Cuando el filósofo libanés Nassim Taleb acuñó en 2007 la doctrina del "cisne negro" como un suceso "sorprendente" que genera grandes consecuencias sociales, políticas o económicas que nadie esperaba y sólo se racionaliza como predecible a posteriori, el mundo vivía bajo el impacto del ataque a las Torres Gemelas.

Cisne blanco, perro andaluz

Cisne blanco, perro andaluz Javier Muñoz

Si a ello le unimos la inercia de una cultura racista que identifica lo negro con lo malo, extendiendo la contraposición entre la oscuridad y la luz, se entiende que el concepto se haya vulgarizado en torno a la creencia de que todos los "cisnes negros" son acontecimientos negativos.

Pero en el muestrario del primer libro de Taleb, junto al 11-S, el estallido de la Primera Guerra Mundial o la mal llamada "gripe española" de 1918, también aparecen el descubrimiento de la penicilina, la invención de los computadores o el nacimiento de internet.

La esencia del "cisne negro" no es, en sentido estricto, de índole moral sino narrativa. De repente, algo con lo que nadie contaba, sucede y lo cambia todo. A veces para mal, otras para bien. Por tonto que parezca, la fuerza de la metáfora reside en que los europeos creyeron durante largo tiempo que todos los cisnes eran blancos y sólo una expedición a Australia de muy finales del XVII les sacó de su error.

No pretendo relativizar con esto la épica virtuosa que ha desembocado en la mayoría absoluta de Juanma Moreno en Andalucía. Todo lo contrario. El mérito de su irrupción triunfal como premio a una gestión eficiente, una campaña convincente y una conducta ejemplarmente virtuosa entronca, de hecho, con la leyenda medieval del Caballero del Cisne que sirvió a Wagner de inspiración de su famosa ópera Lohengrin.

Juanma Moreno resurge con poderes ampliados del baño de las urnas como el paladín que emerge de las aguas guiado por el cisne, ungido por el destino para garantizar las libertades y el desarrollo de Andalucía. O, si se quiere, como el protector de un clima de concordia que contrapone la razón a la superchería tanto de los dioses antiguos, como de los nuevos populismos. Un escudo doblemente necesario si ambas irracionalidades se conjuran subrepticiamente.

"Las grandes esperanzas de la izquierda estaban depositadas en que la correlación de fuerzas entre el PP y Vox fuera lo más equilibrada posible"

El electorado ha percibido esa alianza implícita entre el PSOE y sus socios de la izquierda radical con la extrema derecha de Vox para ahogar a Juanma Moreno en una victoria pírrica. Se trataba de obligarle a desnaturalizar su proyecto, convirtiendo a Macarena Olona en vicepresidenta de la Junta. Algo similar a lo que ocurre en El lago de los cisnes cuando el brujo Rothbart intenta que Sigfrido caiga en las redes de su hija Odile.

El juego no era nuevo porque Rajoy apadrinó en su día a Podemos, como Sánchez viene prohijando a Vox. Pero su concreción andaluza se pasaba de evidente. Hasta el extremo de que las grandes esperanzas de la izquierda estaban depositadas en que la correlación de fuerzas entre el PP y Vox fuera lo más equilibrada posible.

Era una maniobra de tan baja estofa que votantes de uno y otro signo acudieron al llamamiento de Juanma Moreno y, en efecto, le "prestaron" su apoyo para que no fuera rehén ni de la cruda aritmética, ni de una narrativa falsa. Gracias a ellos el joven presidente andaluz ha logrado desembarazarse a la vez del cuento chino urdido desde la Moncloa sobre "las derechas" liberticidas y de la procaz bailarina que le rondaba con sus cabriolas reaccionarias.

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Cisne blanco, cisne negro da igual: lo importante es que ha traído una inesperada, inaudita, casi inconcebible estabilidad que perdurará al menos cuatro años en Andalucía.

Los efectos de la onda expansiva de su llegada a la orilla son tan sorprendentes o, hablando con total franqueza tan surrealistas para el conjunto de España que lo más certero es bautizar el fenómeno como "un cisne andaluz", en justo homenaje a Un chien andalou, el mítico corto de Buñuel en el que no había perro alguno ni nada sucedía en Andalucía.

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En los 22 minutos de ese relato onírico que marcó la estética del siglo XX todo era tan engañoso y absurdo como hemos descubierto, a través de los resultados del domingo, que lo es el statu quo político engarzado y encarnado por Pedro Sánchez.

