Primera palabra

Los primeros días de Pompeya

3 junio, 2016 02:00

María trabaja en El Teatrito, una escena alternativa con aliento intelectual. Vive en compañía de su pareja en un micropiso de la madrileña calle del Carmen. El edificio está deshabitado. Una noche advierte luz en la ventana de abajo. “Estaba encendida; no había cortinas pero no dejaba entrever nada ni a nadie. Solo una pared blanca”. Se eleva “el murmullo de los que recorren la calle abrazados a sus bolsas de papel y sus teléfonos móviles”, y también “la flauta obsesiva que toca una y otra vez las mismas notas de The sound of silence.”

María recuerda la última función en El Teatrito: El jardín de los cerezos. Adriano, su amigo, es hombre de confianza de la presidenta de la Comunidad madrileña. María hurga entre la ironía y el desdén en las heridas sin cicatrizar, abiertas sobre el cuerpo de la Presidenta. Se trata de Esperanza Aguirre, sin duda, a la que no cita por su nombre. Con Adriano se vuelve, en cambio, piadosa. “Este cabrón -piensa- es político hasta la médula”.

La nueva vecina se llama Hannah y viene de Estados Unidos. Es artista, altanera y desdeñosa. Hace esculturas con chicles escupidos de bocas diversas. María y Hannah intiman. Proponen a Adriano un plan que pudiera encajar “en su estrecha agenda de lacayo a tiempo completo de la Presidenta”. La inauguración de la exposición Pompeya: vida de la catástrofe preside la novela, invade el alma artística de Hannah y enardece a Adriano que envía mensajes telepáticos a María: “No se te ocurra hacer un numerito de portada ni tampoco quitarte la camiseta y quedarte en tetas”. Los recuerdos pompeyanos permitirán a María atizar a la opinión pública contra Eurovegas, el gran proyecto de la Presidenta con su socio americano, que inundaría Madrid de ludópatas, pornografía dura y prostitución.

Hannah advierte el alcance de la situación y modela una serie de esculturas de los muertos pompeyanos para deslizarlas en lugares estratégicos de Madrid. María posa para Hannah in púribus, es decir, “en pelota viva”, lo que asombra a Adriano, perplejo también porque se da cuenta de que la escultora pretende seducir a la pareja de María, un chico alto y moreno al que llaman “el muchacho serbio”. “Me voy a enrollar con las dos”, asegura el deseado.

María cambia el nombre de un grafiti pompeyano, el de un tal Félix, para incordiar a su amigo, que es homosexual y siervo de la Presidenta: “Adriano la chupa por dos ases”. Gana la novela en intensidad. Se despliega un sector de la cultura madrileña de vanguardia contra el casino que pretende la Presidenta, la cual sobrevive a un atentado en Bombay, rodeada de un séquito descomunal pagado con los impuestos que sangran a los madrileños. María ironiza con Hannah: “He escogido la profesión de pétalos de rosas para arrojarlas al paso de los vencedores”. No pierde, sin embargo, la esperanza de derrotar a Adriano y a su Presidenta. Una madrugada atónita, María descubre que está embarazada. Ella y su pareja prefieren que no nazca el niño. O la niña. Dedicada al hijo que no se sabe si va a nacer o no, María escribe Los primeros días de Pompeya. Es una fórmula original y sorprendente. La novela está muy bien escrita, con un lenguaje progresista y sagaz, impregnado todo él de un profundo sentido del humor y una permanente descarga de ironía.

A María Folguera, su autora, la he seguido en su compañía teatral Ana Pasadena, para la que ha escrito varias comedias de gran interés, sobre todo Hilo debajo del agua. Su pensamiento vital puede resumirse en un grafiti pompeyano que ella asume enteramente: “Salud al que ama, muerte al que no sepa amar”.

Zigzag

El primer nombre de la historia de la música española, por encima de Falla, Victoria, Soler, Albéniz o Rodrigo, es Plácido Domingo. Las principales publicaciones especializadas del mundo proclamaron a nuestro cantante como el mejor tenor del siglo XX por encima de Caruso, Pavarotti y Gigli. Ahora canta Simón Boccanegra en el Liceo de Barcelona. Cincuenta años le contemplan. Cincuenta años de su debut en España con tres óperas mexicanas, Carlota, Mulata y Severino. Cincuenta años de éxitos ininterrumpidos en los escenarios cimeros de todo el mundo. Incluyendo las funciones en que actuó como barítono, cerca de 4.000 interpretaciones cimentan la carrera de este genio de la música que es, además, lo más lejano al divo presuntuoso. Sencillo, amable, simpático, constructivo, Plácido Domingo se hace querer de cuantos le rodean.