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Samantha Vallejo Nágera, chef: "La tarta de queso más buena lleva 250 ml de nata y se hornea dos veces a 180 ºC"

Prepara este postre con una receta de una chef experta que nunca falla.

Más información: Samantha Vallejo-Nágera, chef: "El bizcocho más sabroso no lleva yogur, mejor usa leche y esta mezcla con zumo de limón".

Adriana Calvo
Publicada

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Hay postres que reconfortan el alma, y luego está la tarta de queso. Ese bocado cremoso, templado y lácteo que parece detener el tiempo. No importa si se sirve en un restaurante de alta cocina o en la mesa de casa: cuando la cuchara se hunde en su interior tembloroso, hay una emoción común que se repite: silencio, sonrisa, y ese leve suspiro que solo provocan los placeres sencillos y absolutos.

Hablar de una buena tarta de queso es hablar de textura. No hay consenso sobre cuál es la proporción perfecta entre el borde cuajado y el corazón cremoso, ni falta que hace. En el fondo, cada cocinero/a elige su punto de cocción como quien define su carácter.

Unos apuestan por una corteza apenas dorada, casi pálida, que revela una interioridad lánguida y mantequillosa. Otros prefieren el tostado intenso, con notas de caramelo y humo que recuerdan al fondo de una hogaza. Ahí está su magia: en la imperfección. En esa forma casual, sin molde ni capa exterior, que revela honestidad. En cada grieta se esconde una promesa de placer.

La tarta de queso está hecha de pocos ingredientes, pero exige que cada uno sea impecable. El queso —su alma— puede cambiarlo todo. Los suaves aportan dulzura y equilibrio; los más curados, profundidad.

En Galicia, el uso de quesos de leche de vaca como el tetilla o el Arzúa-Ulloa regala un punto lácteo inconfundible; en Cataluña, el mató aporta frescor y ese matiz levísimo de acidez que despierta el paladar. Y cuando el cocinero/a se atreve con quesos curados, ahumados o azules, el resultado roza lo emocional.

Tarta de queso de Samantha Vallejo-Nágera

Ingredientes

Para la masa

  • Harina, 500 g
  • Azúcar, 150 g
  • Mantequilla de pomada, 250 g
  • Huevo, 1
  • Yemas de huevo, 2
  • Ralladura de 1 limón
  • Ralladura de 1 naranja
  • Sal, un pellizco

Para la crema

  • Nata, 250 ml
  • Crema de queso, 450 g
  • Huevos, 6
  • Queso azul, 60 g
  • Azúcar, 150 g

Paso 1

Para hacer la masa, mezcla en un bol la mantequilla con el azúcar hasta obtener una especie de masa semi líquida. Luego añade el huevo y las yemas y mezcla todo bien. Añade también la sal y la harina tamizándola poco a poco. Por último, agrega las ralladuras de limón y naranja.

Paso 2

En cuanto veas que la masa se empieza a despegar del bol, comienza a trabajar con las manos. Cuando tengas una masa algo más dura y fuerte, trabaja sobre la mesa con un poco más de harina, para que no se nos pegue.

Paso 3

Engrasa el molde con un poco de mantequilla y extiende la masa. Hornéalo a 180ºC durante 20 minutos con peso encima para que no se hinche (puede ser un paquete de garbanzos secos). No dejes que llegue a dorarse. Déjala enfriar mientras haces la crema.

Paso 4

Para la crema, mezcla todos los ingredientes juntos hasta tener una masa homogénea. Vierte encima de la masa que hemos horneado y que ya se ha enfriado y vuelve a hornear a 180ºC hasta que esté cuajada. Antes de servir deja que se enfríe y listo.

Acompañamientos

Una buena tarta de queso no necesita compañía… pero algunos maridajes pueden elevarla a otra dimensión. Uno de los clásicos más acertados es la confitura de frutos rojos —frambuesas, arándanos o grosellas—, cuya acidez limpia el paladar y contrasta con la untuosidad del queso. También funcionan bien mermeladas de moras o arándanos, que aportan un toque silvestre.

El caramelo salado, por su parte, ha conquistado a quienes prefieren postres más intensos: unas gotas templadas derramadas sobre la superficie aportan profundidad y un juego de temperaturas irresistible.

En ambientes más gastronómicos, algunos chefs buscan maridajes insólitos: mieles con trufa, emulsiones de maracuyá, jaleas de vino dulce e incluso aceite de oliva virgen extra con flor de sal.

Y para beber, nada realza mejor ese perfil cremoso que un vino blanco con buena acidez: un Albariño o un Chardonnay con madera justa.