Cuanto más se conoce al actual presidente del Gobierno, es imposible no ir teniendo peor opinión sobre él.
Al final de mi carta del domingo pasado, lo dejé asomando la cabeza sobre las playas de Ceuta, con la perspectiva del Joker: “Altero el orden establecido y todo se vuelve caos. Soy un agente del caos. Y lo bueno del caos es que es justo”.
Esta semana Sánchez ha sido fiel a esa visión de sí mismo, zarandeando a la Monarquía, cuestionando la alternancia democrática y elogiando a nuestros policías, arrollados en El Tarajal, por no “garantizar momentáneamente la estanqueidad de la frontera” poniendo en riesgo a los invasores: “Eligieron defender la vida humana, hicieron lo más valiente”.
O sea, no hicieron nada. Pero no hicieron nada porque no tuvieron la opción de hacer algo ni la expectativa de recibir refuerzos. El Gobierno les había relegado a la función de “abrepuertas” de la valla.
En esa misma línea -ya olvidada su denuncia inicial de la “violación de la integridad territorial”-, los mayores parabienes del presidente hacia los ceutíes se refirieron a su solidaridad con los invasores: “Les dejasteis que se ducharan en vuestras casas, estáis respondiendo con paciencia y empatía”.
Lástima que casi a la misma hora que pronunciaba esas palabras en el Congreso una vecina musulmana del Poblado de Regulares impidiera a puñaladas que uno de ellos se instalara en su domicilio, causándole la muerte.
He ahí la distancia entre la Ceuta convertida en centro de acogida masiva que pretende perpetuar Sánchez y la Ceuta desgarrada y desesperada a la que se le ha robado el verano y se le anuncia que como mínimo también se le robará el otoño.
“¿Usted recomendaría a sus hijas pisar la playa del Trampolín o pasear por la noche en Ceuta?”. La pregunta de Feijóo obtuvo de Sánchez el mismo silencio por respuesta que la acusación de haberse lucrado de los prostíbulos de su suegro.
En ese silencio está la distancia entre la Ceuta en la que se reproducen las violaciones, asaltos, robos y ataques con piedras y artefactos a los uniformados y la Ceuta en la que a las patrullas de cuatro soldados sólo se les permite llevar un fusil.
Si no hubiera visto las fotografías, no habría creído la noticia. Merece la pena detenerse en ella.
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Desquicie y nequicia del presidente del Gobierno.
Jamás se había ejercido la disuasión de forma tan autodestructiva. El único antecedente habitualmente citado es el de los soviéticos que, ante la falta de armamento para repeler la invasión alemana, mandaban al combate soldados inermes de repuesto para recoger el fusil de los que fueran cayendo.
Nosotros hacemos lo contrario. Visibilizar unas pautas de enfrentamiento en las que la capacidad de respuesta a una agresión queda reducida al 25% -mientras el resto de los fusiles permanece en el armero-, equivale a estimular esa agresión. Es la guerra de Gila: queremos defendernos… pero sólo un poco.
Desde la perspectiva del atacante lo que se percibe es una ruleta rusa a la inversa, en la que los miembros de la patrulla quedan tres de cada cuatro veces indefensos y quién sabe si la bala de la cuarta vez no será probablemente de fogueo.
Desde la óptica de nuestros soldados, el planteamiento parece calcado de la “trampa dialéctica” de la célebre novela de Joseph Heller “Catch 22”. Para ser eximido de una misión peligrosa había que estar loco, pero como pedir la exención era prueba de cordura, nadie que la solicitara la conseguiría.
La teórica vía de escape encerraba a los afectados en un callejón sin salida.
La extrapolación que hace de nuestras tropas en Ceuta prisioneras del absurdo de esa pescadilla que se muerde la cola es obvia: si la misión no es peligrosa, huelga llevar armas de fuego; y si lo es, la regla del 25% acrecienta el peligro, incentivando el ataque a través del cálculo de probabilidades.
Tomemos la parte por el todo y tendremos el mejor compendio del ‘teatro pánico’ -Arrabal nació en Melilla- que practica Sánchez.
Si la disposición de Marruecos a permitir la vulneración de la frontera no fuera algo reiteradamente probado, España no necesitaría medidas suplementarias de protección.
Si la disposición de Marruecos a permitir la vulneración de la frontera no fuera algo reiteradamente probado, España no necesitaría medidas suplementarias de protección.
