La Alegría de la Huerta
De merendero sobre la arena a restaurante con mirador: la segunda vida de un clásico de la Malvarrosa
La Alegría de la Huerta reabre en la Malvarrosa con los hijos de Pepe Miralles al frente, la tercera generación incorporándose y una carta que conserva los caracoles familiares, los arroces y el rossejat.
El miércoles 28 de enero de 2026, la playa de la Malvarrosa empezó a escribir otro capítulo de una historia que llevaba décadas pegada al Mediterráneo.
Las máquinas avanzaban sobre los antiguos restaurantes del paseo para dejar paso a una nueva generación de establecimientos más ligeros, luminosos y adaptados al frente marítimo. Entre ellos estaba La Alegría de la Huerta, el espacio que los Miralles habían convertido en su casa y en la de muchos valencianos.
No era la primera vez que la familia tenía que empezar de nuevo en el mismo lugar. Tres décadas antes, Pepe Miralles y su mujer ya habían dejado atrás el merendero que cada verano se montaba directamente sobre la arena para trasladarse al nuevo paseo marítimo.
Entonces reunieron a sus hijos y les explicaron que continuar suponía invertir un dinero que no tenían. Ahora han sido José Miralles y su hermana, María Ángeles, quienes han tenido que sentarse alrededor de una mesa, hacer números y decidir si afrontaban otra importante inversión.
"Nos hemos encontrado en la misma situación que vivieron mis padres. Ahora mi hermana y yo hemos tenido que hacer lo mismo", cuenta José Miralles. La respuesta volvió a ser afirmativa.
Después de varios meses de obras, La Alegría de la Huerta reabrió el 12 de junio con una construcción completamente nueva, una cocina más amplia y visible, varios ambientes y un mirador al Mediterráneo. El edificio ha cambiado. La familia, sus platos y buena parte de su clientela siguen en el mismo sitio.
Antes de los Miralles
La historia del establecimiento se remonta a 1950, aunque los Miralles no estuvieron al frente desde el primer día. Pepe y su mujer se hicieron cargo del merendero en los años setenta, después de haber acudido durante años como clientes y de mantener una estrecha amistad con sus propietarios.
Pepe Miralles tenía facilidad para entablar conversación con cualquiera y una afición evidente por la cocina. Cuando iba a comer con su familia, terminaba ayudando a servir alguna mesa, preparando una paella o cocinando sus caracoles.
Al decidir dejar el negocio por motivos personales, sus dueños pensaron que no podía quedar en mejores manos. "Mi padre era una persona que se hacía enseguida con la gente. Veníamos a comer o a tomar algo y él acababa ayudando a servir mesas, preparando una paella o haciendo caracoles porque era muy buen cocinero", recuerda José.
El antiguo merendero
Por entonces, sus padres se dedicaban principalmente a la venta de pescado. Tenían una parada en el Mercado del Cabanyal y organizaban el año alrededor de dos trabajos. Durante el invierno continuaban en el mercado y, cuando llegaba el buen tiempo, compaginaban la venta de pescado con el merendero de la Malvarrosa.
Aquellas construcciones se levantaban directamente sobre la arena y permanecían abiertas durante cuatro o cinco meses, siempre que durara el verano. De esa breve temporada dependía una parte importante de la economía familiar.
También fue allí donde crecieron José y María Ángeles, entre mesas, paellas, baños en el mar y clientes que llegaban por la mañana y acababan pasando buena parte del día.
Los Miralles
El almuerzo ocupaba un lugar fundamental. Había titaina, tortillas, blanquet, frituras y bocadillos, y no era extraño que quienes se acercaban por la mañana terminaran encargando después una paella o un arroz a banda.
Las fotografías familiares conservan aquella forma de vivir la playa: el merendero lleno, las mesas sobre la arena, los padres trabajando y los hijos creciendo dentro del negocio. "Lo hemos vivido, lo hemos tocado. No nos estamos inventando una historia para vender un restaurante", resume José.
Empezar de nuevo, treinta años después
La primera gran transformación llegó en los años noventa, cuando los merenderos tuvieron que abandonar la arena con la construcción del paseo marítimo.
A las familias se les ofreció la posibilidad de levantar restaurantes estables, pero aquello exigía una inversión difícil de asumir para muchos propietarios. "Recuerdo perfectamente la conversación en casa. Mis padres nos dijeron: 'Esto es lo que hay, pero tenemos que invertir un dinero que no tenemos y habrá que pedirlo'. Mi familia era muy humilde", explica.
