Iván, el camello colombiano en una zona del sur en Madrid.

Iván, el camello colombiano en una zona del sur en Madrid. E.E.

Reportajes

Iván era camello en Colombia y le ofrecieron vender droga en España: "Me pagaron 1.000 € en dietas, vuelos y me dieron NIE"

El traficante integra una banda latina en Madrid, que se encarga de vender droga y reclutar personas en Colombia.

Más información: Un menor de 14 años y un chico de 18, detenidos por atracar un banco con rehenes en Murcia: "Nos metieron en el sótano"

Publicada
Actualizada

Iván vende droga desde que tenía 14 años. Su primera transacción fue con su mejor amigo del colegio, en Cali (Colombia).

"No me arrepiento de lo que he hecho", comenta. Ahora está sentado en un parque de Madrid. Por sus manos han pasado todo tipo de estupefacientes: cocaína, marihuana, hachís, heroína, cristal, éxtasis y metanfetamina.

A él lo reclutaron vía Telegram desde España para ser camello. Vive desde hace tres años en Madrid.

Aquí ha encontrado una ventaja. Su vida no corre tanto peligro. "En Cali, si vendía en una esquina equivocada, me podían matar. Si cruzaba una frontera invisible de un barrio, también corría peligro", recuerda.

Para él, vender droga en España es mucho más sencillo que en su país. Pocas veces corre peligro. Pocas veces siente que pueden atraparlo. El dinero, según su forma de vida, le ratifica que está haciendo las cosas bien.

"Si estuviera haciendo algo malo, posiblemente ya me hubieran atrapado. Pero esto es como cualquier mercado: la gente necesita droga. Y alguien debe venderla", asegura.

Reclutamiento

Tres meses antes de que llegara la oferta para ser camello en España, Iván -nombre ficticio- estuvo hospitalizado casi un mes.

Su cicatriz es una marca de guerra, comenta mientras fuma un cigarro. Acto seguido, levanta su camisa y sobre el costado izquierdo tiene una pequeña marca. Allí fue su primera puñalada.

Él reconoce que quebró una de las reglas de la calle: vender en otro barrio. Quería más dinero, pero ello acarreó que pagara casi con su vida.

Sabía que debía irse de la ciudad. Pensó en mudarse a Bogotá, pero no lo veía claro. Tampoco tenía mucho dinero porque gran parte de sus ganancias las usaba comprando extravagancias, en fiestas o consumiendo drogas.

En el caos no se encuentra orden. Las reglas son a conveniencia. Las adicciones son los puntos débiles. Y la vida es una moneda de trueque.

Entonces llegó su salvavidas. En una madrugada recibió un mensaje vía Telegram en un grupo para comprar droga en el que estaba. "Se busca camello", decía.

Al principio no entendió. En su país camello es sinónimo de trabajar, por lo que el mensaje no tenía sentido. Después lo comprendió. "Era seguir con mi mismo estilo de vida, pero mejor pago y en un país más seguro", comenta.

Las condiciones eran claras: se pagaba el billete de ida y vuelta desde la ciudad en la que se encontrara. "Me dieron dietas de casi 1.000 euros cuando llegué. Con eso debía pagar una habitación y comprar comida".

Cuando llegó, un integrante de la banda que lo reclutó le esperaba en el aeropuerto de Barajas. "Nos saludamos como si fuéramos amigos de toda la vida. En la maleta no llevaba nada raro. Gran parte de mi ropa la dejé en Colombia para que ni mi familia ni mis enemigos sospecharan que me iba", agrega.

Y sobre el sueldo, le dijeron que dependía de él. Si el "camello" es bueno, le dan más drogas. Su periodo de prueba fue de un fin de semana.

Entre viernes, sábado y domingo vendió casi 3.000 euros. Cumplió con la entrega del dinero. Allí, su jefe le dijo que estaba contratado.

Además, le dijo que esperaba que diariamente vendiera al menos 500 euros, pero que mantuviera la media del fin de semana.

Como bienvenida a la banda le regalaron un tour en el Santiago Bernabéu. Pero después uno de sus "problemas" regresó: tener que decirle a su madre en Colombia que no volvería.

"Lo único que le dije es que acá estaba trabajando como mesero", expresa. Unos segundos después agacha su cabeza.

En el fondo, quizás, reconoce que hay algo de su razonamiento que no está bien. "Mi madre me suplicó que me saliera de esta vida, que me van a matar. Yo le dije que ya estoy fuera, que no me dedico a eso", agrega.

Tras su frase, se produce un silencio extenso. El ruido de los coches en la avenida no lo inmuta. Sus ojos clavan la mirada en el suelo y no sabe por dónde retomar.

"Sí me da miedo que me maten. No por mí, pero sí por mi madre. Creo que no lo superaría", dice. En el silencio se encuentran respuestas, pero no salidas.

Él, en el fondo, no cree que pueda salirse de esa vida. Una de las reglas, que también aceptó, es que la única forma de no pertenecer es que lo maten.

"Yo no soy un simple camello esporádico. Conozco nombres, rostros, rutas, personas. Lo más probable es que si dijera que me devuelvo, me matan aquí o en Colombia", asegura.

Paradójicamente confía en ellos. Tampoco desconfía de que de un momento a otro lo ataquen. "Entre ladrones no nos engañamos", comenta. Después, sus ojos ya no están perdidos.

Algo de él regresó. "Me gusta este mundo porque las reglas son claras. Y cuando se rompen, las consecuencias son acorde con ello", dice.

Vida en España

"En Madrid vendo mucha más droga que en Colombia. Me parece impresionante que acá se consuma con mayor frecuencia", asegura Iván.

Una de las "ventajas" es que la banda para la que trabaja, la cual no menciona su nombre, tiene diversos restaurantes y locutorios fachada para lavar su dinero.

"Ellos se encargaron de darme papeles. Aquí tengo NIE desde hace bastante tiempo", agrega. No tuvo que pagar nada. Además, figura un contrato indefinido a su nombre, en el que le "pagan" parte de su nómina.

Por parte de esa empresa recibe cerca de 1.500 euros mensuales. Y por fuera, en su mercado, puede ganar hasta 14.000 euros mensuales.

Su adicción ha mermado un poco, pero no la deja. A su madre le envía dinero. "Es poco para no levantar sospechas. Aunque eso en Colombia es bastante".

Años salvajes

Frente a Iván pasa un carro de la Guardia Civil. Los mira de reojo y su relato se detiene. "Es la costumbre", dice.

Cree que en algún momento vendrán por él. Las decisiones tienen un peso, que tarde o temprano la gravedad las lleva al piso. "No duermo tranquilo desde hace muchos años. Cuando era niño pensaba que iba a ser transitorio, pero no lo fue".

Ahora, con 27 años, sigue siendo su realidad. Lleva 13 años vendiendo droga. Muchas vidas han pasado por sus transacciones. Algunos los han matado. Otros están en la cárcel. Y otros tantos son simplemente adictos.

"A mi mejor amigo se lo 'bajaron'. Fue compañero mío vendiendo droga durante algunos años. Nos creíamos invencibles por ser jóvenes y éramos maleantes. Al final, le pegaron tres balazos y se fue", dice.

Iván no cree que haya un cielo o infierno al cual ir. Y que los pecados son simplemente malas decisiones.

Desde hace casi un año él se dedica a reclutar camellos en Colombia. La oferta sigue siendo la misma. Mensualmente vienen cerca de 10 o 20 personas, según la necesidad.

"En Madrid se mueve mucho la venta de droga. La mandamos por riders, en parques, en el centro, discotecas y somos invisibles", asegura.

También, algunos de los que contratan son los que cuidan los narco pisos. Con ellos son quienes más problemas tienen porque terminan consumiendo y vendiendo en esos lugares, lo que hace que los delaten y capturen.

Entre tanto, su móvil vibra. Es su madre. Ella le pregunta que cómo está y si ya comió algo.

Él le contesta que el trabajo está ajetreado y que muchas personas están entrando en su negocio, pero que luego le llama con calma.

Su madre, para colgar, le da la bendición. "No sé ella qué hizo para tener un hijo así", expresa.

Su plan no es regresar a Colombia, pero sí traer a su madre a vivir a España. Sin embargo, no lo ha hecho por el miedo de que descubra quién es.

Iván no se arrepiente de nada de lo que ha hecho. Ni de las muertes, los adictos, casi perder la vida o traficar.

Quizás, de lo que sí se lamenta, es de la "certeza de que mi madre, en algún momento, será quien me entierre a mí y no yo a ella".