Establecerlas de forma tan escasa y poco operativa como ha vuelto a demostrarse, es el mayor impulso para que nuevas invasiones sigan exponiendo nuestra vulnerabilidad.
¿Pero por qué la cuarta potencia europea se comporta como un ratoncillo tembloroso empeñado en facilitarle el desayuno al gato marroquí y encima le pide perdón por “faltarle al respeto” cuando alguien constata que la huella de su zarpa está sobre el mantel?
Ese es el enigma que el incomprensible veraneo de Sánchez acrecentó y su infame vuelta al colegio está contribuyendo a despejar.
Tenemos a una persona ofuscada y malvada -fieramente humana, por lo tanto- al frente del Gobierno y mientras esta situación persista, los riesgos para nuestra soberanía, unidad, convivencia y prosperidad no dejarán de acrecentarse.
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Fiel a su estrategia de ejercer el poder “sin” el parlamento y de sólo aceptar interlocutores mediáticos afines, Sánchez acudió el lunes a su dócil Cadena SER. Quería pinchar el globo de su forzada comparecencia “a petición propia” el jueves en el Congreso.
Todo indicaba que iba a seguir aplicando la misma estrategia a la que recurrió en abril del 24. Una fórmula que muy bien podría sintetizarse como ‘la impostura del arrebato’. El arte de dramatizar la agitación victimista en beneficio propio.
Esta vez los días de ‘reflexión’ no habían sido cinco sino nada menos que treinta y uno. Podría alegarse que de forma proporcional a la gravedad de lo acontecido.
Ahora no se trataba de si “merecía la pena” continuar sacrificándose para salvar a España de la ultraderecha, después de que su mujer hubiera sido imputada -según él, sin base alguna- por un juez.
Ahora la incógnita residía en las consecuencias que tendría la “violación de la integridad territorial” proclamada por el propio Sánchez el 31 de julio en Ceuta.
¿Cuál sería la respuesta a tal agresión descomunal que Sánchez habría rumiado a conciencia en su cripta de La Mareta, aun reclamando su “derecho a las vacaciones”?
¿Cuál sería la respuesta a tal agresión descomunal que Sánchez habría rumiado a conciencia en su cripta de La Mareta, aun reclamando su “derecho a las vacaciones”?
La frustración y desconcierto que habían generado las comparecencias, pies a rastras, de algunos ministros sólo acrecentaba la ansiedad por escuchar al presidente.
Todos contábamos con que se haría la víctima. Entre otros motivos porque, como jefe de un Gobierno puesto en ridículo, lo era.
Y también contábamos con que los tradicionales enemigos exteriores (Trump, Rusia e Israel en mezcolanza) e interiores (Feijóo y Abascal en comandita) ocuparían el lugar de los “pseudomedios” y la “máquina del fango”.
Lo que no podíamos esperar es que Sánchez excluyera enfáticamente de esa ecuación al agente que había desencadenado lo sucedido. Es decir, a ese Marruecos de cuya lealtad dependía, desde el volantazo sobre el Sahara del 22, la impermeabilidad de la frontera.
Era como si Sánchez hubiera dicho que el juez Peinado no había tenido nada que ver en lo de Begoña. Como si en vez de una imputación contante y sonante por varios delitos, sólo hubiera existido una campaña de desprestigio contra ella.
De repente la “violación de la integridad territorial” se había convertido en una “crisis compleja” de carácter “migratorio” con las mafias, las redes sociales y la “internacional ultraderechista” de por medio.
Todo inconcreto y etéreo hasta desembocar, según el BOE, en una “afluencia masiva simultánea” de 80.000 almas. Vamos, como los domingos por la tarde en Chamartín.
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Pero, claro, la montaña de la expectación no podía dar el minúsculo fruto de la dilución de la culpa. Sánchez, como el actor enmascarado al que los griegos llamaban “hypokrites”, tenía que mostrar algo más para subyugar al público.
Quienes leyeran mi carta sobre “la coz” que Oscar Puente propinó a Felipe VI al modo del cabrero de ‘La Odisea’ no se sorprenderían de que el as en la manga que guardaba el presidente consistiera en poner en la picota al Jefe del Estado.
