Como el socialismo es más una religión que un partido, parece lógico pedir responsabilidades a todos los fieles cuando sus máximos dirigentes andan empantanados en una sucesión escandalosa de presuntos casos de corrupción. El último en sumarse a la lista es, en realidad, quien puso la primera piedra de este PSOE renovado que rompió con el espíritu de la Transición y se entregó a la idea de la España plurinacional.
José Luis Rodríguez Zapatero, a quien yo voté en 2004 con la esperanza de que su aparente espíritu dialogante devolviera a España algo del consenso perdido por la soberbia con la que Aznar afrontó los últimos meses de su mandato, ha sido quizá la gran decepción política de la democracia española. Lo tenía todo a favor y, sin embargo, decidió vaciar de contenido moral su proyecto político —además de impulsar una política económica suicida— a cambio de construir un nuevo ecosistema político.
A partir de sus dos legislaturas, el PP dejó de ser un adversario para convertirse en enemigo; la Transición dejó de presentarse como el origen legitimador de la democracia para quedar asociado este a una lectura sectaria de la II República; y los españoles perdieron el derecho a ser tratados en condiciones de igualdad en virtud de una especie de federalismo asimétrico del que siempre salían beneficiados los territorios más ricos.
Hoy, ese hombre que daba lecciones de moral avanzada envueltas en una sonrisa inane se enfrenta a acusaciones gravísimas. Un juez de la Audiencia Nacional le sitúa al frente de una presunta trama de tráfico de influencias, blanqueo de capitales y uso irregular de ayudas públicas concedidas a la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia. La investigación sostiene que parte de los fondos públicos acabaron canalizados hacia sociedades del entorno investigado mediante contratos de consultoría y asesoramiento que podrían carecer de actividad real, lo cual no deja de tener su punto de justicia poética, ya que todas las soflamas buenistas de ZP han acabado, efectivamente, en la nada.
Pero si el PSOE es una familia, un clan, casi una religión, sus parroquianos deberían dar alguna explicación. El votante tendrá su momento-dilema frente a las urnas, pero quienes siguen ocupando cargos públicos deberían hacer algo más que limitarse a enumerar excusas baratas o, peor aún, apresurarse a ofrecer respaldos preventivos. Ya lo hicieron con Ábalos y Cerdán y la cosa no acabó muy bien.
También Emiliano García-Page, que dice estar "en shock". Muy bien. ¿Y ahora qué? Porque el problema no es el estupor, sino la responsabilidad política. Por ejemplo: ¿Qué sabe Page de la relación entre Zapatero y José Bono? ¿Qué piensa realmente de la deriva de un partido que ha terminado normalizando conductas y alianzas que hace apenas unos años habrían resultado inasumibles para buena parte de la izquierda española?
Quizá haya llegado el momento de plantar cara de verdad y bajarse de un barco que ha pasado de presentarse como crucero de la democracia a navegar como una patera política a la deriva. Porque no existe el sanchismo: existe el PSOE. Un PSOE que, hoy por hoy, empieza y termina en Pedro Sánchez. Y en medio están todos: Zapatero, Ábalos, Koldo, Cerdán… y también García-Page.