Felipe González saluda efusivamente a Fidel Castro en su visita a Cuba el 14 de noviembre de 1986. Efe
España no puede actuar con Cuba como con Venezuela
La ausencia de una agenda crítica con la dictadura cubana descansa sobre un inmovilismo deliberado, a la espera de que esta caiga como fruta madura.
Poco falta para que el Gobierno español se declare actor principal de cualquier posible cambio en Cuba (como ha pretendido hacer en Venezuela), a pesar de que su política hacia La Habana oscila entre la irrelevancia y el silencio.
En la isla hay más de mil presos políticos. Desde 2021, cuando Exteriores reaccionó tibiamente a la represión de las protestas masivas, apenas ha habido pronunciamientos.
Eso sí, el ministro José Manuel Albares ha presentado un pomposo plan global de derechos humanos basado en generalidades y sin acciones concretas.
España no ha dedicado recursos financieros o políticos a la promoción de la democracia y los derechos humanos en Cuba. Mientras, sí subvenciona a la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), controlada por el Partido Comunista.
El objetivo, dicen los documentos sin sonrojo, es el "fortalecimiento sindical".
¿De quién? ¿Del sindicato único que representa los intereses de la patronal?
Un hotel español en Cuba.
Bajo este marco de inacción, el ministro Albares ha llevado al extremo una política de Estado sostenida por sus predecesores Miguel Ángel Moratinos, Trinidad Jiménez, José Manuel García-Margallo y Arantxa González Laya.
Moratinos, por ejemplo, desmontó la llamada Posición Común Europea. Desde entonces, la Bruselas que se opone al embargo económico, también ha declinado ejercer la presión política.
García-Margallo, en vez de corregirlo, se subió al carro del bajo perfil tras el encarcelamiento en Cuba del dirigente Ángel Carromero (PP).
De fondo siempre asoma (entre hoces y martillos, rosas rojas o gaviotas azules) el fantasma de la vieja orden franquista: "No toquen a Cuba". Una orden sólo incumplida por José María Aznar.
A día de hoy, el Partido Popular, con mayoría absoluta en la Cámara Alta, se niega a retirar la Medalla de Oro que el Senado entregó a Fidel Castro en 1987. ¿Será capaz de rectificar si regresa al poder?
Nadie lo sabe, porque Alberto Núñez Feijóo aún no ha pronunciado una sola palabra, ni ha sido capaz de abrir canales con el numeroso exilio cubano radicado en España, cada día más próximo a Vox.
Si España busca reeditar la teoría de la fruta madura, de John Quincy Adams (1823), lo primero es considerar sus riesgos.
Esa teoría planteaba que Cuba, al separarse de la metrópoli, no podría sostenerse por sí sola y gravitaría necesariamente hacia Estados Unidos, tal como una fruta madura cae al suelo por su propio peso.
"España no ha dedicado recursos financieros o políticos a la promoción de los DDHH en Cuba, pero subvenciona a órganos controlados por el Partido Comunista"
Hace décadas que Madrid dejó de influir positivamente en la isla, salvo como salida migratoria. Ya ni siquiera arranca excarcelaciones de presos políticos al viejo estilo de Manuel Fraga o Felipe González.
La ausencia de una agenda crítica con la dictadura cubana descansa sobre un inmovilismo deliberado, a la espera de que caiga como fruta madura, supuestamente con efectos distintos a los del trágico 1898 español.
Sin embargo, una actitud más favorable a la transición democrática se perfila como mejor opción que cruzarse de brazos, humillar a los opositores cubanos, y de paso irritar a Estados Unidos.
Sin obviar residuos ideológicos y rasgos de antiamericanismo primario, la postura española siempre se ha atribuido a la defensa de intereses económicos. Esto es totalmente legítimo, siempre y cuando no se protejan violaciones de derechos humanos.
El Gobierno español sabe que no existen riesgos para el capital foráneo, salvo los derivados del colapso. Por ello, es un error de apreciación imaginar represalias contra el empresariado español por una política más coherente desde Madrid.
La situación de los inversores hoy no puede ser peor, atrapados en una trama que impide el retorno de beneficios, dificulta la importación de suministros y carece de un mercado nacional mínimamente atractivo, debido a la pobreza inducida.
Como punto positivo podría argumentarse que la inversión turística ha trasladado a Cuba el exitoso know how español. Aunque, en realidad, esto sólo ha podido ser aprovechado por Gaesa, el entramado militar controlado por la familia de Raúl Castro.
Ya se sabe que allí el capitalismo es práctica limitada a unos pocos.
Las empresas hoteleras españolas están atrapadas ante el que podría ser el peor negocio de su historia. Estar allí desde hace casi cuarenta años no les ofrece ninguna ventaja futura, y menos en medio del nuevo orden internacional.
"El empresariado español aliado de la dictadura cubana podría enfrentar contrariedades añadidas en caso de un cambio político"
¿Se puede hacer negocios con una dictadura y al mismo tiempo no convertirse en su propagandista?
La tesis no parece posible para algunos. Líderes empresariales extranjeros han aceptado mesa y condecoraciones de Fidel Castro. Y más.
En los años noventa, las hoteleras ejecutaron las órdenes del castrismo para impedir el acceso de cubanos a sus instalaciones. Y luego, aceptaron un esquema (denunciado por organismos internacionales como una "forma de esclavitud moderna") que permite al régimen retener la mayor parte de los salarios.
Estas actuaciones, a juicio de diversos expertos, contravendrían las leyes de España, la Unión Europea y la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Fidel Castro dijo al expresidente González, según me contó este último en una entrevista, que "se llevaba mejor" con los empresarios españoles que con el gobierno del PSOE.
Afirma González que le respondió al dictador:
"Tú a los empresarios les das todo lo que quieren, y les quitas todos los impedimentos. Por ejemplo, no hay libertad sindical. Por tanto, [los trabajadores] no pueden negociar sus salarios. No hay nadie que le pueda hacer una huelga a un empresario. Es lógico que te lleves bien con la gente que te permite hacer lo que en otro sitio sería absolutamente imposible soportar".
Si bien España y los españoles constituyen una referencia positiva para los cubanos, el empresariado aliado de la dictadura podría enfrentar contrariedades añadidas en caso de un cambio político.
La idea de navegar viento en popa ante una posible transición democrática es tan incierta como cualquier lotería.
*** Michel D. Suárez es periodista hispanocubano radicado en Madrid.