María Jesús Montero frente a la prensa.

María Jesús Montero frente a la prensa. Mariscal EFE

Tribunas

Andalucía ha dejado de confundir al PSOE con "lo público"

En términos culturales, el PSOE ha dejado de tener sentido más allá del ejercicio del poder.

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En las últimas semanas, "la mujer más poderosa de la historia de la democracia" recorrió los caminos de Andalucía enarbolando, cual Libertad de Delacroix, la bandera de "lo público".

Venía de defender, desde el Ministerio de Hacienda, un sistema de financiación diferenciado para Cataluña semejante al que ya gozan Navarra y País Vasco merced a unos "derechos históricos" de los que carece la propia Andalucía.

La contradicción terminó siendo demasiado lastre, incluso para el habitual desparpajo contrafactual de la dicharachera candidata.

María Jesús Montero quiso transmitir sanidad, educación, ascensor social y protección de los vulnerables, pero los andaluces percibieron sobre todo genuflexión, aparato, burocracia y obediencia. Durante más de cuarenta años, el PSOE andaluz había logrado establecer una identidad emocional con las virtudes de lo público: que sus siglas se asociasen intuitivamente con hospitales, escuelas, empleo público, escudo social e incluso identidad andaluza.

Aquel PSOE de Felipe, de Guerra, de Rodríguez de la Borbolla, de Chaves, de Griñán y de Susana había conseguido que autonomía y partido se confundieran. La gente, simplemente, era del PSOE como el que era del Betis, y en torno a la Junta de Andalucía se establecía una red de pertenencia sentimental vinculada a la experiencia vital de los andaluces: el acceso a un empleo, a una beca, a una plaza de hospital, al PER o a la universidad era parte de la cultura colectiva establecida en 1982.

El PSOE andaluz era el partido sistémico, el protector de "lo nuestro", el administrador natural de los logros democráticos y del bienestar colectivo frente a la lógica atávica del cortijo y el señorito. El PSOE era entonces modernidad y progreso.

Felipe Gonzalez, siendo entrevistado.

Felipe Gonzalez, siendo entrevistado.

Los 28 escaños de Montero después de dos legislaturas de la derecha demuestran que esos tiempos no volverán. Y no es porque Andalucía se haya vuelto neoliberal de la noche a la mañana: simplemente, el andaluz promedio ya no compra al PSOE como escudo protector cuando se comporta, a todos los niveles, como un vehículo de poder totalmente ajeno al mismo concepto de igualdad.

La contorsión requerida para vender financiación a la carta para Cataluña mientras se pide el voto en Andalucía o Extremadura es demasiado incluso para el político más invertebrado. Los equilibrios de poder dependientes del puente aéreo no pasan nunca por Santa Justa.

La imagen de María Jesús Montero en esta campaña fue, además, completamente indisociable de la Agencia Tributaria y el Ministerio de Hacienda como focos no sólo de asimetría tributaria, sino de turbias tramas de corrupción vinculadas a condonaciones fiscales.

Peor aún, la desconexión emocional entre el PSOE y Andalucía terminó de consumarse en los trágicos eventos que han marcado la campaña. Sin haberse aún recuperado de la catástrofe de Adamuz, Andalucía se sobrecogía con la tragedia causada por las narcolanchas en Barbate.

En ambos casos, el PSOE dio la impresión de reaccionar con una frialdad que mezclaba cálculo demoscópico, argumentario de laboratorio y consigna orgánica, incapaz de empatizar con el que un día fue su electorado natural.

Montero representa mejor que nadie esa transformación del viejo PSOE andaluz en una sucursal desconectada de su propia historia sentimental. Por mucho que hiciera gala superficial de su identidad andaluza, su cultura política es la del pasillo ministerial, la del corrillo de comité federal, la de una urna oculta tras un biombo en Ferraz, la del aplauso entusiasta y desaforado a un dirigente que ha vaciado el caudal afectivo del socialismo andaluz.

La tosca identificación del PSOE con el aparato público ya no funciona por muchos motivos, pero tal vez el principal sea que el ciudadano ha dejado de percibir "lo público" como propio, para asociarlo en su lugar con una autoridad que se sirve, ante todo, a sí misma.

En ese terreno, el PP de Juanma Moreno se desenvuelve mejor precisamente como gestor más despegado del propio aparato institucional, que no reivindica como legítimo patrimonio.

Juan Manuel Moreno en 'El Hormiguero'.

Juan Manuel Moreno en 'El Hormiguero'.

Sin perjuicio de lo anterior, la pérdida de la mayoría absoluta por parte del PP, el estancamiento de Vox y el aumento de la participación demuestran que el electorado andaluz sigue exigiendo servicios públicos fuertes y de calidad: simplemente, desconfía profundamente de quienes hacen bandera de los mismos mientras detraen los recursos para hacerlos funcionar por cálculo político.

No es casualidad que dicho aumento de participación haya beneficiado exclusivamente a fuerzas ajenas al entramado gubernamental del PSOE y Sumar.

Esta desafección hacia el PSOE no es una derrota de "lo público", sino una muestra del rechazo que genera su apropiación moralizante. El PSOE se ató a ese mástil y el resultado ha sido visibilizar que han perdido el monopolio emocional sobre las instituciones redistributivas.

El PSOE ha dejado de ser el custodio del bien común, seguramente para siempre. En términos culturales, el PSOE ha dejado de tener sentido más allá del ejercicio del poder.

Lo más relevante de estas elecciones es la muerte de una identificación emocional que un día pareció indestructible. El PSOE andaluz, agotada su alquimia, ya no es capaz de aglutinar afectos en torno a su legado. Durante décadas logró algo extraordinario: convencer a millones de andaluces de que partido, autonomía y protección pública eran lo mismo.

Esa ilusión se ha roto, para bien y para siempre.

*** Carlos Conde Solares es filólogo y profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria.