Embalse y presa de tierra de Youssef Ibn Tachfin en Agadir, Marruecos.

Embalse y presa de tierra de Youssef Ibn Tachfin en Agadir, Marruecos. Depositphotos

Ciencia

Marruecos cambia de estrategia: quiere que el 60% del agua potable venga del mar antes de 2030 tras años de sequía

Marruecos mira al Atlántico y al Mediterráneo como nuevos embalses: la desalación se convierte en pieza clave del suministro de agua.

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Las claves

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Marruecos quiere que en 2030 el 60% de su agua potable provenga del mar, frente al 25% actual, como respuesta a siete años de sequía.

El país planea aumentar la producción de agua desalinizada a 1.700 millones de metros cúbicos anuales, con nuevas plantas y grandes proyectos como la desaladora de Casablanca.

La estrategia prioriza el abastecimiento urbano y libera agua de embalses para regiones interiores, sin destinar agua desalinizada a todos los cultivos debido a su coste.

Marruecos apuesta por energías renovables para alimentar las desaladoras y evitar impactos ambientales, combinando la desalación con otras medidas como la reutilización de aguas residuales.

Marruecos ha decidido mirar al Atlántico y al Mediterráneo como si fueran nuevos embalses. Tras siete años de sequía, el país quiere que la desalación deje de ser una solución de emergencia y se convierta en una pieza central del suministro.

El objetivo es muy ambicioso: que en 2030 el 60% del agua potable proceda de agua de mar desalinizada, frente al 25% actual. El ministro Nizar Baraka lo planteó como respuesta directa al estrés hídrico del país.

La cifra resume el cambio de estrategia. Marruecos no quiere depender solo de la lluvia, los embalses y las transferencias entre cuencas, sino construir una red hídrica más estable en un clima cada vez más irregular.

El plan pasa por elevar la producción de agua desalinizada hasta 1.700 millones de metros cúbicos al año antes de que acabe la década. El país cuenta con 17 plantas en funcionamiento, cuatro en construcción y nuevos proyectos previstos.

Una de las piezas clave será la gran desaladora de Casablanca. ACCIONA señala que producirá 250 millones de metros cúbicos de agua potable al año y hasta 50 millones adicionales para agricultura regional, dentro de un proyecto de gran escala.

No pretende usar agua desalinizada para todos los cultivos

La instalación está diseñada para abastecer a unos 7,5 millones de personas y se apoya en tecnología de ósmosis inversa. También se ha presentado como una de las mayores plantas desaladoras de África, vinculada al uso de energía renovable.

El mapa no se queda en Casablanca. Reuters recogió que Marruecos proyecta nuevas plantas, con inversiones en zonas costeras y capacidades pensadas para suministro urbano, agricultura e industria, dentro de una estrategia de seguridad hídrica más amplia.

La lógica agrícola es importante. Marruecos no pretende usar agua desalinizada para todos los cultivos, porque su coste sigue siendo elevado. La estrategia consiste en abastecer ciudades costeras y liberar agua de embalses hacia regiones interiores.

El precedente de Agadir explica por qué el país insiste en esta vía. La desalación ya se utiliza allí para suministro urbano y para sostener cultivos de alto valor, especialmente en un contexto de exportaciones agrícolas presionadas por la sequía.

La percha climática está en que la lluvia ya no garantiza seguridad. Marruecos venía de siete años de sequía, con embalses agotados y acuíferos tensionados, aunque los episodios lluviosos puedan aliviar temporalmente algunas reservas.

Por eso la desalación aparece junto a otras medidas, como interconexiones hidráulicas, reutilización de aguas residuales y proyectos para reducir evaporación en embalses. La idea es combinar fuentes, no apostar todo a una sola tecnología.

La apuesta, aun así, tiene letra pequeña. La desalación consume energía y genera salmuera, un residuo hipersalino que debe gestionarse bien para evitar impactos sobre fondos marinos, praderas, corales u otros ecosistemas costeros sensibles.

Ahí está el reto real: convertir el mar en fuente de agua sin crear otro problema ambiental. Marruecos intenta reducir esa tensión vinculando las nuevas plantas a renovables, una decisión clave en un país con fuerte potencial solar y eólico.

El giro marroquí también interesa a España. Ambos países comparten presión mediterránea, agricultura intensiva, sequías recurrentes y una dependencia creciente de infraestructuras hídricas caras, desde desaladoras hasta reutilización y grandes conducciones.

Marruecos está enviando un mensaje claro: en el nuevo clima, el agua potable no puede depender solo de que llueva. El mar no sustituye a los embalses, pero empieza a funcionar como una reserva estratégica frente a la sequía.