El presentador Carlos Sobera durante una entrevista con EL ESPAÑOL.

El presentador Carlos Sobera durante una entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Reportajes

Carlos Sobera: "Todo lo que sea compromiso le resulta difícil a muchos hombres y por eso son inmaduros eternamente"

"El amor es infinito en sus manifestaciones, pero el amor romántico, sea cual sea la pareja, heterosexual o no, es muy hermoso" // "En España, la relación entre la administración y los ciudadanos no es todo lo transparente que debiera ser".

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Carlos Sobera se hizo famoso por enarcar las cejas con una facilidad pasmosa, una u otra, a demanda, que es lo difícil. Era finales de los 90 y España descubría con Quién quiere ser millonario a un comunicador que caía bien, que entraba en las casas como uno más, y que ha demostrado después ser de amplio espectro.

Hoy hablaremos con él de su faceta como presentador en concursos, debates, realities; de él como actor (estrena en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida La comedia de la olla, además de girar con Inmaduros) y de sus aventuras empresariales. Y, sobre todo, de cómo se forja un carácter que necesitó siempre de la mirada del público para hacerse feliz a sí mismo.

Dice que el postureo campa entre los famosos porque tienen miedo a ser lanceados desde cualquier parte, y que por eso se queda con los anónimos. Para charlar nos sentamos en el salón de First Dates al que llevan a las parejas que se están gustando en la cita. En la pared está el luminoso de Intimidad total. Nosotros, en el sofacito azul. Carlos abraza uno de los cojines.

Detalle de una pared del plató de 'First Dates'.

Detalle de una pared del plató de 'First Dates'. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Pregunta.– Bueno, quiero hablar con usted de muchas cosas. Empecemos por Inmaduros: ¿cómo definiría a su personaje Alfi? Es un inmaduro emocional pasados los 50, pero… ¿por qué? ¿Cómo ha llegado hasta ahí así?

Respuesta.– Como muchos hombres que nunca han visto morir al niño que llevan dentro y que nunca han querido asumir responsabilidades emocionales: esto es muy típico de los hombres, y al final terminan convirtiendo la vida en un aquí te pillo, aquí te mato, porque es lo que les da más satisfacción inmediata.

Entonces todo lo que sea compromiso, relación, cultivar... eso les resulta tremendamente difícil. Y por eso son inmaduros eternamente. Solamente un acto así, un suceso fuerte, un enfrentamiento, una realidad muy impactante, les puede hacer reflexionar.

P.– Como le sucede un poco a su personaje, ¿no?

R.– Sí, mi personaje luego se descubre que tiene un origen traumático, se ha refugiado en esa forma de ver la vida porque le duele menos, le hace menos daño, porque ya estuvo casado, ya se enamoró y de repente tuvo un desengaño que le provocó una falta de confianza y de seguridad tremenda.

Y cuando se ve frente a su amigo, que es su espejo que le dice la verdad y lo que piensa, le obliga por fin a salir de la concha. Y ahí se produce un cambio radical en el público, le pilla de sorpresa, porque le da un giro a la historia y se demuestra que no es tan tontolaba como uno pensaba y tan inmaduro, sino que hay un proceso traumático que no ha sabido solventar.

P.– En el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida hará La comedia de la olla, que es una especie de puja entre la codicia y el amor, ¿no?

R.– Sí. Plauto, que es el autor, la escribió haciendo un estudio de la avaricia que luego inspiró a Molière para hacer su Avaro. Y la función trata de eso, de un hombre que lo sacrifica todo por el dinero. Y todo es todo. Sacrifica su salud, la de su familia, la amistad, el amor…

P.– Hablando de amor, en First Dates están de aniversario. Diez añitos.

R.– ¿Quién nos lo iba a decir a nosotros cuando empezamos?

P.– A mí me entretiene mucho, me gusta, pero también me gusta que en la sociedad cada vez se penalice menos al soltero. ¿Cree que se puede ser igual de feliz en pareja que soltero?

R.– Buena pregunta. Claro, esto depende mucho de los valores de cada uno y lo que cada uno busque en la vida. Yo lo que sí sé es que el amor es una fuerza extraordinaria e imparable. El amor es un sustento básico, yo diría el sustento de la felicidad. Pero hay personas que se aman mucho a sí mismas, entonces…

P.– ¿Con egolatría?

