También puedes saber por qué te gusta un vino en función de si ha sido criado en depósito o en barrica. Un vino que ha reposado en cubas de acero inoxidable u hormigón no recibe elementos aromáticos ni gustativos de su recipiente. Su sabor será siempre más neutro, se apreciará una máxima expresión de la uva y también denotará la destreza del viticultor. Saldrán los aromas a frutos y flores, hierbas aromáticas, la acidez y, en definitiva, todos los matices de una materia viva y exuberante.

Por su parte, la barrica sí interactúa con el vino. De ahí que los bodegueros den tanta importancia a la procedencia del roble (francés, americano), a la intensidad del tostado de la madera y a la edad de los toneles. Todo ello es importante a la hora de transmitir nuevos aromas al vino, los llamados ‘terciarios’, conseguir una estructura en boca diferente, más compleja, y una redondez de los taninos.

¿Primavera u otoño? Esto puede marcar tus gustos en el vino.

Si te gusta que los frutos rojos se mezclen con la vainilla, la resina, el clavo, el tabaco o el caramelo en la nariz, y que una suavidad aterciopelada te envuelva la boca, claramente tus vinos son los que buscan acentuar el carácter de la madera.

El sabor a madera en los vinos ha sido siempre un indicador de calidad, especialmente en las últimas décadas. Hasta el punto de que muchos elaboradores optaron hace años por vinificar añadiendo a los depósitos los famosos ‘chips’, que no son otra cosa que virutas de madera que reproducen el efecto de la crianza en barrica a bajo coste. Actualmente, sin embargo, asistimos a un cambio de paladar, y ese profuso aroma y sabor a madera ha dejado de interesar tanto.

Una velada, un vino. La clave está en probar.

Varietal o de terruño

Un vino es varietal cuando recoge toda la personalidad de la variedad de uva con la que ha sido elaborado, y de parcela, de terruño o de terroir, cuando refleja la tierra, el clima y las manos del enólogo. Para saber por qué te gusta más uno u otro, primero tienes que probarlos. Obvio. Pero probarlos poniendo especial atención. Si ya has hecho unas cuantas catas te habrás dado cuenta de que los varietales suelen ser muy fáciles de beber.

Un cien por cien de sauvignon blanc, verdejo, syrah o garnacha no sólo son más asequibles en su mayoría sino que forman parte de ese tipo de vinos sin grandes refinamientos ni complicaciones que acompañan perfectamente cualquier velada. Y lo hacen discretamente, sin molestar. Aunque también hay monovarietales elaborados a conciencia y con afán de protagonismo.

¿Monovarietal o parcelario? ¿Clásico o winelover?

Los vinos de terruño son para los que buscan la emoción, es decir, sentir la suavidad de la arcilla o la mineralidad de los cantos, la redondez de un año especialmente cálido, la amargura de una variedad ancestral y, sobre todo, la delicadeza del viticultor para orquestar todos los matices. La degustación de un vino de parcela requiere interés y cuidado. Suelen ser algo más caros y cuesta encontrarlos en el súper. Son esos vinos de tiendas especializadas que recomiendan los frikis del sector. Winelovers, perdón.

Técnico o ecológico

Este aspecto también puede marcar nuestra decisión a la hora de optar por una botella u otra frente al lineal. Si bien un vino técnico, es decir, un vino que independientemente de la añada, el clima o la región muestra un equilibrio a prueba de bombas, funciona muy bien durante una comida de negocios, este tipo de vinos ‘comodín’ pueden llegar a ser aburridos en otros ambientes.

A veces un vino 'comodín' no es suficiente.

La viticultura moderna ha permitido la elaboración de estos vinos prêt-à-porter, listos para tomar, producidos en masa para un público que no mira más allá. Tan planos que no defraudan, pero que tampoco sorprenden. Son la mayoría de los vinos del supermercado, procedentes de grandes marcas comerciales. Y oye, también tienen su público.

Los ecológicos, naturales o biodinámicos son otra cosa. Cada vez hay más y están mejor elaborados. Algunos incluso cuentan con importantes premios internacionales. La diferencia aquí la marca el terruño. Frente a una tierra quemada por los químicos, los suelos de los que proceden estos vinos no conocen el uso de productos artificiales y mantienen intacta la concentración de minerales y organismos vivos de una tierra definitivamente más viva.

El suelo libre de tóxicos marca el carácter de un vino ecológico.

Un suelo que bien tratado dará lugar a una uva de calidad y, si el proceso sostenible continúa en la bodega, a toda una consciencia orgánica que se apreciará en el resultado final.

Viejo o Nuevo Mundo

Por último, la procedencia como catalizadora de sensaciones. Hablamos de Viejo Mundo para referirnos a Europa y de Nuevo Mundo para hablar de esos vinos ‘recién llegados’ de otros puntos del planeta, como Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Chile, Argentina o Sudáfrica, a los que la vitis vinífera arribó más tarde, fruto de las colonizaciones del viejo continente.

Pues bien, aún cuando algunos vinos del Nuevo Mundo se parecen hasta confundirse a los europeos, hay diferencias notables en su perfil que determinan por qué nos gustan más unos que otros. Los vinos del Viejo Mundo, en líneas generales, destacan por una acidez marcada y por mostrar cierta austeridad en boca. Son vinos, a veces, con taninos severos que ganan en sutileza y elegancia cuando están bien trabajados. Aunque no hay que caer en el estereotipo. También hay vinos golosos en España, Italia o sur de Francia.

Los vinos del Nuevo Mundo seducen sin complicaciones.

El Nuevo Mundo se caracteriza por una ‘facilidad’ bien entendida. Los vinos de California o Uruguay son seductores, extrovertidos y muy apetecibles. Vinos que dejan a un lado el concepto de guarda para centrarse en conquistar con su viveza y juventud cuantos más paladares mejor. A veces pecan de sencillez por poner la cremosidad y la redondez por encima de las ‘complicaciones’ europeas, pero siempre resultan placenteros.

Su relación calidad-precio también suele ser interesante. Y mientras en los blancos abundan los aromas a frutas exóticas (muy raras en latitudes europeas), en los tintos cada vez más productores se esmeran por conseguir la delicadeza y finura de los grandes vinos del Viejo Mundo. Si te gusta beber dulce, los alimentos untuosos e incluso grasos, estos ‘nuevos vinos’ son para ti.