José Antonio Pascual es un sabio. Tras la publicación abrumadora de sus trabajos filológicos ocupa lugar destacado en la lexicografía española del último siglo. Es hombre moderado, trabajador tenaz, exigente intelectual dotado de un singular sentido del humor.

Ha desmenuzado los aspectos léxicos en la obra de nuestros clásicos desde Fray Luis de León y la templanza de Santa Teresa hasta el ardor agresivo de Francisco de Quevedo y el esplendor de José Ortega y Gasset, primera inteligencia del siglo XX español. Sus monografías literarias acreditan una vida entera dedicada al estudio especializado.

Me falta conocimiento serio para juzgar su ingente obra, pero he transitado con asombro sobre las huellas de su trabajo lexicográfico, la morfología histórica, la Historia de la lengua, de nuestra lengua, la de Marcelino Menéndez Pelayo y Fernando Lázaro Carreter.

Gracias a la iniciativa de Gonzalo Santonja, la colección Beltenebros publica ahora el Cartulario de Froncea que permite adentrarse en el origen del idioma español, tan penetradamente estudiado por Ramón Menéndez Pidal. José Antonio Pascual prologa el Cartulario de Froncea con un extenso ensayo en el que desmenuza las características de una obra clave para el entendimiento de nuestra lengua.

Procedente de los monasterios de San Miguel de Froncea y de Santa María de Oca, años 780 y 1260, este Cartulario condensa 109 documentos, reunidos en un solo abadiato. Fue absorbido a partir de 1225 por el Cabildo de Burgos.

Por fin un libro de importancia máxima en la bibliografía lexicográfica, que permite adentrarse en el origen del idioma español

José Antonio Pascual revisa los archivos monásticos y catedralicios, incide de forma penetrante en algunos de sus aspectos y asegura por ejemplo que facere tiene “un uso factitivo en la parte referente a la iussio del documento como en un caso en que, sirviéndose de este verbo, dos personas ordenan que se escribiera una carta de compra”.

Cita Pascual una adivinanza románica conocida como L’indovinello veronese, escrita en un códice hispánico visigótico y se refiere luego al pasaje célebre en Vida de Santo Domingo de Gonzalo de Berceo: “Quiero fer una prosa en romanz paladino / en el qual suele el pueblo fablar con su vecino / ca no son tan letrado por fer otro latino / bien valdrá como creo un vaso de bon vino”.

Con rara generosidad intelectual, José Antonio Pascual deriva el elogio a los especialistas que han estudiado el Cartulario de Froncea: David Peterson y su estudio histórico; Josefa Sanz y su estudio codicológico; Sonia Serna y sus estudios paleográficos y diplomáticos.

Sobre los estudios del origen del español sobresale la obra ingente de Ramón Menéndez Pidal. Siendo yo un jovencito vehemente lo visité reiteradas veces en su despacho de la Real Academia Española y escuché con atención sus enseñanzas sobre el origen del castellano y otras lenguas romances del latín. Muchos años después, en 1968, acompañé a Don Juan, considerado entonces Rey de derecho de España, cuando visitó en su casa a Menéndez Pidal, que estaba en silla de ruedas. Al saludarle le dijo: “Vengo Don Ramón a rendir en su persona mi homenaje a la cultura española”.

Pero tornemos al Cartulario de Froncea. Por fin un libro de importancia máxima en la bibliografía lexicográfica. Robustece la idea de que la intelectualidad española no permanece ajena a los trabajos especializados y a la investigación científica de alto nivel.

José Antonio Pascual puede sentirse orgulloso del esfuerzo que ha hecho para instalarse en el siglo X, pisar los senderos del idioma hasta el XIII y volcar su sabiduría lexicográfica en un códice clave para entender tantos aspectos escondidos en la oquedad de la lengua de Miguel de Cervantes y Jorge Luis Borges, de José Ortega y Gasset y Octavio Paz, de Juan de la Cruz y Pablo Neruda, de Francisco de Quevedo y Gabriel García Márquez.