La líder del Partido Socialdemócrata sueco, Magdalena Andersson, y el secretario del partido, Tobias Baudin, en Estocolmo, Suecia, el 14 de septiembre de 2026.

La líder del Partido Socialdemócrata sueco, Magdalena Andersson, y el secretario del partido, Tobias Baudin, en Estocolmo, Suecia, el 14 de septiembre de 2026. Reuters

Columnas EL PANDEMONIUM

El voto inmigrante decidirá el Gobierno en España muy pronto

Sin el voto inmigrante, la izquierda habría perdido con claridad las elecciones en Suecia.

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Es imposible hacer cambiar de opinión a alguien con argumentos racionales si se ha convencido de ello mediante argumentos emocionales. Esta es una regla de la naturaleza humana que suele cumplirse sin excepciones.

El ejemplo más obvio de ello es la respuesta a la pregunta ¿qué ocurriría si dividiéramos un país en dos mitades iguales e implantáramos en una de esas mitades el socialismo y en la otra el capitalismo?

La humanidad tiene a su alcance no una sino dos respuestas a esa pregunta. La primera es Corea y la segunda es Alemania.

En la mitad socialista, pobreza, hambre, feísmo, amoralidad, totalitarismo, deshumanización y muerte industrializada. Países prisión en los que la miseria es obligatoria y el Estado ametralla por la espalda a aquellos que intentan huir del paraíso.

En la mitad capitalista, civilización.

Y si no te gusta lo que hay en la mitad capitalista, permiso para largarte con viento fresco en busca de mejores pastos.

Una de esas libertades raramente utilizadas. Hasta los más fervorosos partidarios del socialismo suelen evitar a toda costa vivir en los países donde se ha implantado una versión más pura de sus ideas más bienintencionadas.

Kin Ju-ae sentada entre su padre, Kim Jong-un, y su madre, Ri Sol-ju, en las celebraciones del Día Nacional de Liberación en Pionyang.

Kin Ju-ae sentada entre su padre, Kim Jong-un, y su madre, Ri Sol-ju, en las celebraciones del Día Nacional de Liberación en Pionyang. KCNA via REUTERS

Esos dos ejemplos bastarían en un mundo racional para descartar el socialismo como sistema de organización de sociedades complejas, de la misma forma que hemos descartado la homeopatía como alternativa a la medicina alopática occidental. Con la excepción de algunos idiotas, claro.

Pero en la práctica, ha ocurrido lo contrario.

Aquellos que se han convencido mediante argumentos emocionales de que el socialismo funciona han elaborado un largo listado de excusas para esquivar el peso de las pruebas. "Eso no es verdadero comunismo", "el socialismo es la versión democrática del comunismo", "el contexto es diferente", "en realidad no son sociedades tan terribles", "nosotros aplicaremos bien lo que ellos han aplicado mal".

Observen que el defensor del socialismo se convence primero de su fe con argumentos emocionales y luego retuerce la realidad para elaborar una argumentación presuntamente racional en defensa de su creencia irracional.

Con la inmigración ocurre algo muy parecido.

Con la diferencia de que en este caso no teníamos, hasta este fin de semana, un ejemplo de qué ocurre si inundas una sociedad occidental con un tipo de inmigración cuyos valores son incompatibles con ella y le concedes a esos inmigrantes la nacionalidad y el derecho al voto.

Pero ya tenemos nuestra Corea del Norte de la inmigración.

Esa Corea del Norte es Suecia, que este fin de semana ha demostrado qué ocurrirá en todos aquellos países que han permitido que la inmigración crezca hasta llegar a porcentajes superiores al 20% (en Suecia es del 21%).

A falta del recuento del voto extranjero y salvo sorpresas, no del todo descartables, parece que el bloque de los partidos de izquierdas ganará las elecciones con un margen mínimo sobre el bloque de los partidos de derechas.

En el momento de escribir esta columna, ese margen es del 0'4% de los votos y apenas 28.000 papeletas.

Es decir, un empate técnico.

El margen es tan estrecho que es seguro decir que el voto de los ciudadanos suecos de origen extraeuropeo (el de los inmigrantes nacionalizados) ha pesado más que la diferencia entre bloques, y que en barrios concretos donde la inmigración llega al 90% el voto a la izquierda ha sido abrumador.

Dicho de otra manera, sin el voto de la inmigración nacionalizada la derecha habría ganado las elecciones.

Con el voto de esa inmigración, la izquierda ha ganado por la mínima unas elecciones que tenía perdidas.

El resultado es el más ajustado de la historia reciente de Suecia. Con cerca del 95% de los distritos contabilizados, la oposición (la izquierda) tiene 176 escaños y el bloque Tidö (la derecha) 173. En Suecia, hacen falta 175 escaños para la mayoría absoluta.

