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En España, en la actualidad política en que nos hacen vivir, necesitamos urgentemente que se nos aparezca un cisne blanco.
Antes del siglo XVII, la expresión "cisne negro" (del poeta romano Juvenal) servía para referirse a algo que no existía, similar al "cuando los cerdos vuelen" español.
En 1697, Willem de Vlamingh navegó por el río Swan, en Australia Occidental, y avistó, por primera vez para un europeo, cisnes con plumaje negro: una creencia basada en milenios de observación refutada por un solo avistamiento.
Siglos después, el autor Nassim Nicholas Taleb rescató esta historia en su libro El cisne negro (2007) para nombrar sucesos altamente improbables, de gran impacto y que solo parecen lógicos una vez que ya han ocurrido.
Históricamente, hay muchos cisnes negros: Ignaz Semmelweis y su idea de lavarse las manos, el meteorólogo que movió los continentes, la nueva teoría de los primos o incluso el colapso económico de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers.
En política, el término "cisne negro" se invierte y pasa a ser lo que indica su color: un verdadero desastre.
En España, políticamente hablando, el fenómeno Ciudadanos o el fenómeno del 15-M podrían considerarse eso: cisnes negros fallidos en nuestra política reciente, como muestra Santiago Segura en su magistral sexta entrega Torrente, presidente.
Mirando al mundo, ¿qué son Putin y Trump sino cisnes negros en cierto sentido?
Hoy, la política española no necesita un evento improbable que lo cambie todo, sino la improbable cordura de que algo funcione como debe. Porque en un mundo dominado por cisnes negros que juegan a ser dioses, lo verdaderamente revolucionario, el auténtico avistamiento imposible en la Carrera de San Jerónimo, sería ver a un cisne blanco nadando en línea recta.
Pero ese cisne blanco no va a aparecer por arte de magia en el Congreso; la clase política ya tiene bastante con mirarse el ombligo, propio o ajeno, como para preocuparse de ornitologías democráticas.
Es la sociedad civil la que tiene la responsabilidad urgente de dejar de ser espectadora y salir a buscarlo, aunque solo sea para recordarles qué aspecto tiene la normalidad: o seguimos alimentando a los cuervos que se hacen pasar por cisnes, o nos decidimos de una vez a limpiar el panorama.
Porque, a veces, la mayor revolución posible es, simplemente, exigir que lo lógico sea lo habitual.