R.– Sí, no necesitan quizás tanto el amor hacia otra persona, pero compartir es bonito y causa felicidad, pero bueno, ser soltero o soltera no es ningún delito y además hasta que uno encuentra el amor tiene que pasar mucho tiempo de soltería, y después de encontrarlo se puede perder y vuelves a la soltería… La soltería es el espacio necesario y vital para encontrar la compañía. ¿Te gusta la frase? (Carlos enarca la ceja al más puro estilo Quién quiere ser millonario).

Carlos Sobera, enarcando su ceja.

Carlos Sobera, enarcando su ceja. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.– Me gusta, me gusta, pero también creo que los solteros pueden tener mucho amor, no sólo el romántico.

R.– Hay muchos tipos de amores, eso está claro. El amor de una madre, de un amigo, de un animal de compañía... El amor es infinito en sus manifestaciones. Pero el amor de pareja, el amor romántico sea cual sea la pareja, heterosexual o no, yo creo que es muy hermoso.

P.– ¿A quién sentaría en el restaurante, del panorama nacional, para que se enamoraran y se endulzaran un poco?

R.- No lo sé… Nunca lo he pensado, fíjate. Es que sabes qué ocurre, que no creo en los famosos.

P.– Dicho por uno muy famoso.

R.– Pero yo creo en la gente anónima. Cuando me preguntan qué tipo de programas de televisión quiero presentar, siempre digo que aquellos en los que haya gente que venga de la calle, gente que es virgen, televisivamente hablando, porque son probablemente las personas más auténticas y las que más me sorprenden.

Entre famosos estamos todos tan preocupados por qué dirán de nosotros, qué pensarán, si cometeremos algún error o seremos políticamente incorrectos... que al final hay demasiado postureo.

P.– También está con un remake de El precio justo. ¿Quiénes se acercan más al precio real de las cosas, los ricos o los pobres?

R.– Probablemente los pobres, que se fijan mucho más en los precios cuando van al supermercado, que los ricos, que algunos ni siquiera lo pisan.

P.– Sí, pero claro, a veces hay que acertar cuánto vale un viajazo a las Maldivas, eso igual solo lo saben los ricos…

R.– No, ni los ricos siquiera, porque es que además depende de con qué agencia de viajes estés, con qué compañía de vuelo... Un mismo viaje de siete días puede variar el precio mogollón. Lo que me gusta es que es un programa democrático porque en la tele se ha puesto muy de moda que se fidelice al televidente a través de los concursantes.

Entonces los concursantes son especímenes rarísimos, gente profesional o cuasi profesional que se tira meses, cuando no años, haciendo un concurso. Dos personas pueden estar ocupando un concurso meses o años y entonces no dejan espacio para nadie que quiera concursar. En ese sentido El Precio Justo da una accesibilidad a todo el mundo maravillosa.

P.– Desde hace ya años también hace realities. ¿Qué le diría a la gente que cree que los concursantes fingen?

R.– Mi experiencia me dice que los que acuden a un formato como Supervivientes al final se lo toman en serio, salvo raras excepciones. Lo viven con intensidad, tienen muchas emociones, además muchas de ellas provocadas porque están en situaciones límite.

Y eso es magnífico porque ahí es donde se demuestra cómo es cada uno, desde que hay una temperatura que no soportas, mosquitos que te están comiendo o que te ha tocado convivir con alguien que te hace la vida imposible. Eso es lo que hace que ese tipo de experiencias sean realmente bonitas de ver y que sean interesantes.

Carlos Sobera, durante su entrevista con EL ESPAÑOL.

Carlos Sobera, durante su entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.– Y ahora yendo un poquito más atrás en el tiempo: Baracaldo, años 60, ¿qué tipo de niño fue?

R.– Ufff…

P.– He sabido que estudiaba la lección y la empezaba a decir en voz alta para un público imaginario, ¿no? Ya le gustaba la comunicación.

R.– Sí, a mí me costaba mucho estudiar en silencio. Me acuerdo mucho, con ocho años, con diez, incluso con 15, cuando los profes te decían de ir a la biblioteca a estudiar, yo me aburría, pero es que además no me concentraba… Yo soy muy muy vitalista, muy expresivo, muy externo, y necesitaba meneo, ¿sabes? Y en casa me cerraba en mi habitación y me gustaba contar los temas como que estaba dando una conferencia.

