José Puch, en el primer campamento de la expedición dentro de la selva de Phong Nha, donde los participantes del Desafío Santalucía Seniors pasaron la noche antes de continuar hacia Kong Collapse.

José Puch, en el primer campamento de la expedición dentro de la selva de Phong Nha, donde los participantes del Desafío Santalucía Seniors pasaron la noche antes de continuar hacia Kong Collapse. Julio César R. A.

Sociedad TESTIGO DIRECTO

Dentro de las primeras 48 horas del Desafío Santalucía Séniors en la selva de Vietnam: "No te regala un metro; es agotadora"

Barro, caídas, una noche ensordecedora y una sucesión de rápeles llevaron a los cinco séniors hasta un campamento encerrado entre paredes de casi 300 metros

Más información: De los arrozales a las cuevas: los cinco séniors ultiman la etapa reina del Desafío Santalucía en Vietnam

Phong Nha (Vietnam)
Publicada
Las claves

Las claves

Cinco séniors españoles recorren la selva de Phong Nha, Vietnam, en el Desafío Santalucía Seniors 2026, enfrentando condiciones extremas de humedad, barro y calor.

El grupo, de entre 67 y 79 años, supera terrenos resbaladizos, desniveles exigentes y noches ruidosas en campamentos improvisados, con agua hervida y ropa siempre húmeda.

La expedición culmina con descensos técnicos y rápeles de hasta 300 metros en el sistema de cuevas Kong Collapse, uno de los principales destinos de espeleología del mundo.

La experiencia destaca la resistencia y capacidad de adaptación de los participantes mayores, enfrentando la naturaleza salvaje y desafíos físicos fuera de lo común.

La entrada a la selva está a un lado de la carretera y apenas parece una entrada. No hay una puerta ni un cartel que anuncie nada. Sólo un hueco estrecho entre árboles, hojas y raíces por el que uno abandona el asfalto y, casi sin darse cuenta, empieza a desaparecer dentro del paisaje.

A partir de ahí el camino deja de comportarse como un camino. A veces existe. A veces hay una huella, una rama rota, una pequeña apertura entre la vegetación. Y otras veces da la impresión de que el sendero se inventa unos segundos antes de que pongas el pie.

Por ahí entraron los cinco integrantes del Desafío Santalucía Seniors 2026 para comenzar las cuatro jornadas de expedición por el sistema de cuevas de Kong Collapse, en Phong Nha.

Mapa.

Mapa. E. E.

Pilar Sanguino, de 79 años; Quique Soler, de 78; Pablo San José, de 71; José Puch, de 69; y Rafa Collado, de 67 acababan de dejar atrás tres etapas de bicicleta y una noche en tren. Hasta entonces el viaje todavía podía entenderse con medidas familiares: kilómetros, desnivel, horas. En la selva, esas cifras empezaron a perder sentido.

La primera jornada rondó los ocho kilómetros reales, con unos 400 metros de desnivel negativo y otros 250 de subida. Sobre el papel no parece demasiado. Allí dentro, sí. La selva tiene otra forma de medir el esfuerzo.

No hace falta hundirse hasta las rodillas en barro para que el terreno se vuelva hostil: bastaba una película húmeda sobre el suelo para que cada apoyo fuese provisional. Los bastones de trekking servían para tantear dónde colocar el siguiente pie, pero no garantizaban nada.

Se avanzaba despacio, resbalando, recuperando el equilibrio, agarrándose a lo que hubiera cerca. Las caídas dejaron de ser un accidente y pasaron a formar parte de la marcha.

El suelo deja de ser fiable

Había pendientes donde caminar ya no era exactamente caminar. Para bajar, tocaba agarrarse a raíces, ramas, troncos, cualquier cosa que ofreciera un poco de resistencia. Para subir, en algunos tramos había que utilizar también las manos, buscar un hueco en la roca, apoyar la rodilla, impulsarse.

La sensación de encierro no venía tanto de la humedad —a esas alturas ya acostumbrados a ella— como de la vegetación. En la montaña abierta existe siempre una referencia: una cumbre, un collado, el horizonte. Pero aquí no.

Aquí la mirada se encontraba con capas de verde. Árboles detrás de árboles. Hojas detrás de hojas. Lo que había cincuenta metros más adelante era, casi siempre, un misterio.