El voto por origen está muy polarizado. Según las encuestas a pie de urna, el voto de los ciudadanos de origen extraeuropeo es del 70% a favor de la izquierda y del 27% a la derecha.

La encuesta de simpatía de la Oficina Central de Estadísticas de Suecia (SCB) de mayo 2026 decía algo parecido con la categoría más amplia utländsk bakgrund (nacido fuera o con dos padres nacidos fuera): 65% frente a 28%.

Pero entre los suecos nativos, los dos bloques estaban prácticamente empatados antes de las elecciones (la derecha iba casi un punto y medio por delante: 46,3% frente a 44,9%).

Dado que la derecha ha mejorado en las urnas el resultado de los sondeos, parece obvio que su victoria habría sido bastante holgada de no ser por el voto de los inmigrantes nacionalizados.

El líder del partido de derecha Demócratas de Suecia, Jimmie Åkesson, pronuncia un discurso tras las elecciones generales del domingo en Estocolmo, Suecia, el 13 de septiembre de 2026.

El líder del partido de derecha Demócratas de Suecia, Jimmie Åkesson, pronuncia un discurso tras las elecciones generales del domingo en Estocolmo, Suecia, el 13 de septiembre de 2026. Reuters

El grupo de esos nacionalizados no es pequeño. Unos 1,33 millones de electores del Riksdag son nacidos en el extranjero (ciudadanos suecos). La estimación de origen extraeuropeo ronda el 13% del censo (un millón). La utländsk bakgrund oficial (nacido fuera o dos padres nacidos fuera) está en torno al 21% de los ciudadanos con derecho a voto.

En los barrios con fuerte presencia de inmigrantes hay cifras extremas de apoyo al primer partido de la izquierda (Vänsterpartiet, el Partido de Izquierda, o los Socialdemócratas, dependiendo de la zona).

En Rinkeby mellersta (Estocolmo), ese apoyo es del 60,3% (en 2022 era del 32%).

En Hjällbo Södra (Gotemburgo), el 46,7%.

En Kryddgården Norra, Rosengård (Malmö), 47,3%.

En zonas que la policía clasifica como especialmente vulnerables, los dos principales partidos de la izquierda suman el 70% de los votos. Con los otros dos partidos de izquierdas, el bloque rojo-verde supera con facilidad el 75-80% en varios distritos.

La aritmética del "qué pasaría si no votaran los nacionalizados" es la que da fuerza al argumento: si el electorado de origen extraeuropeo vota 70-27% y los suecos de origen están en un 50-50%, ese grupo extraeuropeo aporta un saldo neto de decenas de miles de votos a la oposición, muy superior a los 28.000 que separan a los dos bloques.

Suecia no es la excepción. En Reino Unido, el voto de minorías étnicas es masivamente laborista desde hace décadas, y en 2017 y 2024 fue decisivo en escaños urbanos.

En Francia, el voto de los barrios en manos de la inmigración pesa en municipales y en presidenciales (aunque el sistema a dos vueltas tiende a reducir su impacto y ralentiza la tendencia).

En Holanda y Bélgica se da el mismo sesgo de apoyo de la inmigración a la izquierda.

Lo específico de Suecia 2026 no es el fenómeno, sino el resultado. Es la primera ocasión en que la inmigración decide, en unas elecciones generales, el gobierno del país en contra de la voluntad mayoritaria de los nacionales de ese país.

Por supuesto, el argumento es que esos inmigrantes no son extranjeros, sino nacionales. Es el eterno debate. ¿Es la nacionalidad un vínculo cultural y moral? ¿O es un mero apunte administrativo en el BOE?

Repito algo que he escrito en más de una ocasión: el voto de la inmigración es siempre identitario, nunca ideológico.

Y a falta de un partido claramente identitario (ese es el próximo paso del proceso), la inmigración nacionalizada votará a los partidos que a) les garanticen más ayudas sociales, abran las fronteras de par en par y concedan más facilidades para el reagrupamiento familiar, y b) se muestren más dispuestos a acelerar el proceso para que los valores de la inmigración acaben imponiéndose a los de la sociedad de acogida.

El ejemplo está ahí para quien quiera verlo, iluminado con luces de neón, como lo está el de Corea del Norte.

Pero ¿ha cambiado la opinión de un solo votante socialista el ejemplo de Alemania y Corea? No.

Pues ahí tenemos el futuro de la UE y, muy especialmente, de España. ¿Qué son la regularización de ilegales y la Ley de Nietos, votada por cierto con convencimiento por el PP, sino un intento de alterar el censo electoral con el objetivo de provocar el mismo resultado que en Suecia?

Ojalá me equivoque, pero no me equivoco.