George se hizo una pancarta rudimentaria con la tapa de una caja de chocolates Cadbury. En la esquina superior podía adivinarse la mancha de un bombón oculta con una tachadura de tinta. “We love EU”, decía el cartel. A mi alrededor, cientos de carteles caseros como el de George me hacen caer en la cuenta de la frescura de las movilizaciones contra el brexit en comparación con nuestras manifestaciones precocinadas, donde las pancartas se parecen sospechosamente y los eslóganes se ensayan. Aquí no.

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En Londres llovía y hacía sol, y a ratos soplaba un viento desagradable, pero la gente iba uniéndose a la marcha en defensa de Europa con sus carteles artesanos y sus particulares formas de reivindicarse. Junto a mí, una mujer ha pintado un círculo de estrellas en la cabeza pelona de su bebé. Un hombre mayor cuenta a quien quiere escucharle que participó en las negociaciones de la CECA “y cuarenta años después van a estropearlo todo. ¿Qué va a ser de este país? ¿qué vamos a exportar?”. Un chico remacha el clavo “lo único que sabemos es mover dinero ¿de verdad alguien va a querer operar aquí cuándo esto no sea Europa?”.

María, una cordobesa guapa que trabaja en una multinacional empieza a replantearse su futuro: “quería tener a mis hijos aquí. Ahora ya no estoy segura de nada”. Ella y su marido, Sebastián, dicen que en sólo unos días Londres ha mutado en una ciudad menos amable, más agresiva: “a diario hay brotes de xenofobia”.

La capital de la fusión, del melting pot, empieza a separar a quien es de fuera. Desde la ventana de un hotel de lujo, alguien saca una bandera británica y recibe un concierto de abucheos. Poco antes se ha sumado a la manifestación el carismático Tim Farron, líder de los Liberales Demócratas. Sube de un salto a una jardinera y desde allí improvisa un discurso brillante que cosecha aplausos.

Zumban distintos idiomas, pero la palabra brexit se distingue en todas las conversaciones. Un profesor de literatura agradece el interés internacional que suscita el problema, y charlamos sobre sus consecuencias, pero cuando sabe que soy escritora empieza a hablarme de las comedias de Shakespeare. La marcha es vibrante, pero pacífica. No hay lemas. Se aplaude, se grita.

Una mujer muy mayor se asoma a la ventana de su casa y muestra los pechos desnudos mientras hace la uve de la victoria. “Que nadie dé esto por zanjado. Mira a toda esta gente. No se conforman”. El bebé de la cabeza estrellada duerme plácidamente, arropado por miles de personas. Continuará.