Todos sufrieron. Rafa, el más joven, volvió a demostrar que físicamente está en otra categoría. Corredor de trail de larga distancia, parecía asumir el terreno con una facilidad que al resto le costaba mucho más.

Los bastones de trekking, apoyados sobre una roca en uno de los tramos de la ruta hacia Kong Collapse, en plena selva de Phong Nha.

Los bastones de trekking, apoyados sobre una roca en uno de los tramos de la ruta hacia Kong Collapse, en plena selva de Phong Nha. Julio César R. A.

Pilar, en cambio, fue probablemente quien más acusó la jornada. No porque le falte experiencia —lleva décadas en montaña— sino porque la experiencia sirve para saber dónde poner el pie, no para impedir que el barro lo desplace.

Quique, José y Pablo también fueron acumulando cansancio. En ese terreno, la fatiga no llegaba sólo por el desnivel. Llegaba por la obligación de pensar cada paso, mientras tus manos colocan los bastones antes y sigues el ritmo de la persona que tienes delante.

El Desafío Santalucía Seniors nació precisamente alrededor de esa idea: poner a cinco personas de entre 65 y 80 años frente a una aventura que permita hablar del envejecimiento sin reducirlo a la enfermedad, la dependencia o la retirada.

Los participantes fueron elegidos entre 271 candidatos y llegaron a Vietnam después de meses de preparación. Antes, otros participantes estuvieron la Cordillera Blanca de Perú y Svalbard, en el Ártico polar.

Vietnam añadió algo diferente: el trópico. Y el trópico tiene una manera menos limpia de exigir. Ante la ausencia de une enemigo claro, hay humedad, barro y muchísimo calor. La ropa no se seca, hay insectos y una sucesión de pequeñas incomodidades que, sumadas durante horas, terminan convirtiéndose en una forma de agotamiento.

Una selva que no calla

Phong Nha, en el centro de Vietnam y cerca de la frontera con Laos, es una región de montañas calizas cubiertas por bosque tropical. Debajo de esa superficie se extiende una red de cuevas, ríos subterráneos, dolinas y galerías que ha convertido la zona en uno de los grandes territorios de espeleología del planeta.

Pero antes de llegar a ese mundo subterráneo hay que atravesar el de arriba, y el de arriba está vivo de una manera casi excesiva. La biodiversidad se presenta, más que como una lista, como una presencia.

Está en las lianas que cruzan el sendero, en las hojas enormes, en las mariposas, en los insectos que uno oye antes de ver, en pequeños movimientos entre la hojarasca que desaparecen antes de poder identificarlos.

También en la sensación de que todo crece encima de todo. Y está, sobre todo, en el sonido. Durante el día hay cigarras, pájaros, agua, ramas y un fondo constante que no se sabe exactamente de dónde viene. Por la noche ocurre algo más extraño: la selva se oscurece, pero no se calla. Sube el volumen.

El primer campamento de la expedición, instalado en un estrecho claro de la selva de Phong Nha. Las tiendas, para dos personas, apenas dejaban espacio de paso bajo una gran lona que protegía el vivac de la lluvia.

El primer campamento de la expedición, instalado en un estrecho claro de la selva de Phong Nha. Las tiendas, para dos personas, apenas dejaban espacio de paso bajo una gran lona que protegía el vivac de la lluvia. Julio César R. A.

El primer campamento apareció junto a un pequeño río después de horas de descenso. Allí se mantiene una infraestructura mínima, suficiente para cocinar, recoger agua y montar las tiendas.

El espacio era tan estrecho que las tiendas de campaña, para dos personas, apenas encontraban un lugar donde encajar. Había un baño improvisado algo más arriba, aunque llegar hasta él con el barro podía convertirse en otra pequeña prueba.

El agua potable tenía su propio ritual. Se recogía agua de lluvia, se vertía en grandes cazuelas y se hervía antes de beberla. Nada especialmente heroico, pero sí una reducción abrupta de lo cotidiano.

Después de varios días de hoteles, botellas cerradas y comidas servidas, de pronto las necesidades quedaban resumidas en unas pocas cosas: agua, comida, un lugar donde sentarse, un sitio donde dormir.