Lo hizo por la triple vía de equipararse con el Rey en el plano de la legitimidad, subrayar que Felipe VI lleva más tiempo que él perpetuándose en el cargo y sugerir que si hasta ahora no ha visitado Ceuta es porque no ha querido.
Estaba ya pareciéndonos entre irresponsable y pérfido que Sánchez utilizara algo tan tremendo como lo ocurrido en Ceuta para proseguir con su labor de zapa contra la Corona, cuando de repente alguien voló sobre el nido del cuco.
Estaba ya pareciéndonos entre irresponsable y pérfido que Sánchez utilizara algo tan tremendo como lo ocurrido en Ceuta para proseguir con su labor de zapa contra la Corona, cuando de repente alguien voló sobre el nido del cuco.
Por mucho que sus escabeles mediáticos trataran de camuflarlo, Sánchez dijo literalmente: “Sé que hay a mucha gente a la que se le ha hecho larga mi presidencia. Llevo ocho años gobernando. El Rey lleva reinando más de veinte años”.
Fue un error, sí, reiterado otras dos veces. Todos sabemos que Felipe VI lleva doce años en el trono y que las dos terceras partes de su reinado han transcurrido con Sánchez decidiendo donde y cuando debía viajar a cualquier sitio.
Pero ese error fue algo más que un lapsus de la lengua o el cálamo. Pertenece a la categoría de los actos fallidos que, según Freud, son manifestaciones indirectas del inconsciente que interfieren en la expresión, a modo de deseos o conflictos reprimidos.
A base de tanto fingir desquiciamiento, indignación por la conducta de quienes pretenden “coger a un ser humano por el hombro y arrojarlo al otro lado de la frontera como si fuese un saco”, se desquicia uno.
Ya le pasó cuando tras inventarse lo de la “máquina del fango” para proteger a su esposa, dio “orden de limpiar, sin límite y caiga quien caiga”, hasta “destruir la causa”, según consta en el sumario sobre las actividades de la Fontanera.
Puesto que había jueces, fiscales y policías ‘ensuciando’ el buen nombre de Begoña y otras personas de su entorno, había que montar y pagar desde Ferraz una brigada de limpieza con licencia para no respetar la ley. Así se creó la ‘cloaca’ del PSOE.
Esta vez el grado de desquiciamiento impostado ha sido mayor y ante la imposibilidad de identificar a un culpable distinto del verdadero, la válvula de escape ha sido una confrontación con el Rey.
Nunca se había visto nada parecido: el jefe de Gobierno de una Monarquía parlamentaria midiéndose con el jefe del Estado y encima echando mal las cuentas.
Sánchez daba por hecho que ese señuelo republicano, unido a la proclama caudillista de que “hoy no existe una propuesta de alternancia”, serviría de distracción y acicate a sus socios, hasta convertir el pleno del jueves en un nuevo pim-pam-pum contra la oposición.
No contaba con lo que Daniel Ramírez se ha quedado con las ganas de denominar ‘informe Picasso de la invasión de Ceuta’, en alusión a la investigación de las responsabilidades tras el Desastre de Annual.
Es decir, no contaba con que María Peral pondría sobre la mesa de EL ESPAÑOL el informe de la Comisaría de Extranjería describiendo la autoría de Marruecos, recién remitido a la juez Tardón.
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Ese documento cambió el guion del debate y mantuvo a Sánchez a la defensiva durante las siete horas que duró. Lívido más que pálido. Como un torero corneado que permaneciera desangrándose en la plaza.
El coherente relato policial enlazaba su apreciación inicial sobre la “violación de la integridad territorial” con el decisivo añadido de presentar la “crisis migratoria” como una mera “cobertura formal”, vulgo tapadera, para perpetrar una invasión.
De esta manera el “cerrado por vacaciones” al que se refería ayer Berna González Harbour dejaba de ser una conducta negligente para convertirse en un comportamiento pérfido.
Lo letal para el presidente es que al detallar el “antes”, el “durante” y el “después” de la implicación marroquí y sustentar cada fase en informes de inteligencia, le privaba de la coartada del desconocimiento.
Sánchez sabía que podía ocurrir y no hizo nada para prevenirlo ni diplomática ni policialmente. Sánchez supo que estaba ocurriendo y no hizo nada para abortarlo con un fulminante refuerzo de la frontera. Sánchez supo que había ocurrido y no hizo nada por remediarlo, recurriendo a la devolución en caliente durante los diez días que legalmente pudo hacerlo.
