Irene Montero, feliz.
La Chatisfera
Los sondeos y los estudios lo dejan claro. No son los chicos, sino las chicas, las que se están radicalizando de forma acelerada. Hacia la izquierda.
La narrativa oficial nos dice que los chicos se están volviendo machirulos. Al sentirse amenazados por el progreso de las mujeres, y renuentes a abandonar su masculinidad tóxica, están empezando a votar masivamente a la derecha.
Incluso, en sus versiones más extremas, se han vuelto tan misóginos que frecuentan la "manosfera", un misterioso espacio virtual en el que se denigra sistemáticamente a las mujeres.
Con una muestra de 2.000 jóvenes británicos de entre dieciocho y treinta años, Merlin Strategy ha hecho una encuesta para la revista New Statesman, y los resultados son llamativos.
El primero, que no son los chicos sino las chicas las que se están radicalizando de forma acelerada. Hacia la izquierda.
El estudio pinta a unas jóvenes decididamente "progresistas", es decir, anticapitalistas (piensan que el sistema está en su contra y muestran una mayor simpatía hacia el comunismo), anti-imperialistas, pro-Palestina (curiosamente, no anti-Irán), e inclinadas al feminismo de género y a la ideología trans.
Las mujeres que han cursado estudios superiores son mucho más de izquierdas, especialmente en temas económicos, que las que no tienen educación superior.
Ana Redondo, ministra de Igualdad. PSOE
Y la cosa va a peor: las mujeres de dieciocho a veinticinco años son claramente más radicales que las de veinticinco a treinta años.
Según el estudio, las chicas mantienen su posición ideológica con bastante intolerancia. Una de cada cuatro consideran una "bandera roja" para una eventual relación que el chico tenga opiniones políticas diferentes.
El 60% tendría dificultad para salir con alguien que discrepe con ellas sobre el conflicto entre Palestina e Israel, o sobre Donald Trump, y al 7% de las más jóvenes les resultaría difícil tener una relación con alguien que no comparta sus opiniones sobre "justicia social". Esto demuestra, de paso, su extrema vulnerabilidad a la moda.
Además, las chicas muestran una profunda hostilidad y desconfianza hacia los chicos: mientras que un 72% de los chicos tiene una visión positiva de ellas, sólo el 50% de las menores de treinta años la tiene sobre ellos, porcentaje que desciende al 25% en las menores de veinticinco.
Sólo el 11% de las mujeres de dieciocho a veinticinco años tienen una visión "muy positiva" de los hombres.
No es difícil entender cómo han llegado allí. Una ideología, rápidamente recogida por los políticos, les ha explicado que son víctimas, y les han ofrecido ventajas para compensar la situación.
Todo esto no proviene de un problema real de desigualdad, sino de incompetencia. Nuestros políticos actuales no tienen nada que ofrecer más que chuches, esta vez en forma de discriminación "positiva".
Este es el enésimo ejemplo en el que los partidos políticos a menudo estropean más de lo que arreglan.
En todo caso, estas lisonjas y prebendas no les han hecho más felices, y la encuesta muestra a unas jóvenes angustiadas.
Preguntadas por la posibilidad de ganar más dinero que sus padres, y de poder comprar la casa que quieren, son, respectivamente, 21 y 18 puntos porcentuales menos optimistas que los chicos. Además, contra toda evidencia, siguen convencidas de que el sistema trabaja contra ellas ("aún hay mucho que hacer").
En general, son sistemáticamente menos felices, menos ambiciosas, menos emocionadas y menos realizadas que los hombres de su edad.
Las mujeres de clase media y profesional son las más pesimistas de todas, más incluso que las de clase trabajadora.
Manifestación organizada por el Movimiento Feminista de Madrid. EFE
¿Y tienen razones para la queja y el agravio? Pues no. Las mujeres de dieciséis a veinticuatro años tienen más empleo a tiempo completo que los hombres de su misma edad y ganan de media un 9% más. Además, la tasa de desempleo es más alta entre los jóvenes: 6,3 puntos porcentuales.
En fin, todo esto muestra una generación bastante cargante, y es imposible no sentir simpatía por los pobres chicos que tienen que lidiar con estas chicas tan empoderadas y propensas a la corajina.
Además de las fracturas territoriales y sociales, debemos a nuestros políticos fomentar una guerra de sexos, que obviamente no contribuye a la perpetuación de la sociedad. De hecho, una de cada cinco mujeres blancas menores de treinta años manifiesta no querer tener hijos. Normal, si están convencidas de que los hombres son unos mendrugos.
"Queda mucho que hacer" es un disclaimer habitual que se emplea antes de decir que, hombre, realmente ya estamos en una sociedad igualitaria. Se emite como un "detente bala" ante la sospecha (fundada) de adentrarse en un campo de minas. Pero es el momento de cambiar su significado.
Queda mucho por hacer, sí: recorrer el camino de vuelta a la normalidad.