Pepe Miralles y su mujer siguieron adelante. Décadas después, sus hijos han repetido el gesto. El edificio que sus padres consiguieron levantar fue demolido para sustituirlo por una estructura modular de aluminio, acero y cristal, elevada frente a posibles inundaciones y con mucha más relación visual con el mar.
La nueva etapa de La Alegría de la Huerta
Para José, el día del derribo reunió sensaciones difíciles de separar. Como presidente de la asociación de restaurantes de la playa de la Malvarrosa, llevaba alrededor de quince años trabajando para conseguir la renovación de los establecimientos. Habían sido años de negociaciones con Costas y las diferentes administraciones, cambios en el proyecto y muchas noches sin dormir.
Un edificio que mira al mar
Ver caer el edificio significaba que el proceso comenzaba por fin a hacerse realidad, pero también implicaba despedirse de un lugar lleno de recuerdos de sus padres.
Entre los objetos que habían quedado dentro había un pequeño cuadro del Levante UD que perteneció a Pepe Miralles. José recordó que seguía allí cuando la demolición ya había comenzado, hizo parar la máquina y entró a recuperarlo. "Fue un día de satisfacción y de pena. Pensaba: 'Lo hemos conseguido', pero allí se quedaban muchas cosas de papá y mamá. Al final, eso te toca la patatita".
Una casa en el sentido más literal
La nueva Alegría de la Huerta aspira a conservar algo que no depende del diseño. José calcula que cerca del 80 % de sus clientes son habituales y valencianos. Muchos llevan tanto tiempo acudiendo que el equipo conoce sus gustos y sabe qué suelen pedir. "Se utiliza mucho la frase 'esta es tu casa', pero La Alegría de la Huerta es casa de verdad", insiste.
La continuidad también se reconoce al otro lado de las mesas. Algunos de quienes llegaron de pequeños con sus padres regresan ahora acompañados por sus propios hijos. Han cambiado las generaciones de la familia Miralles y también las de su clientela.
José y María Angeles Miralles con María José Catalá, alcaldesa de Valencia
María Ángeles ha estado ligada al negocio desde aquella etapa del merendero y actualmente se ocupa, entre otras funciones, de la administración y las relaciones públicas. José se mueve entre diferentes áreas, mientras que Ángela Clérigues, su mujer, supervisa la calidad de la cocina.
La Alegría de la Huerta
La estabilidad se extiende al equipo, con trabajadores que acumulan entre quince y más de veinticinco años en la casa. "Queremos que siempre haya una cara conocida. Que esté mi hermana, que esté yo, que esté Ángela o que esté mi sobrino. Eso también hace que la gente se sienta en casa", señala.
Ahora empieza a incorporarse la tercera generación. Juan, sobrino de José, tiene 25 años, ha estudiado Empresariales y comienza a familiarizarse con la gestión. "El otro día lo vi haciendo una entrevista y hablando de todo esto y se me caía la baba. Significa que el esfuerzo de mis padres va a seguir muchos años más".
Tapas, arroces y mejores fondos
La renovación no pretende convertir La Alegría de la Huerta en un restaurante irreconocible. José tiene claro qué espera encontrar la mayoría de las personas que se acerca a comer a la playa: tapas, pescados y arroces. El propósito ha sido mantener una oferta comprensible y mejorar los fondos, las técnicas y la calidad del producto.
"La gente, cuando piensa en comer en la playa, piensa en tapas y en arroz. Nosotros hemos mantenido eso y hemos intentado elevar la calidad todo lo que hemos podido", explica. En esa evolución resulta importante el paso de la familia por Mimar y su relación con el cocinero Raúl Aleixandre.
"La figura de Raúl en nuestras vidas nos aportó muchísimo, especialmente en el cuidado de los caldos y los fumets. Todo aquello que aprendimos en Mimar lo estamos replicando ahora aquí".
Esgarraet con mojama
Ángela Clérigues, responsable de calidad, ha desempeñado un papel decisivo en ese trabajo. La carta conserva platos reconocibles de la casa como la sepia con mayonesa, los boquerones a la espalda con ajitos, las quisquillas, el esgarraet con mojama de toda la vida o los buñuelos de bacalao con titaina del Cabanyal.
El mar marca la mayor parte de la propuesta. Hay tellinas siempre que los temporales permiten encontrarlas, clóchinas valencianas durante su temporada y pescados que cambian según lo que llega. Por la noche, las brasas se destinan especialmente a estos últimos. Durante el día, la leña sirve para rematar los arroces que los clientes pueden ver cocinar a través de la gran cristalera de la cocina.