¿Qué explicación lógica tiene que quien viene alardeando de encabezar "el partido que más se parece a España" haya obtenido una humillante derrota en la comunidad más poblada de España?

¿Y que quien tanto se jacta de haber ensamblado la más amplia coalición de fuerzas progresistas haya obtenido el peor resultado de la democracia, -sólo superado por el de sus propios compañeros de viaje-, en el tradicional granero electoral de la izquierda? 

¿Y que quien ha hecho de las políticas de igualdad su santo y seña esté a dos pasos de ser repudiado como reclamo electoral por los candidatos a alcaldes de los pueblos y ciudades considerados como feudos seculares de la desigualdad?

Fotograma de 'Un perro andaluz', de Luis Buñuel.

Fotograma de 'Un perro andaluz', de Luis Buñuel.

El propio Juanma Moreno y sus más estrechos colaboradores no son todavía conscientes de hasta qué punto han trastocado la percepción de la realidad política en el conjunto de España, cual afilada navaja que primero cercena la cara externa de la luna y luego revienta el globo ocular de la opinión pública.

Así comienza el corto de Buñuel. Pero lo que viene después también está sucediendo ahora. De un domingo para un lunes, Sánchez ha pasado de ser el denodado ciclista urbano, incapaz de prever su súbito trompazo, a transformarse en el pecador condenado a arrastrar una pesada cordada que incluye dos curas almidonados y dos inmensos pianos de cola cargados de sendos cadáveres de burros ensangrentados.

No es difícil identificar a esa orquesta del Titanic. Los sacerdotes no binarios, empeñados en estropearle la cumbre de la OTAN, la política económica y todo lo demás, son Irene e Ione, metamorfoseadas enseguida en Alberto Garzón y Enrique Santiago. Sánchez arrastra sobre uno de los pianos el cuerpo exánime del procés y en el otro la memoria histórica de Bildu. De ahí el reguero de sangre. Nadie va a ganar a tozudos a esos pianistas invisibles que aporrean la partitura para seguir exigiéndole a plazos lo que no lograron arrebatarnos de golpe.

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El cisne andaluz ha liberado por el contrario a Alberto Núñez Feijóo de todas sus ataduras reales o imaginarias. Internas y externas. Juanma Moreno, su hijo bien amado, el hermano pequeño que le obligó a ceñirse la corona vacía del reino de la gaviota, ha demostrado que centrismo y buenos modales abren puertas principales -nada menos que las de la mayoría absoluta-, repitiendo en Andalucía lo que él hizo cuatro veces en Galicia.

El debate en el PP está zanjado. Mañueco es una anomalía víctima de sus propios errores y Ayuso alguien muy importante con quien siempre habrá que contar pero no la referente principal del partido pese a su force de frappe madrileña.

Por desgracia a Ciudadanos sólo le queda la disyuntiva de buscar una honrosa fusión por absorción, convirtiéndose en una corriente de facto dentro del PP, o emprender una larga travesía del desierto en la más absoluta intemperie, a la espera de que el próximo ciclo bipartidista, que aún no ha terminado de llegar, muestre señales de agotamiento.

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Pero lo mejor de todo es la clarificación respecto a la relación con Vox. No es que Macarena Olona no sea necesaria ni para la investidura ni para la gobernabilidad de Andalucía. Es que acaba de anunciar que se queda allí para ejercer de oposición. Magnífico: 'Juanma Macron' ya tiene su Le Pen y el propio Sánchez hizo ayer de Mélenchon.

Así es como la historia de UCD se repite, con una Alianza Popular carpetovetónica a su derecha y los socialistas y comunistas a su izquierda. Así es como se define una vez más el centro político, ese ámbito de confluencia del reformismo, la tolerancia, la moderación y el progreso que los integristas de uno y otro signo, siempre ávidos de bronca, niegan contumazmente.

Varios fotogramas de 'Un perro andaluz', de Luis Buñuel.

Varios fotogramas de 'Un perro andaluz', de Luis Buñuel.

No es casualidad que, por primera vez desde su llegada a la Moncloa, Pedro el Imperturbable parezca haber perdido la calma. Todos sus movimientos de estos días parecen más fruto de la convulsión que de una contraofensiva programada.

Su denominador común es cerrar espacios a Feijóo para que no pueda capitalizar lo conquistado en Andalucía. Pero la precipitación al ejecutar esos designios no hace sino crear disonancias que amplifican el contraste entre el barullo gubernamental y la serenidad opositora.

