David Uclés.

David Uclés.

Columnas DESÓRDENES

Ser famoso es de paletos

Manuel Vicent dijo en el podcast Hotel Jorge Juan que lo ideal no es ser famoso, sino un poco popular, lo justo como para que el mecánico te arregle la avería del coche un viernes por la tarde o para ir a tu restaurante favorito y que te dejen la mesa.

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Estos días leí un dato perturbador: el 49,4% de los títulos impresos disponibles en las librerías de España vende cero ejemplares a lo largo de un año. Es decir, ahora todo el mundo escribe, pero no importa, porque nadie lee.

Es una gran soledad, desde luego. Una soledad como de película sueca. Una incomunicación bergmaniana. Una sordera.

Nos han contado los psicólogos (qué máquinas: mientras les pagamos en cash), que enfermedad es dificultad para decir, pero era mentira.

Enfermedad es dificultad para escuchar.

Me imagino a millones de personas escribiendo cartas que lanzar al océano dentro de botellas que nadie recogerá nunca en un buen golpe de marea, porque todo el mundo, al otro lado, está ocupado escribiendo cartas que lanzar al océano en botellas.

Es una maldición bellísima. Una maldición de cuento.

La Biblioteca Pública de Nueva York

La Biblioteca Pública de Nueva York Reuters

Recuerdo las historias que me contaron de niña en las que a un personaje, en su travesía, se le presentaba la oportunidad de hacer algo por los demás, no lo hacía (esto ya nos daba idea de su catadura moral), y, como consecuencia de esa decisión, cavaba su propia tumba. Nos daba pena y no. Era de justicia poética, la única que tenemos a mano.

Se nos olvidó un poco eso: que nuestro destino está trenzado con el de los otros, como una silla de mimbre.

No creo, en realidad, que a la mayoría de la gente le importe la literatura. De hecho, saben leer con dificultad. Todos los libros con los que saturan el mercado son sólo una forma levemente más prestigiosa de coger el micro. Ellos no quieren escribir. Quieren publicar.

En fin, quieren ser famosos.

Esto es sólo un trampolín. Escriben como sueñan con hablar frente a las gradas: sin que nadie les interrumpa durante doscientas páginas. Diseñando una ovación final.

Entiéndeme: yo pienso que querer ser famoso es de paletos.

Creo que dijo Manuel Vicent en el podcast Hotel Jorge Juan que lo ideal no es ser famoso, sino un poco popular, lo justo como para que el mecánico te arregle la avería del coche un viernes por la tarde o para ir a tu restaurante favorito y que te dejen la mesa.

Yo añadiría que la popularidad perfecta, la razonable, es aquella con la que te dejan entrar al Tempo II sin hacer cola. Lo demás es obscenidad.

Leo a Pessoa acerca de esto: "La celebridad es una plebeyez, por eso debe herir al alma delicada. Es una plebeyez porque es ser evidente, ser el centro de todas las miradas, y eso inflige a la criatura delicada una sensación de parentesco exterior con las criaturas que arman escándalo en las calles".

Fernando Pessoa con veintiséis años.

Fernando Pessoa con veintiséis años.

Esta es mi parte favorita: "El hombre que se vuelve célebre pierde su vida íntima: se vuelven de cristal las paredes de su vida, su manera de vestir siempre parece excesiva. Es preciso ser muy grosero para ser célebre a voluntad".

O sea: que hay una tristeza en la celebridad. Hay una vulgaridad en el asunto, un trazo grueso del mundo.

Me incomoda cada vez más el gesto histriónico, el gesto David Uclés. Mírame. Diré cualquier cosa con tal de que me mires. Haré cualquier cosa con tal de que me sigas mirando. Tocaré el piano. Cantaré. Hablaré las lenguas vernáculas. Fingiré una indisposición. Amenazaré con irme del país, con irme mucho tiempo. Me autoexiliaré. De veras que haré lo que sea. Hasta escribiré un libro para que me quieras. No, no. Escribiré un libro para que me admires.

A mí me parece que ser famoso es ser cutre porque tiene algo masivo, algo gregario, algo barato. Tengo memoria de aquella Feria del Libro en la que vi a Vila-Matas firmar lo suyo a cuatro adeptos mientras daba la vuelta a los árboles la cola para la firma de un youtuber.

¿Es este recuerdo oportunista? No sé, pero seguro que es cierto. Y desconcertante.

Qué victoria pírrica ser famoso en una era tan estúpida como esta.

Ser famoso es también ser esclavo de muchas cosas, es tener muchas servidumbres. Tus fans siempre están a punto de odiarte, a punto de sacrificarte en público. Son ventoleras de admiración y muerte. Este amor es el amor más frágil del siglo.

Estás suspendido. A la mínima muestra de personalidad propia, te dejarán caer.

Hay un tiempo para la fama. Es hoy, es este tarado instante. El tiempo de la literatura es otro: unos años, unas décadas. Lentamente, el tiempo de la literatura es largo y es siempre.

Leo a Umbral, emocionante: "Y escribo, cada mañana, me siento a la máquina, dejo que fluidos oscuros, luminosidades de la noche asciendan a mí, y todo el torrente del idioma pasa a través de algo, de alguien, porque escribir es una cosa pasiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista".

¿No es esto hermoso? Umbral defiende la escritura de la desaparición, la escritura traslúcida y abierta, no la escritura obtusa y limitada por uno mismo, no la escritura de la presencia mórbida.

Umbral escucha el sonido del mundo y asegura que escribir es "sólo una cuestión de trance".

"Dicen los modernos lingüistas que no hablamos una lengua, sino que la lengua habla a través de nosotros. Es el río del idioma lo que se pone en movimiento cuando me siento a la máquina. El mundo se expresa a través de mí. Hay que hacerse transparente para que el mundo pase a través de uno configurado como discurso. Hay días en que se levanta uno transparente, y entonces conviene aprovecharlos para escribir".

Ah, dios. Así era como se hacía.