La finca Fajã dos Padres.

La finca Fajã dos Padres.

Reportajes gastronómicos

La finca de Madeira que nació con una viña de jesuitas y cultiva un sinfín de frutas: hasta 13 variedades de aguacate

Al sur de la isla portuguesa, Fajã dos Padres, es el paraíso en la tierra. Una finca con bodega a la que se llega únicamente en barco o descendiendo su escalofriante pared en funicular.

Más información: La sidra de Madeira envejecida en barricas de vino de casi 100 años, entre las mejores del mundo

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En la costa sur de Madeira hay un lugar al que se llega solo si uno se atreve a embarcarse en una pequeña expedición: descendiendo en teleférico por un acantilado volcánico hasta una estrecha franja de tierra junto al Atlántico. Allí, aislada entre roca y mar, se encuentra Fajã dos Padres.

Esta finca agrícola de siete hectáreas que hoy cultiva un exuberante catálogo de frutas tropicales —desde mango hasta maracuyá— y donde incluso prosperan trece variedades distintas de aguacate.

Pero el origen de este paraíso agrícola se remonta mucho más atrás, a los tiempos en que los jesuitas introdujeron aquí algunas de las primeras viñas de la isla.

La gran pared por la que hay que descender para llegar a Fajã dos Padres.

La gran pared por la que hay que descender para llegar a Fajã dos Padres.

El aislamiento de Fajã dos Padres es precisamente su mayor riqueza. Protegida por un imponente paredón volcánico que la separa del resto de la isla, la finca disfruta de un microclima subtropical cálido y estable, con temperaturas suaves durante todo el año y abundante sol.

Ese clima, combinado con suelos volcánicos fértiles, ha permitido desarrollar un mosaico agrícola poco común en Europa. En los huertos crecen hortalizas —rábanos, remolacha, coles, hinojo o boniato— destinadas al restaurante de la propiedad, siguiendo la filosofía contemporánea del farm to table: del huerto al plato.

Uno de los muchos racimos de plátanos que crecen en la finca.

Uno de los muchos racimos de plátanos que crecen en la finca.

Pero el verdadero espectáculo está en los árboles frutales. Aquí conviven 13 variedades de aguacate, con diferencias de tamaño, color y sabor; 21 variedades de mango, introducidas para encontrar las más adaptadas al clima local; varias clases de plátano, papayas, maracuyás, guayabas y pitangas, también llamadas cerezas de Surinam o brasileñas.

La pitanga es una de las joyas botánicas de la finca. Este pequeño fruto rojo, extremadamente frágil y aromático, rara vez se ve en los mercados. En Fajã dos Padres se utiliza incluso para producir conservas locales y helados artesanos.

La pitanga de Madeira.

La pitanga de Madeira.

De la herencia jesuita a la agricultura experimental

El cultivo de tantas variedades no fue casualidad. Cuando la actual familia propietaria comenzó a modernizar la finca en la segunda mitad del siglo XX, decidió experimentar con especies tropicales. Madeira tenía una creciente demanda de frutas como el mango o el aguacate, pero la mayoría llegaba importada desde América del Sur.

El señor Bordes, actual propietario de Fajã dos Padres, con una cesta de albaricoques recogidos de la finca.

El señor Bordes, actual propietario de Fajã dos Padres, con una cesta de albaricoques recogidos de la finca.

Pero, si el clima era parecido, ¿por qué no cultivarlas aquí? Así comenzó un proceso de ensayo agrícola. Se plantaron decenas de variedades para descubrir cuáles resistían mejor la combinación única de suelos volcánicos (conocidos por su fertilidad); cercanía al mar, humedad moderada y viento salino.

El resultado es hoy una auténtica colección botánica que convierte la finca en uno de los huertos tropicales más curiosos del Atlántico europeo.

Sin embargo, la historia agrícola de la finca empieza mucho antes, en los siglos XVI y XVII, cuando los terrenos pertenecían a la Society of Jesus. Los jesuitas introdujeron aquí una variedad de vid procedente de Creta: la Malvasía Cándida, una uva destinada a producir algunos de los vinos más prestigiosos de Madeira.

Una de las viñas donde crece la Malvasía Cándida con la que elaboran vino de Madeira.

Una de las viñas donde crece la Malvasía Cándida con la que elaboran vino de Madeira.

Aquellas viñas alimentaban un comercio internacional tan exitoso que el vino malvasía de la isla llegó a aparecer mencionado en obras de William Shakespeare.

La historia tuvo un giro dramático en el siglo XIX. La filoxera —un insecto devastador para las raíces de la vid— arrasó los viñedos europeos, y Madeira no fue una excepción. Durante más de un siglo se creyó que las antiguas viñas de Fajã dos Padres habían desaparecido. Hasta que, a finales del siglo XX, apareció una por sorpresa.

El interior de la pequeña bodega donde elaboran los vinos de Madeira en Fajã dos Padres.

El interior de la pequeña bodega donde elaboran los vinos de Madeira en Fajã dos Padres.

Entre las rocas de la finca sobrevivía una cepa antigua, protegida del insecto gracias a que sus raíces crecían entre piedras donde la plaga no podía penetrar. Los análisis confirmaron lo extraordinario: era la Malvasía Cándida original introducida por los jesuitas.

A partir de ese hallazgo se injertaron nuevas plantas sobre raíces americanas resistentes a la filoxera. Así renació una pequeña producción vinícola prácticamente única en el mundo.

El vino que envejece frente al mar

Hoy la finca vuelve a producir vino de Madeira con esa uva histórica. El proceso es lento y singular: el vino envejece durante veinte años en barricas dentro de la propiedad antes de ser enviado a embotelladoras especializadas.

Las barricas de la bodega donde envejecen los vinos que elaboran.

Las barricas de la bodega donde envejecen los vinos que elaboran.

El entorno también influye. Las barricas reposan muy cerca del océano, donde el calor natural y las microvibraciones del terreno —provocadas por el oleaje— aceleran ciertos procesos de oxidación y caramelización. El resultado es un vino intenso, con notas salinas y una complejidad aromática extraordinaria.

Algunos vinos que conservan elaborados antiguamente.

Algunos vinos que conservan elaborados antiguamente.

No es un producto común: una botella puede alcanzar precios de cientos de euros en el mercado especializado y no es sencillo conseguir una si no es visitando la finca.

Un paisaje agrícola suspendido entre mar y montaña

Hoy Fajã dos Padres es algo más que una finca agrícola. También es un pequeño refugio rural con casas para huéspedes, un restaurante y senderos que recorren el borde del Atlántico, donde, si se quiere, se puede pasar la noche alojado en una de sus casitas que hacen las veces de alojamiento.

Frutas tropilaes que crecen en Fajã dos Padres y que se pueden degustar en su restaurante.

Frutas tropilaes que crecen en Fajã dos Padres y que se pueden degustar en su restaurante.

Un paraíso en la tierra que se puede visitar durante el día y disfrutar durante la noche, después de haber disfrutado de su restaurante. Pero, lejos de su faceta turística, su esencia sigue siendo agrícola.

Entre viñas históricas, mangos, aguacates y pitangas, el lugar resume siglos de adaptación humana a un territorio abrupto. Un jardín tropical improbable en Europa que demuestra que, en ocasiones, la mejor despensa gastronómica nace en los lugares más inesperados.