Panorámica kazaja. Cortesía del autor.

Panorámica kazaja. Cortesía del autor.

La tribuna

Ojalá Kazajistán

El autor desgrana el esperanzador proceso de transición que vive el país de Asia Central y explica la importancia que tiene para Europa. 

Fue un taxista de Toledo el que le explicó al diputado kazajo Beirut B. Manrayev, vicepresidente para relaciones culturales, el significado de la expresión española “ojalá” y su origen. El sentido, más allá de la rápida traducción al inglés por “wish”, le sedujo tanto que a mediados de agosto la citó en la capital kazaja, Nursultán, durante una cena con 15 periodistas de todo el mundo. Invitados por el Ministerio de Asuntos Exteriores, la comitiva formaba parte de una estrategia que impulsa desde hace años el gobierno del país euroasiático en su lucha contra el desconocimiento que rodea a su nación.

Manrayev se expresó en castellano y dijo dos veces: “Ojalá, ojalá Kazajistán”. Y mientras lo decía en lo alto del restaurante mirador, a sus pies bullía la nueva Brasilia del siglo XXI, donde arquitectos como Norman Foster (autor de tres edificios, entre ellos una pirámide) o Gordon Gill y Adam Smith, entre otros, han hecho realidad el sueño del presidente Nursultan Nazarbaiev. Junto a estas muestras de nueva arquitectura, la acumulación de reediciones del pasado como el palacio de ópera -remedo de un templo jónico que evoca al Bolshoi y los teatros de ópera italianos en su interior- hacen de la nueva ciudad un pastiche a mitad camino entre la genialidad y la simpleza. Enamora o repele, pero no deja indiferente

Desde su independencia a finales de 1991, este país, pura expresión del infinito poder de la geografía sobre las relaciones humanas, delimitado por las montañas de Tien Sahn, el desecado mar del Aral, el lleno de petróleo mar Caspio, el río Sir Daria…, se está abriendo al mundo en un proceso paulatino, quizás más lento de lo que sus ciudadanos querrían y más rápido de lo que algunas de sus autoridades desearían. La creación de la nueva capital, primero llamada Astaná y ahora rebautizada como Nursultán en homenaje a su creador, el hasta ahora presidente de la República, es el epítome que sintetiza defectos y virtudes de la novena nación más grande del mundo, asimismo una de las menos densamente pobladas.

Las analogías con Estados Unidos son buscadas y jaleadas desde el propio país

Las analogías con Estados Unidos son buscadas y jaleadas desde el propio país y llegan hasta detalles nimios como la escultura en homenaje a Nazarbaiev que se le dedicó en el Museo de la República, una imitación, en pequeño, de la que los americanos erigieron a Abraham Lincoln. En el caso de la escultura kazaja se empleó bronce por expreso deseo del presidente; el hombre tiene ego, pero no tanto. El detalle del material no es baladí; en el vecino Turkmenistán las erigen de oro.

Uno es uno y su contexto y, comparado con todos los países de su entorno incluidas Rusia y China, Kazajistán es el que más cerca puede estar de ser algún día una democracia plena. Hombre de orígenes humildes, Nazarbaiev ha sabido manejar los órganos del estado soviético para transformar su nación en uno de los países más prometedores del mundo, y ha logrado que el terrorismo islámico esté anestesiado.Unos cambios que ha hecho sin rebelarse contra la madre Rusia.

Más déspota ilustrado que dictador, Nazarbaiev ha tenido una visión y la ha culminado tras dos décadas. Ahora ha decidido dejar el cargo en un gesto que evidencia que el envite iba en serio, que lo suyo no iba de monarquía absoluta encubierta, y ha optado por poner al frente de la nación a un diplomático, un embajador ante la ONU, Kassym-Jomart Tokayev, hijo de Kemel Tokayev, héroe de la II Guerra Mundial y escritor. Tras ganar las elecciones con un 71% de los votos, y en medio de protestas por la detención de centenares de opositores, las primeras declaraciones del nuevo presidente apuntando a la necesidad de un mayor diálogo entre gobierno y pueblo da pistas de que las reformas políticas también están llamando a la puerta.

Paseando por el Panfilov Park de esta ciudad o por el pequeño Metro (nueve paradas), se ve Kazajistán como un lugar agradable, donde sentirse seguro. Este agosto, mientras en Kiev hacían concursos de fuerza, en Almaty una acción publicitaria de Sprite reunió a un grupo de jóvenes kazajos que demostraron sus habilidades bailando breakdance, rodeados por chavales enganchados a Facebook o Instagram, compartiendo vídeos, mientras en los supermercados se podían escuchar canciones de reguetón (¡!) como hilo musical.

La prioridad desde la independencia ha sido crecer y seguir su tradición de paz. Pero necesita inversión.

Kazajistán quiere mostrarse al mundo, que se vea cómo es e intenta ser. Su prioridad desde la independencia ha sido consolidar su crecimiento y seguir su tradición de lugar de paz. La obsesión ha sido captar apoyos económicos para impulsar el país y aumentar la riqueza. Entre sus instituciones tienen organismos que, como explicaba un miembro del Gobierno, literalmente cogen de la mano a los inversores y les llevan por el país. Porque es lo que necesitan: inversión.

Su estrategia turística no tiene otro fin que hacer que posibles inversores sepan que se puede confiar en ellos. Algunas empresas españolas ya lo han hecho. La buena relación personal entre el Rey Emérito Juan Carlos I y Nazarbaiev ayuda. Talgo, Zara, Mango... ya están allí; en el aeropuerto de Almaty se podían ver máquinas de Azkoyen, en sus calles publicidad de Roca. Otras compañías se incorporarán en breve. Según me explicaron representantes gubernamentales, Meliá estudia instalar un hotel en Astaná.

Con un considerable potencial turístico, estaciones de esquí como Shymbulak, ruinas como las de la ciudad perdida de Otrar -auténtica Pompeya del desierto arrasada por Gengis Kahn-, lugares de peregrinación como el mausoleo Timurid de Khoja Ahmed Yassaui en Turquestán, enclaves de la historia científica mundial como el cosmodromo de Baikonur, o parajes de gran belleza como el cañón de Charyn, las montañas Altai o los lagos Kolsai, Kazajistán se presenta como la joya a descubrir, el destino cómodo, más accesible de lo que parece, y muy familiar. Sus calles están llenas de las mismas franquicias que las nuestras. Es, con diferencia y de largo, la ex república soviética del centro de Asia que mejor está llevando a cabo la transición y comienza a ser equiparable a cualquier país occidental.

Aunque se muestran independientes, sus vínculos con Rusia son su primera carta de presentación al mundo.

En este tránsito delicado los kazajos no han ido solos. Destacadas personalidades de Francia como Jacques Attali colaboraron en la redacción de una constitución que toma como modelo la gala. Francia ilumina este lado de Asia.

Apoyada en la riqueza que le proporcionan sus materias primas, que van desde grandes depósitos de petróleo a gas, pasando por prácticamente todos los minerales de la tabla periódica, Kazajistán mira al futuro sin dar la espalda a Rusia, una nación de la que se muestran independientes pero cuyos vínculos mantienen siempre presentes porque son su primera carta de presentación al mundo.

Kazajistán cuenta con 18 millones de habitantes. Los estudios que manejan en el país hablan de que si no hubiera sido por la hambruna kazaja de 1930–1933, episodio conocido como el genocidio de Goloshchokin, y la II Guerra Mundial superarían los 40 millones. Esta historia ha hecho que todo kazajo albergue en su memoria personal dramas de dolor como los retratados por Vasili Grossman. Si a ello se une que en la literaria Semey (antes Semipalátinsk), allá donde fue desterrado Dostoievski, la URSS lanzó más de 450 bombas atómicas dentro del programa nuclear soviético, o la mentada desecación del Mar del Aral, se podría convenir que los kazajos tienen mucho que reprochar a la madre Rusia. Pero no lo hacen.

La importancia estratégica de Kazajistán es absoluta. Gracias a su estabilidad China ha podido apostar con tranquilidad por reeditar su nueva Ruta de la Seda. “Hay gente que le tiene miedo a China. Nosotros no. No podemos ni debemos, son nuestros vecinos”, comentaba un diputado. Y en la tradición kazaja, un vecino es un regalo de Dios.

Su futuro será clave para Europa: como muro de contención del islamismo radical y nudo de comunicaciones

Su islamismo es abierto y los kazajos se vanaglorian tanto de una mezquita como de una catedral ortodoxa. Si hubo un tiempo en el que estaban en medio de la nada, ahora, en el nuevo mundo global, están el centro del mundo: al norte Rusia, al este China, al oeste Europa y al Sur la India.

El futuro de Kazajistán será clave para Europa: como muro de contención del islamismo radical, como nudo de comunicaciones esencial y, sobre todo, como proveedor de materias primas. La inercia invita a pensar que seguirá liderando el cambio en Asia Central y que, gracias a su influencia, esta parte del mundo iniciará un crecimiento sostenido. Nazarbaiev quería la paz, impulsó conferencias por Siria, mantuvo reuniones con sus vecinos de la región, ha impulsado organismos internacionales y por eso, para sustituirle, optó por un diplomático. La máxima que regirá la política kazaja ahora será que todos los acuerdos que mantengan sean un win to win claro, en el que todos ganen. Es muy difícil no tener simpatías por el proyecto. Ojalá Kazajistán, ojalá.

*Carlos Aimeur es periodista.

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