La noche más ruidosa

Dentro de la tienda esperaba una colchoneta estrecha, dura, tan fina que apenas lograba convencer al cuerpo de que no estaba directamente sobre el suelo. La ropa seguía húmeda.

En la selva, una prenda mojada por la tarde puede seguir mojada por la mañana. No existe esa pequeña cortesía doméstica de dejarla secando y encontrarla después distinta. Entonces llegó la noche. Y la noche hizo ruido.

Las cigarras parecían estar pegadas a la lona. La lluvia caía sobre las hojas, sobre las tiendas, sobre el suelo, sobre el río. Cada superficie devolvía un sonido distinto. No había coches, ni motores, ni sirenas, ni una sola de las cosas que asociamos al ruido de una ciudad. Y, sin embargo, aquello sonaba más fuerte que una autopista de Madrid.

Era una paradoja extraña: estar en uno de los lugares más apartados del viaje y no encontrar ni un segundo de silencio. Al amanecer, la ropa continuaba húmeda. Había que volver a ponérsela.

Hacia Kong Collapse

La segunda jornada fue más corta en distancia, apenas un par de kilómetros, pero acumuló unos 350 metros de desnivel y terminó donde empezaba la parte técnica de la expedición.

El grupo avanzó hasta alcanzar la entrada de una enorme cavidad. Para entrar hubo que encordarse. El acceso se realiza por una grieta estrecha que desemboca en una bóveda cuyas dimensiones resultan difíciles de traducir a una escala cotidiana.

Quique Soler desciende durante el Kong Collapse.

Según los responsables de la expedición, el espacio alcanza en algunos puntos alrededor de 300 metros. La comparación que utilizaron después fue más fácil de visualizar: casi dos cúpulas del Vaticano. Allí comenzaron los rápeles.

Ya no eran los doce metros practicados días antes en el centro de operaciones de Phong Nha. El descenso se convirtió en una sucesión de maniobras técnicas, rápeles y tramos de vía ferrata colocados sobre una pared vertical y, en algunos puntos, desplomada.

Debajo estaba el vacío. Alrededor, la roca. Más abajo, una vegetación espesa que parecía haber crecido aislada del resto del mundo.

Dentro de la montaña

El lugar al que descendieron no era una cueva en el sentido más simple de la palabra. Era una especie de fosa gigantesca, un colapso de la propia montaña, encerrado entre paredes de unos 250 o 300 metros. Un espacio abierto y, al mismo tiempo, hundido; suficientemente profundo como para crear abajo un paisaje propio.

Los cinco completaron los descensos. Respondieron bien, incluso disfrutaron de una actividad que desde arriba tenía pocos elementos que invitaran a relajarse. Al llegar al fondo hubo alivio, risas y una alegría difícil de disimular. Después de horas de barro, cuerdas y pared, habían alcanzado el segundo campamento.

Pablo San José, Zuriñe Rodríguez, Pilar Sanguino y José Puch, tras completar uno de los rápeles técnicos del sistema de Kong Collapse, en Phong Nha.

Pablo San José, Zuriñe Rodríguez, Pilar Sanguino y José Puch, tras completar uno de los rápeles técnicos del sistema de Kong Collapse, en Phong Nha. E. E.

Allí pudieron bañarse en un pequeño lago. Durmieron dentro de esa especie de cráter vegetal rodeado de paredes inmensas. Por la noche volvió a llover con fuerza, una lluvia torrencial que golpeó las tiendas y la vegetación, pero esta vez el cansancio pudo más. Durmieron bien.

Habían pasado dos días desde que dejaron la carretera por aquella abertura estrecha que apenas parecía una entrada. En cuarenta y ocho horas habían resbalado, caído, trepado, dormido sobre una colchoneta casi pegada al suelo, bebido agua de lluvia hervida, atravesado una noche ensordecedora y descendido por una pared hasta desaparecer dentro de una montaña.

Todavía quedaban dos jornadas. Y a esas alturas la selva ya les había enseñado algo que no aparecía en ningún mapa: aquí las distancias engañan. Siete kilómetros pueden ocupar un día entero. Dos pueden acabar al fondo de un abismo.

En Kong Collapse, después de dos días avanzando hacia dentro, el desafío ya no consistía en llegar más lejos. Consistía en encontrar la salida por el otro lado.