De ahí el Consejo de Ministros de este sábado, para aprobar la bajada del IVA de la luz que propugnaba el PP, pero a costa de onerosas concesiones a Podemos como la subvención del transporte público o el cheque de 200€ para rentas bajas. Todo recuerda demasiado a las medidas de Zapatero y ya sabemos cómo terminó aquello.

De ahí también la celeridad de Sánchez por echarse de nuevo en brazos del separatismo radical, antes de que Feijóo articule su nuevo discurso del "bilingüismo cordial" hacia la "nacionalidad" catalana. Y de ahí, sobre todo, el atajo para controlar el Tribunal Constitucional sin pasar por la renovación del Poder Judicial, no fuera a ser que Feijóo terminara presentando una oferta consistente al PSOE para a la vez cumplir con el mandato constitucional e impulsar la reforma legal que exige la Unión Europea.

"No es casualidad que, por primera vez desde su llegada a la Moncloa, Pedro el Imperturbable parezca haber perdido la calma"

La artimaña de devolver al Consejo del Poder Judicial, que sigue en prórroga de mandato, únicamente la potestad de designar a los dos magistrados del TC que le corresponden, para que el Gobierno pueda hacer lo propio con los suyos, es tan burda que recuerda las tretas felipistas para controlar a los tribunales. Equivale a coaccionar a un grupo musical poniéndoles primero esposas y mordazas, para luego quitárselas durante unas horas, con el exclusivo propósito de obligarles a tocar y cantar la única composición que quiere escuchar su carcelero.

Todo para poder soslayar el trámite de la negociación con Feijóo. Pero con el doble riesgo de que el pretendido atajo termine siendo un largo rodeo que se prolongue durante meses y de que Podemos instale su fielato durante el recorrido, exigiendo cobrarse el derecho de paso en enmiendas radicales a la Ley de Vivienda que espantaría a las clases medias. No le arriendo la ganancia al cráneo privilegiado -y ansioso- que haya ideado esta estratagema.

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No es de extrañar que en el Gobierno y en el PSOE anden de los nervios con las cábalas de quienes pagarán al final los platos rotos en Andalucía. Ese "Sánchez está enfadado, pero no sabemos con quién", que glosaba este sábado Fernando Garea, recuerda el estado de ánimo de los miembros de la Convención en vísperas de Termidor, cuando todos se sentían amenazados por el ansia depuratoria de Robespierre. Tranquilos, que por ahora bastará con que la guillotina fiscal caiga sobre las eléctricas.

No será un golpe interno el que derribe a Sánchez y menos mientras siga apuntalando la fachada de su proyección pública con fastos internacionales extraordinarios como esta cumbre de la OTAN. Pero después del buen verano turístico, se atisban rigores terribles para la temporada de otoño-invierno y cada día que pase el margen de maniobra seguirá cerrándose bajo sus pies.

Fotograma de 'Un perro andaluz'.

Fotograma de 'Un perro andaluz'. Filmoteca Española / RTVE

"Lo sorprendente no es la magnitud de nuestros errores de predicción sino la falta de conciencia que tenemos de ellos", escribe Nassim Taleb en El Cisne Negro. Antes de lo ocurrido el domingo, Sánchez tenía aún la oportunidad de someterse, en la clínica estética de la audacia que tanto ha visitado, a una bichectomía que limpiara su carrillo derecho de la grasa integrista del separatismo y su carrillo izquierdo de la grasa fanática del izquierdismo radical. Tras liberarse de esos michelines faciales podría haber comparecido, de nuevo apolíneo y relajado, a unas elecciones anticipadas.

Pero ese último tren salió vacío de la estación la noche del 19-J y -como acabamos de ver- a Sánchez ya sólo le queda hinchar aun más sus carrillos, extrayendo todo el aire que le quede en los pulmones, resoplando al estilo Pablo Iglesias contra las empresas y los medios, tirando de la cordada con los clérigos, los pianos y los burros ensangrentados a la espalda. 

La ciudadanía le aguarda, sobrecogida en un rincón, resuelta a darle un raquetazo con el marco de madera puesto, para que su efecto sea lo más contundente posible. No tendrá más remedio que hacerlo si cuando él alargue la mano para pedir el voto, resulte que de su palma extendida no cesen de brotar hormigas.