Y luego me vino muy bien porque con el tiempo había profesores puñeteros en el colegio que te hacían exámenes sorpresa en el encerado, y conmigo pinchaban en hueso. Yo salía allí y me crecía. Siempre he tenido esa vocación de comunicación, de comunicarme con los demás.

P.– ¿De dónde cree que le viene?

R.– Yo creo que esto me viene de mi padre. Mi padre era un tipo que llegaba a los bares con mi madre y con sus hijos y entonces pedía un Kas Naranja, y enseguida se estaba girando y mirando a alguien que estaba en la barra para conversar. Que mi madre le decía "Carlos, por favor". Porque a mi madre no le gustaba eso nada, pero él necesitaba hablar. Así salí yo.

P.– ¿Qué más tiene de él? Porque también fue muy trabajador, ¿no?

R.– Sí, pues yo creo que eso también lo aprendí de él. Mi padre trabajaba 16 horas al día. Era un hombre tremendamente sacrificado. Le gustaba mucho su trabajo, era muy pasional. Era electricista de profesión y para él era una pasión, pero era brutal. Y yo creo que además le gustaba mucho conocer gente, ir a casas, arreglar cosas... Fue una experiencia maravillosa estar a su lado durante tantos años y verle como era. Y creo que todo eso se te va contagiando, y a mí el trabajo no me da miedo.

P.– Desde luego, no puede tener más frentes abiertos.

R.– Sí, sí, y por mí seguiría abriéndolos, porque la energía me da para lo que me da, pero si no... Yo creo que eso me viene de él, fíjate.

P.– Estudió Derecho, dio clases en la universidad e incluso se planteó estudiar la oposición para juez. ¿Qué pasó para que no tengamos un magistrado Sobera?

R.– A ver, yo es que pasé un par de años jodidos en el sentido de que mientras estudié la carrera tenía un grupo de teatro, y cuando acabé, con 23 para 24, me fui a Madrid y empecé a buscar oportunidades de trabajo. Pero es que en el 83, 84 ¿cuál era la realidad del país? Teatralmente hablando, y en cine y en televisión, era imposible. Solo estaba la Española, y en el teatro ni te cuento, eran lugares inaccesibles para un muchacho.

Entré en crisis y como fui un buen estudiante, pues los profesores me decían "preséntate a notario o a registrador". Yo no tenía ninguna vocación. Y un amigo me dijo que el gobierno vasco sacaba becas para ser juez. Bueno, pues por pedir una beca, ¿no? Pero me planteaba a mí mismo que era absurdo. Si yo no tenía una vocación de este tipo, ¿qué hago yo haciendo esto?

P.– Qué duro, ¿no? Ejercer toda la vida sin vocación.

R.– Yo creo que me hubiese deprimido hasta las patas. Y bueno, afortunadamente cambié de tercio. Luego necesité buscarme un trabajo porque hacer teatro en Euskadi era morirte de hambre, y entonces me busqué la solución de ser profesor en la uni. Estuve 10 años dando clase y lo había compatibilizado con algún problema, pero ya cuando llegó Al salir de clase, que supone estar en Madrid mucho tiempo, me di cuenta de que no podía.

Y en el curso 97/98, que empezó en octubre, ya Al salir de clase llevaba un mes y medio en antena. Entonces el día que yo entré en clase y vi la reacción de los alumnos al verme, me di cuenta de que yo no podía dar clases. La relación que ya tenían los chavales de 23, 22, 21 años conmigo, no tenía nada que ver con la que habían tenido antes.

El presentador Carlos Sobera.

El presentador Carlos Sobera. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.– Y un poco de psicoanálisis. ¿Usted cree que las personas que nos dedicamos a trabajos con cierta exposición es porque fuimos niños poco mirados?

R.– No lo sé. A ver, yo desde niño tenía esta vocación por exponerme. Yo cuando los curas decían ‘¿alguien para leer?’ estaba yo que salía a la iglesia solamente para lucirme. Desde que era pequeño siempre me gustó. Y en Baracaldo tenía tres cines alrededor y me veía nueve películas a la semana.

