Dice Ion Antolín Llorente, director de Comunicación del PSOE, que "hay algo de ruido", pero que el partido "va bien". Ion es favorito indiscutible al premio al mejor eufemismo político del año 2023: "Algo de ruido". Y eso que sólo estamos a mayo. 

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Se queja Pedro Sánchez de que el PP ha "embarrado" la campaña para desmovilizar al electorado. "¡No quieren que votemos!" dice. Cualquiera diría que el partido que ha incluido a 44 terroristas en sus listas es socio parlamentario del PP. O que son del PP los políticos que están siendo investigados por comprar votos en varias localidades españolas. O que es el PP el partido al que se relaciona con el secuestro a punta de pistola de una concejal en Maracena. O que es el PP el partido que ha callado frente a todos esos escándalos mientras acusaba a la oposición de embrutecer la campaña.

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Más chocante incluso es la alusión del presidente a la desmovilización. Porque si algo le interesa al PP este domingo es que los españoles voten. Es el PSOE al que le interesa, a la vista de los escándalos que han regado generosamente su campaña, que los españoles se queden en casa este 28M. Encerrados a cal y canto, si es posible. Y si este domingo llueven tsunamis en Madrid, mejor que mejor. 

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No ha habido campaña electoral más destructiva para la democracia que la que acabamos de vivir. Sus daños se revelarán poco a poco y los lamentaremos durante mucho tiempo. Porque la labor de destrucción de la confianza en las instituciones ha sido concienciada, despiadada e indiferente. En cierta manera, hemos visto la misma labor de disolución de la cohesión social que llevan ejecutando desde hace 45 años los nacionalistas vascos y catalanes en sus regiones. Pocas instituciones del Estado habían resistido tan bien el embate del populismo como nuestro magnífico sistema electoral. Pero incluso él saldrá seriamente magullado de estas elecciones. 

Salvador Illa, Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, este viernes en el cierre de campaña del PSOE en Barcelona.

Salvador Illa, Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, este viernes en el cierre de campaña del PSOE en Barcelona. EFE

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Al final, ha ocurrido lo que vaticinó Alfredo Pérez Rubalcaba: "El argumento me lo conozco, sentémonos con ellos y acabarán siendo buenos. Pero cabe la posibilidad de sentarse con ellos y acabar siendo malos". Que es la versión popular de una de las citas más conocidas de Más allá del bien y del mal de Nietzsche:

Cuando miras durante largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti

Y eso es exactamente lo que le ha ocurrido al PSOE. Que lleva demasiado tiempo mirando al abismo (cinco años, concretamente) y que ahora ya es indistinguible de él. Pero también es cierto que no se mantendrá en el poder sin él. Ese es su castigo. 

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Esta campaña ha visto a asesinos (y a sus cómplices y cooperadores necesarios) en listas electorales. Ha visto a miembros del Gobierno señalar y acosar a ciudadanos particulares con técnicas batasunas para destruirles civilmente. Ha visto comprar votos. Ha visto secuestros. Ha visto agresiones. Ha visto mentir a la Fiscalía de la Audiencia Nacional en favor del Gobierno. Ha visto al CIS utilizar el dinero de los españoles para manipular los datos de sus sondeos en favor del presidente del Gobierno. 

Y eso sin entrar en el derroche de miles de millones de euros de los españoles en medidas improvisadas, frívolas y electoralistas cuyo único objetivo era arrastrar unas pocas décimas de voto en el mejor de los casos (y muy probablemente ni eso).

Y no, esto no implica "amañar" unas elecciones en el sentido popular de la expresión. Pero tampoco nos permite calificarlas como "exquisitamente democráticas"

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No es casual que Feijóo haya cerrado la campaña en Madrid y Sánchez en Barcelona. Evidentemente, el PSOE da por perdido Madrid y el PP, Barcelona. Pero hay algunas lecturas interesantes que van más allá de lo obvio. 

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En primer lugar, la España que quiere Pedro Sánchez se parece mucho más a la Barcelona de Ada Colau que al Madrid de Ayuso y Almeida, de la misma forma que la España que quiere Feijóo se parece mucho más a Madrid que a Barcelona. En todas las elecciones se enfrentan dos modelos de país, y nada encarna mejor hoy los modelos de PP y PSOE que Madrid y Barcelona. 

La vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, este viernes en Barcelona.

La vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, este viernes en Barcelona. David Oller Europa Press

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En segundo lugar, la alcaldía de Barcelona puede ser una de las pocas alegrías que se lleve el PSOE este domingo (mantener Sevilla o Vigo no podría considerarse una alegría porque entra dentro de lo previsible para el PSOE). Una victoria del PSC sobre Junts y Ada Colau le daría a Sánchez, entre otras ventajas, argumentos de peso para sostener su teoría de la "pacificación de Cataluña". 

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En tercer lugar, Barcelona tiene un simbolismo evidente para la izquierda, que considera su agónica decadencia como la prueba de que su teoría del decrecimiento (ciudadanos más pobres en una ciudad más violenta y jurídicamente insegura, pero más "felices") es aplicable a gran escala al resto del país. Barcelona es el modelo de Más Madrid y de Podemos para Madrid de la misma forma que Málaga lo es para el PP andaluz. 

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"Estas elecciones han sido una puta locura y todavía no ha llegado la jornada de reflexión" decía ayer un tuitero. "Miedo me da cuando nos pongamos a pensar" añadía. Y es que uno no sabe ya si es mejor que los españoles piensen o que no piensen

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"Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le dará importancia a robar, del robo pasará a la bebida y a la inobservancia del domingo, y acabará por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente" escribió Thomas de Quincey en su libro Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Algo así ha pasado en esta campaña electoral, que empezó con asesinos en las listas, continuó con compra de votos y ha acabado con una alcaldesa del PSOE de Aragón enganchándose ilegalmente al alumbrado público. 

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El día de reflexión es un anacronismo, como el de la prohibición de publicar sondeos electorales durante los últimos días de campaña. Pero a caballo regalado no le miren el dentado: disfruten del silencio, aunque sólo sea por 24 horas. 

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Y una última apuesta: el domingo por la noche habrá lloros. La duda no es si habrá un cambio de ciclo político, sino cuántos ciclos políticos acabarán ese día. Mi apuesta son tres. Y no precisamente menores. 

Pablo Iglesias habla frente a Alejandra Jacinto y Roberto Sotomayor en un mitin de Podemos en Lavapiés.

Pablo Iglesias habla frente a Alejandra Jacinto y Roberto Sotomayor en un mitin de Podemos en Lavapiés. J.P.Gandul EFE

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Anteriores entregas de Maldades de campaña:

Día 1 de campaña: La campaña empieza en Barcelona con la tradicional pegada (de mamporros)

Día 2 de campaña: El combate del siglo: ETA y los okupas contra Joe Biden

Día 3 de campaña: A Bildu le molesta "el ruido de Madrid" y pide silencio sepulcral

Día 4 de campaña: Pablo Iglesias amenaza con generar "conflicto" y ERC se estrella en Barcelona

Día 5 de campaña: En el PSOE no son conscientes aún, pero el hechizo se ha roto

Día 6 de campaña: El nuevo Bildu: mismo sabor, un 15% menos de terrorismo

Día 7 de campaña: Los españoles son los seres vivos que más se parecen al PSOE, según el CIS 

Día 8 de campaña: ¿A quién estarán votando en realidad los votantes de Ciudadanos el 28M?

Día 9 de campaña: Podemos señala al hermano de Ayuso como el Goldstein español

Día 10 de campaña: Lo del 28M no es una campaña electoral: es una campaña de exterminio

Día 11 de campaña: El resultado en Valencia decidirá el nombre del próximo presidente del Gobierno (o no)

Día 12 de campaña: No podemos esquivar más este debate: ¿a quién le da votos la violencia en España?

Día 13 de campaña: Vinicius sustituye a ETA en la segunda semana de campaña

Día 14 de campaña: A esta campaña ya sólo le falta un meteorito y el domingo habrá sorpresas

Día 15 de campaña: El resultado de las elecciones ya lo sabemos: ahora sólo falta votar