Con cierta regularidad (no exenta de prospectiva mercantil) solemos asistir a algún tipo de resurgimiento del pasado en lo concerniente, digamos, a las artes y a las letras.

La gente se pregunta si vuelven los estoicos, los místicos medievales, el espíritu de la Ilustración o sencillamente la moda textil o musical de los 70 (yo he asistido también al revival de los 80, los 90 y a través de mis hijos también al de los 2000).

En general se habla del pasado como si se hubiera ido a alguna parte y nosotros tuviéramos que hacer un viaje para rescatarlo. Se trata de algo que no está aquí, que se fue y que de forma milagrosa renace de vez en cuando, como el famoso Renacimiento que nunca fue tal.

Quizá el equívoco proviene de la propia palabra pasado que sugiere que algo sucedió pero que ya no volverá a ocurrir. Y no solamente lo sugiere, sino que en nuestra tradición empírico-mecanicista, lo da por sentado e incluso lo decreta.

Sin embargo, esto se debe a nuestra forma cultural de concebir el tiempo: una especie de vector o de flecha que se dirige al futuro y del que apenas puede decirse que contenga algo de presente. Al menos se nos concede que dispongamos de la memoria –hasta donde le es posible llegar y hasta donde la han dejado llegar– para retroceder unos pasos y hacernos una idea de aquello que fue.

Lo contrario del pasado es la memoria. El primero es temporal, mientras la segunda responde mejor a una metáfora espacial

Sin embargo, el pasado no es pasado en la experiencia de los individuos ni tampoco –por más ideología que trate de convencer de lo contrario– en el de las civilizaciones. Se vive con lo que se ha sido y no solo somos deudores de ello, sino que somos ello.

Nuestro carácter ha sido conformado por las experiencias vividas, nuestra carne y nuestro pensamiento son el producto –a menudo complejo y ambiguo– de nuestra historia personal y de nuestra historia colectiva.

Ya no somos el niño o la niña que fuimos ni el adolescente, pero tampoco podemos decir que hemos dejado de serlo en absoluto. Si aquellos no hubieran crecido, no hubieran entrenado su pensamiento y no hubieran procesado sus experiencias, entonces es indudable que nosotros no seríamos nosotros.

Vale lo mismo para la vida colectiva, para la Historia, para el análisis actual de nuestras sociedades. Como en el caso de la persona, en la comunidad la metáfora orgánico-evolutiva del crecimiento no sirve para explicarlo todo. Ciertamente, lo que hemos sido está en nosotros, lo somos. Pero también podemos olvidarlo o manipularlo u operar con su material de distintas maneras.

Lo que somos es el resultado de un proceso de selecciones, autoengaños, mandatos, interpretaciones e ideologías que conforman la manera en que captamos lo que hemos sido en lo que somos. Lo que hemos sido está en nosotros, pero no es materia muerta: tiene vida, adquiere formas, aunque puede desaparecer de mil maneras.

Creo que lo contrario del pasado es la memoria. El primero es temporal, mientras la segunda responde mejor a una metáfora espacial.

La iconografía que mejor representa el modelo de nuestra memoria en oposición a lo pasado son las arquitecturas de las metrópolis actuales, allí persisten huellas anteriores. Manchester o la City de Londres exhiben edificios góticos o eduardianos adheridos a moles de acero y cristal que se elevan a un cielo más remoto que los antiguos pináculos.

Unos estilos y tiempos se reflejan en otros. Y la ciudad los comprende en su seno a partes iguales. En su contradicción, ellos sin embargo conforman el paisaje. Y no hay ningún pasado, pues todo queda a la vista. Si uno se decide a mirar, naturalmente.

Alejandro Gándara (1957) es narrador y ensayista. Director de la Escuela Contemporánea de Humanidades, su último libro es Los textos robados a la felicidad (2026).