Producto
Entre todas las elaboraciones hay dos con especial peso. La primera son los caracoles de Pepe Miralles, preparados con la receta del padre de José. Llevan bajoqueta, una judía verde habitual en la cocina valenciana, una majada de almendra y cacao, y bastante picante, como le gustaban a él. "Están siendo una sensación. Es la receta de mi padre y queríamos que siguiera exactamente ahí", explica.
Rossejat
La segunda es el rossejat de fideo fino con colitas de gamba y sepietas. Los fideos se cocinan con un fondo de pescado trabajado y la elaboración termina secándose con el calor de las brasas de carbón. Es el plato que la familia quiere convertir en emblema de esta etapa.
"Nos gustaría que cuando alguien pensara en ir a comer un rossejat, pensara en La Alegría de la Huerta. Ya hay mucha gente de Valencia que nos lo dice y eso es muy bonito".
De la barra al mirador
El nuevo edificio permite distintas formas de vivir el restaurante. La cocina queda a la vista, de manera que los comensales observan cómo se terminan los arroces con leña durante el día o cómo pasan los pescados por las brasas durante la noche.
Un comedor luminoso
En la planta superior se encuentra un comedor climatizado, con mantel de tela y grandes ventanales. Está pensado para quien busca una comida más pausada o llega directamente desde el trabajo.
Junto a él se abre una terraza elevada que José define como "la joya de la corona", un mirador abierto al Mediterráneo que se ha convertido en uno de los espacios más solicitados.
En la planta baja se mantiene una experiencia más informal, próxima a quien llega desde la playa y quiere compartir unas tapas o comer un arroz. Allí se ha incorporado una barra con doce plazas, nacida de una costumbre que José y Ángela practican siempre que pueden.
"Somos muy de comer en barra. Pensábamos que en la playa faltaba un lugar donde sentarte, pedir unas quisquillas, un pescado o dos cervezas sin tener que pasar necesariamente por toda la liturgia de una mesa".
La barra de La Alegría de la Huerta
La propuesta específica de barra incluye ensaladilla rusa, sepia en mayonesa, quisquilla hervida, mejillones con papas y piparras, boquerones en vinagre, gildas, esgarraet con mojama o salpicón de pulpo. Las primeras reservas parecen haber confirmado su intuición: las doce plazas se agotan con rapidez.
Arroces terminados con leña
El restaurante también recupera los desayunos y una pequeña carta de bocadillos hasta las doce del mediodía. Hay tortilla de patata, blanco y negro con pisto, sepia a la plancha con mayonesa, esgarraet con mojama o un especial de la casa con calamarcito en tempura, titaina, ajoaceite y huevo frito.
Una manera contemporánea de volver a aquella secuencia del merendero en la que el día comenzaba con el almuerzo y podía terminar con un arroz frente al mar.
La Malvarrosa, mucho más que un escenario
La reapertura forma parte de una transformación más amplia del frente marítimo valenciano. Miralles lleva años defendiendo el potencial de la Malvarrosa y los Poblados Marítimos, incluso cuando buena parte de la ciudad parecía vivir de espaldas a su playa.
Hoy observa con orgullo el crecimiento del Cabanyal, la llegada de nuevos proyectos y el interés que despierta una zona que durante años quedó fuera de muchas rutas. También reclama que la renovación de los restaurantes vaya acompañada de mejoras en el paseo marítimo, desde el pavimento y la iluminación hasta sus jardines y la actividad nocturna.
"Durante muchos años parecía que Valencia vivía de espaldas a esta playa que ondea su bandera azul. Ahora todo el mundo quiere venir al Cabanyal y a la Malvarrosa. Eso es fruto de la pelea de mucha gente".
Siempre con el mar al fondo
Esa relación con el barrio se extiende a buena parte de sus negocios. Mercabañal, Mercader Cabanyal, Casa Pescadores y Módulo 14 dibujan un pequeño mapa hostelero alrededor del barrio y la Malvarrosa. Fuera de Valencia, el grupo cruzó por primera vez sus fronteras con La Vanda, en Ibiza.
La Alegría de la Huerta ocupa un lugar distinto entre todos ellos: es el proyecto familiar que dio origen a lo demás y el que continúa unido a Pepe Miralles, a su mujer y a los años en los que el restaurante todavía se levantaba sobre la arena.
"Aquí no hay nada inventado. Esto ha sucedido desde hace muchísimos años, lo hemos vivido y ahora ya está aquí la tercera generación". Las paredes que conocieron sus padres ya no existen, pero lo que construyeron dentro sigue adelante.