Emiliano García-Page este miércoles en Toledo.
La democracia en España se ha convertido en un juguete en manos de los partidos políticos, que, a su vez, se han convertido en sectas de fieles donde la discrepancia, el diálogo y el respeto brillan por su ausencia; nunca han sido otra cosa. Asistimos ahora a la inmolación de Vox, un partido nuevo con todos los vicios de cualquier partido viejo, pero más exacerbados por su impronta de partido a la contra y contra todo. Nada nuevo y todo viejo; los partidos políticos han adulterado, desde sus primeros pasos en democracia, el propio concepto de representación. Han hecho creer que los cargos electos representan al partido político y no a todos los ciudadanos, de tal forma que un concejal o diputado carece en la práctica de capacidad de decisión.
Ni siquiera para aprobar el presupuesto en un municipio de 5000 habitantes tienen los concejales autonomía; deben consultar al sacrosanto partido de turno para decidir el sentido del voto, como si fueran amebas. Y si alguien alza la voz, acaba fuera del partido, queda señalado o se convierte en un tránsfuga. No hay Page que valga por mucho que den voz a sus pataletas, porque los diputados elegidos en Castilla-La Mancha van a votar lo mismo que los del PSOE de Melilla, y él lo sabe perfectamente.
Bastaría un diputado por partido político y por lo menos nos ahorraríamos unas perras.