Su pasividad rayana en el sadismo propició que la situación se deteriorara día a día en Ceuta y sólo empezó a poner cataplasmas a través del Mando Único cuando ya el daño estaba hecho. Él es el gran culpable de que en Ceuta se haya incrustado una segunda ciudad clandestina que lleva camino de hacer inviable la primera.
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En su ‘Guía de pecadores’ y otros estudios sobre la maldad Fray Luis de Granada distinguía entre el mal injusto al que llamaba ‘iniquidad’ y el mal perverso al que llamaba ‘nequicia’. Es una palabra de raíz latina de la que encontramos huellas en la Divina Comedia -Dante habla de la “herética nequicia”- y en obras del siglo XV como la “Nequicia Turcorum” que mezclaba la supuesta baja condición moral de los turcos con su disposición a las argucias.
Aunque luego cayó en desuso, el diccionario de la RAE sigue incluyendo esta palabra como sinónimo de “maldad” y “perversidad”. Pero lo esencial, tratándose de Sánchez, es la distinción del teólogo granadino.
Porque Fray Luis no sólo consideraba que mientras la iniquidad viola la justicia, la nequicia corrompe al sujeto con poder. También le preocupaba su efecto expansivo y contagioso al escandalizar a los débiles, desmoralizar a los virtuosos y ofrecer pretextos a los malintencionados.
Aplicando su doctrina, la nequicia sería el nombre más totalizador de la corrupción, pues supondría no sólo conformarse con el mal sino favorecer su propagación.
Así sucede en lo que queda de la secta sanchista y entre sus condotieros mediáticos forrándose a manos llenas. Y debemos ser conscientes de que en ese entorno hay quien incluso reprocha a Sánchez no ser lo suficientemente malvado para aplicar de forma aun más implacable el pragmatismo de Maquiavelo.
Esa sería su hoja de ruta si lograra permanecer en la Moncloa. Ya no se trataría de “hacer de la necesidad virtud”, sino de convertir en virtuosa la satisfacción de cualquier necesidad por bajuna que fuera, al modo de un autocrático Duque de Mantua del siglo XXI.
De momento, lo cierto es que -por motivos personales que sólo él conoce- Sánchez ha optado por actuar en beneficio de Marruecos, a costa de dañar la soberanía nacional y muy especialmente el bienestar de los ceutíes.
Y que, cuando ha sido descubierto in fraganti, ha buscado parapetos tan definitorios como la desclasificación selectiva de documentos a costa del prestigio del CNI, la divulgación retrospectiva de una llamada a capítulo de la que todavía debe estar riéndose la embajadora ausente o la acusación a la portavoz de Junts de pretender “fraccionar la política migratoria”, cuando exactamente a eso es a lo que se comprometió por escrito el PSOE hace un año.
Nogueras se quedó ojiplática.
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Nos esperan entre seis y diez meses en los que viviremos en peligro constante. La mezcla de su desquicie y su nequicia ha convertido a Sánchez en una bomba de relojería que destrozará España si no logramos desactivarla a tiempo.
Su huida hacia adelante aprovechará ahora el patriotismo del Rey y la reflexión sobre el mal menor de sus colaboradores, para plantarse junto a él en Ceuta como audaz gesto compensatorio.
Y si eso provoca una nueva reacción adversa de Mohamed VI, desde la posición de superioridad en la que él mismo le ha colocado, ya se ocupará de culpar a quienes como Feijóo han promovido con insistencia la visita.
Mientras prosigue la escalada de la tensión en esta Ceuta y se va incubando en nuevas ‘Ceutas’, la falsificada Ley de Nietos sigue fabricando votantes para regocijo del Gobierno. Además otro cañón mediático va cargando su munición bajo licencia pública para disparar a discreción contra los adversarios del “puto amo”.
Y cuando se arroje todo el carbón al BOE y el CIS, la ventaja gubernamental -nuevas trampas incluidas- será abrumadora. A España le tocará patrullar las urnas y luchar por la democracia con un fusil por cada cuatro soldados.
Será un pulso titánico. No me extraña que Emiliano García-Page Sánchez comentara el otro día delante de la ministra de Defensa, un nutrido grupo de militares y algún periodista que su principal empeño será a partir de ahora “limpiar” su “segundo apellido”.