Santiago Abascal, en el mitin.

Santiago Abascal, en el mitin. EFE

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Vox ante su encrucijada

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En las últimas semanas han sido innumerables las noticias publicadas en la prensa sobre las purgas de cargos políticos en Vox. Este partido nació como una escisión del PP de Mariano Rajoy, tras ser incapaz de cumplir ni el 1 % de su programa electoral. Ante este descontento, parte del electorado de derechas decidió dar su voto a partidos como Ciudadanos y, ahora, al partido de Santiago Abascal.

Vox es un partido indispensable para cambiar el rumbo político de España, pero debe dejar a un lado el paranoidismo mediático que ha venido desarrollando, con impetuosidad, en los últimos años. De lo contrario, acabará teniendo el mismo futuro político que Podemos y Ciudadanos: ninguno.

En el desarrollo de la ley de hierro de la oligarquía, Robert Michels sostiene que todas las organizaciones políticas y sindicales tienden, de manera insoslayable, a ser gobernadas por una élite en minoría. La burocratización y la necesidad de liderazgo interno —la fatal arrogancia, diría Hayek— concentran el poder en unos pocos, defenestrando las ideas originales y a los discordantes por los cuales nació la organización.

Esta ley se ha cumplido en todos los partidos políticos. Pero no es este el motivo por el cual acaban desapareciendo muchos partidos, sino más bien que el ideario político del partido en cuestión deja de ser llamativo o útil para el electorado.

Es curioso cómo todos los líderes políticos piensan que rodearse —en términos generales— de gente mediocre que les adule, descuidando el aspecto curricular o formativo, es mejor que el debate interno. Santiago Abascal ha expulsado —por mucho que se refugie en que “son decisiones de la directiva”— a personas con ideas propias, a cambio de quedarse con mercenarios políticos, cuya supervivencia personal se supedita a la del partido.

El electorado de derechas no pide ayuda a los políticos para que les salven la vida; más bien los vota al considerarlos como un instrumento político que frene las derivas autoritarias de una izquierda fanatizada, que pretende controlar la vida —y ahora parece que también la muerte— de los ciudadanos.

Por ello, la pregunta es pertinente, pues nunca es tarde para volver a los orígenes: ¿por qué se fundó Vox, señor Abascal?