La 'perfomance' del 20-N en el Congreso: saltimbanquis y discursos de 1978 para celebrar la muerte de Franco en 1975
La división entre izquierda y derecha se origina en la Revolución Francesa (1789), y se consolida durante el siglo XIX con la Revolución Industrial.
En la Asamblea Nacional francesa, los partidarios de mantener el poder absoluto se sentaban a la derecha del presidente, mientras que los partidarios de la revolución se sentaban a la izquierda.
Simplemente, estamos en un mundo que se empeña en seguir anclado en la política a conceptos que, a casi tres siglos vista, están absolutamente obsoletos.
Mientras las élites políticas siguen peleando esta "guerra de trincheras" del siglo XIX, la ciudadanía ha quedado atrapada en un estado de letargo político que les impide ver el presente, fundamentalmente tecnológico, y por ende, culturalmente nuevo.
La distancia entre realidad y política hace que el ciudadano que está al margen de esta última sea simplemente un zombi, usuarios para algoritmos de polarización, y un voto cuando toca.
Sólo hay que ver los porcentajes de no participación: lo dicen todo.
Sólo la tecnología es la responsable de la mejora objetiva de las condiciones de vida en general: si acaso, la política ha ido a rebufo de la misma, cuando no interferido, simplemente.
Pero hoy, con el discurso en boga, hasta las leyes físicas tienen que supeditarse al discurso político: estamos llegando a un grado de desconexión con la realidad que roza la locura social.
Un ejemplo paradigmático es la gestión de las colonias felinas. Mientras la evidencia científica y los conservacionistas alertan sobre el daño irreparable que estos depredadores invasores causan a la fauna autóctona —diezmando poblaciones de aves y reptiles esenciales para el ecosistema—, la política decide ignorar los datos. Se impone un relato sentimental y populista, legislado desde el desconocimiento de las leyes naturales, donde la ideología se sobrepone a la preservación del medio ambiente.
Es el triunfo del discurso sobre el dato: si la realidad contradice la narrativa política del momento, tanto peor para la realidad.
Esta misma desconexión trágica se hace evidente ante eventos como la DANA. La naturaleza, con sus ciclos históricos conocidos, lanza advertencias claras. Sin embargo, cuando la planificación política es negligencia en la gestión de infraestructuras, el resultado es la catástrofe. La falta de previsión deja de ser un error técnico para convertirse en una responsabilidad política grave.
El caso de nuestros trenes de alta velocidad, que circulan casi a pedales, no es más que otro punto de lo mismo: la desconexión política con la realidad misma.
El que la corrupción haya llegado a unos extremos tan increíbles que la única respuesta por parte de algunos sea atrincherarse en el poder, sin más, es parte de lo mismo: la moral también es parte de la realidad que se está negando.
En el fondo, nuestro sistema político no es más que un sistema de poder que quiere lobotomizar a la sociedad para mantener sus privilegios, aunque sea a costa de su destrucción.
Pero la sociedad es algo más que política: si miramos algunos años atrás, simplemente el insinuar todo lo anterior era casi anatema y convertirse en un apestado social: el organismo está reaccionando frente al cáncer político.
Esta nueva sociedad civil se organiza en torno a la evidencia y la responsabilidad. Es una ciudadanía que ha comprendido que la verdad no se vota, sino que se observa, se mide y se defiende, cartografiando los fallos del sistema, desmintiendo relatos y exigiendo cuentas con la frialdad de quien maneja datos reales frente a la calidez estéril de la propaganda.
Ante la desconexión patológica de los despachos, la sociedad civil ha empezado a construir su propio refugio de rigor, haciendo que sea cada vez más difícil sostener mentiras cuando la realidad física —ya sea en la gestión ambiental, en el transporte o en la gestión de los recursos públicos— termina por estallar en la cara del poder.
El despertar del zombi no será un acto de fe, sino la consecuencia inevitable de una realidad que, tarde o temprano, termina por imponerse sobre el relato de quienes intentan, en vano, detener el tiempo.
Cuando el individuo deja de ser un consumidor de eslóganes para convertirse en un observador crítico, el hechizo se rompe. Ese momento de lucidez, donde el ciudadano recupera su capacidad de ver, medir y cuestionar, marca el fin de la era de los autómatas.
Esta reacción no es un movimiento político tradicional, sino un acto de supervivencia cultural.
La realidad es terca, y al final, siempre debe acabar reclamando su espacio frente a quienes intentan suprimirla.