El matrimonio ya no se lleva. Se prueba. Como las zapatillas o el coche de renting. Las parejas jóvenes se juntan antes de casarse. Lógico. Nadie se compra un sofá sin sentarse y esto es para toda la vida. O eso decía el folleto de 1987.
Antes te casabas y luego te conocías. Ahora te conoces, te reconoces, te desconoces y si sobrevives al Ikea y al mando único, igual te casas. O no. Porque casarse cuesta dos sueldos y separarse cuesta un riñón. El amor será ciego, pero Bizum ve perfectamente.
Los millennials leyeron la letra pequeña del “hasta que la muerte nos separe”. Así que firmaron otra: “hasta que nos apetezca”. Y funciona. Hasta que deja de hacerlo.
Ahí es donde entramos nosotros.
Los de segunda vuelta. Con mudanzas, un ex en el grupo de WhatsApp y cierta prudencia en la mirada. Ya no nos casamos por ilusión. Nos casamos por orden de las cosas, por herencia, por hijos, por no explicarle a Hacienda quién es ese señor o señora que vive contigo. Con ironía, con ternura y con una hoja de Excel.
Aunque no todos juegan a lo mismo.
Porque también están los otros. Los que, aun sabiendo todo esto, todavía creen que el amor puede existir también para ellos. Sin blindajes, sin tanto cálculo. Los que vuelven a intentarlo no porque cuadre, sino porque quieren. Porque, pese al inventario, todavía les queda fe.
Y al final convivimos todos, los que firman por si acaso y los que firman porque sí. Los que se protegen y los que se exponen. A veces incluso somos los mismos, solo que en días distintos.
Y es ahí donde aparece el matiz que corta.
Porque en segundas parejas, casarte no te casa solo con el otro. Te casa con su vida entera. Pasar de “pareja” a “esposo” es cambiar de sitio en la mesa. “Pareja” es estar. “Esposo” es pertenecer. Y pertenecer tiene letra pequeña, en el hospital te responden, en la herencia existes, en la foto ya no sales en la esquina.
“Pareja” es un aparte. “Esposo” es un lugar. Es decir en voz alta que esta persona, con sus hijos, su ex y sus fantasmas, es tu familia. Sin periodo de prueba.
Por eso muchos no lo dan. Porque pesa. “Pareja” deja una puerta entreabierta. “Matrimonio” te da la llave de toda la casa. Y hay quien quiere amor, pero sin comunidad.
Y cuando no funciona, tampoco se rompe como antes.
Los motivos de ruptura han cambiado. Ahora es “no vibramos igual”. Traducido: proyectos distintos, ritmos incompatibles. El amor ya no se rompe de golpe. Se desgasta. Gota a gota.
Y, aun así, seguimos liándonos. Con 25 o con 50. Porque cenar solos todos los martes acaba pesando. Ya no creemos en el “para siempre”, pero sí en el “por ahora”. Y un “por ahora” bien cuidado dura más que muchos “para siempre”.
También por eso convivimos de formas distintas.
Las parejas jóvenes viven juntas sin papeles porque les sobra amor y les falta entrada. Las de segunda vuelta firman porque les falta tiempo y les sobra historia. Unos huyen del notario. Otros vuelven.
Pero en todos los casos hay algo que se repite.
La ternura. En intentarlo sabiendo que la vajilla se rompe. En quedarse a recoger los cristales. En nombrarse en voz alta.
El matrimonio hoy es opcional. Y quizá por eso, cuando alguien dice “sí, quiero”, va en serio. Y cuando dice “vente a vivir conmigo”, también.
Al final no va de contratos. Va de que tropieces y haya alguien que te sujete antes de besar el suelo.
Pero en eso también hemos cambiado, antes el matrimonio era la red. Ahora es la excepción. La red son los amigos, las rutinas, la vida alrededor.
Quizá por eso hoy casarse pesa más. Porque ya no es necesario. Y todo lo que no es necesario, cuando se elige, obliga a tomárselo en serio.
Casarse ya no es prometer que durará. Es prometer que, mientras dure, será verdad.
Lo demás es carpintería. Y para eso ya está Leroy Merlin.