Mis padres flipaban. Tenía 13, 14 años y ya me veía todo lo que era posible e imposible. Siempre tuve esa tendencia. En el colegio me hicieron delegado de clase. En la universidad fui delegado de clase y delegado de facultad. Yo siempre iba buscando la exhibición. La he buscado toda mi vida. Con lo cual yo creo que sí que fue un niño mirado.

P.– También es empresario. ¿Con qué aventura empresarial ha disfrutado más? ¿Y con cuál menos? Supongo que con la que menos, con la compra del teatro Reina Victoria y la posterior venta.

R.– No, no. Qué va. Con esa disfruté mucho. A ver, cuando eres productor teatral te gusta mucho producir. Es decir, yo busco el proyecto. Lo empiezo desde cero. Y empresarialmente eso es costoso porque tiene su riesgo económico. Comprar un teatro, como lo compré yo, es que la hipoteca es grandísima.

Entonces al final la responsabilidad económica-financiera te ahoga muchas veces, y yo tuve la oportunidad de venderlo y quedarme como gestor pagando una renta. En vez de pagar la hipoteca, reduje como 15.000 o 16.000 euros mensuales mi responsabilidad financiera y me hice feliz. Era lo mismo pagar una hipoteca de 45.000 que una renta de 30.000. Pero aun así te sientes un poco con el agua al cuello porque el teatro es una actividad que cuando tienes un éxito ganas dinero, pero no mucho. Y cuando tienes un fracaso, pierdes dinero, pero muchísimo.

Y bueno, también tuve una librería por puro romanticismo y perdí dinero... La coloqué en un centro comercial en el que, por la razón que sea, no entraba la gente. Tenía un contrato de cinco años, aguanté tres y en esos años perdí… Pero a mí el mundo de los libros me encanta y el mundo de la papelería lo disfruto mucho. Mi ideal cuando me jubile es tener una librería pequeña, con una mesita para que yo esté allí leyendo y escribiendo y haciendo cuentecitas como los viejillos, ¿no? Como Avaro.

P.– Si fuera presidente de gobierno…

R.– Sí, mis narices 33.

P.– Vamos a ponernos en esas: si lo fuera, ¿cuál sería la primera medida que tomaría para el país?

R.– Es que tampoco lo he pensado. Pero es que este país yo creo que, lamentablemente, no es un país de una primera medida. Yo creo que España es un país de unas cuantas medidas… Pero, probablemente, una ley de transparencia.

Carlos Sobera, en conversación con EL ESPAÑOL.

Carlos Sobera, en conversación con EL ESPAÑOL. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.– ¿En cuanto a sueldos?

R.– No, en cuanto a la administración. Yo creo que uno de los debes que tiene España como país es que la relación entre la administración y el ciudadano no es todo lo transparente y todo lo igualitaria que debiera ser. Y esto en todos los ámbitos, no solo la relación con la agencia tributaria, sino también la relación con la seguridad social, con peticiones de subvención… Creo que hay demasiadas trabas burocráticas, demasiados trámites, demasiados condicionantes, y a veces esto hace que la gente no se anime a hacer más cosas. Y que se acomode o que incluso se acongoje, no quiera asumir riesgos.

P.– Empezamos hablando de autores teatrales y terminamos invocando a Larra con su Vuelva usted mañana, referido a la administración.

R.– Pero es que eso lo seguimos teniendo. A cuántos españoles, a mí me está pasando, pero seguro que a millones de españoles le están diciendo, tiene usted que reclamar esto. Sí, tiene que ir a aquel ventanillo. Y cuando llegas a aquel ventanillo te dicen, le falta a usted un expediente que tiene que sacar en la Dirección General, y te vas a la Dirección General y no, se lo han dicho a usted mal… Y lo dejas por imposible.

Ahora no existe ese principio de igualdad. A mí la administración hoy en día me da órdenes. Y yo, sin embargo, no solamente no puedo ordenar, sino que para hacer, tengo que pedir permiso. A mí se me muere una encina por una enfermedad y tengo que pedir permiso para cortarla, aun a riesgo de que mi encina muerta contagie a otras y termine contagiando el campo entero español y se pierdan todos los encinares de España.